Miradas sostenidas que cuestan de mantener

Las miradas…, esas ventanas que nos llevan a no sé donde…

¡Hola a todos!

«La mirada es el espejo del alma», «tienes que mirar a los ojos cuando hablas con la gente, sino parece que estás mintiendo», «sobretodo mira a los ojos y mantente segura»… ¿No os suena? Aunque no todas las personas establecen este contacto visual siempre y algunas otras creerán que está sobrevalorado, ¿verdad que se dice que cuando esquivas la mirada es porque probablemente tienes algo que ocultar?

Bien, os voy  a contar mi manera de verlo, valga la redundancia. Hace un tiempo, me di cuenta de que no miraba mucho a los ojos de la gente cuando me comunicaba con ella. Es decir, mientras la gente en general suele hablar mirándose a los ojos y apoyándose en lo que escuchan con sus oídos para mantener la conversación, yo miro a los labios la mayor parte del tiempo para conseguir el mismo objetivo. Diréis: pero es lógico, tu necesitas leer los labios para enterarte… De acuerdo, es verdad (parece que ya os ha quedado claro, ¡jajaja!), pero no me refiero a eso. Quiero decir que miro poco a los ojos, que hacerlo, me supone cierto esfuerzo y, ser conciente de ello mientras lo hago, me supone perder recursos que debería destinar a la comprensión de lo que me están diciendo. Si bien es cierto que decidir fijar la mirada en los ojos de la otra persona me supone un riesgo de perderme, con el tiempo, he notado que a la gente le gusta que les mires a los ojos. ¿Por qué? Eso es lo que no tengo tan claro.

Parece que mirar a los ojos de la otra persona te acerca a ella, pero a mi más bien al contrario… como os he comentado, me aleja y además de verdad. Porque me pierdo, porque si lo hago, automáticamente es como si dejara de «escuchar», de «atender». Es curioso como, paradójicamente, no mirar a los ojos se considera signo de inseguridad y en mi caso, mirar y leer los labios es, precisamente, lo que me hace sentir segura.

Es interesante que en todo esto del lenguaje, nos expresamos en mayor parte de forma no verbal. ¿Qué significa esto? Pues que no importa tanto lo que decimos sino el «como» lo decimos. Me explico: te dice más de una persona la manera en la que se expresa, se mueve y gesticula que no lo que realmente está diciendo. Además lo creo de verdad. Es posible que los que tenemos problemas de audición hayamos desarrollado más el sentido de la vista (ya que nos aporta más seguridad que no el sentido auditivo) y con este sentido obtengamos más información de las personas, más allá de lo que dicen. Yo siempre me he considerado una persona muy intuitiva: según la manera que tiene una persona de hablar y expresarse, puedo hacerme una idea de como es. Como un sexto sentido…

A veces, cuando consigo mantener la mirada un rato en alguien y no me he perdido en la conversación, siento como si hubiera conseguido algo. Como si tuviera mucho mérito, como si fuera una ganadora. Como si dependiera menos de la lectura labial. Me resulta más fácil si esta persona vocaliza, claro.  En otras ocasiones no lo consigo del todo y enseguida necesito volver a los labios, porque sino me lo tienen que repetir todo de nuevo, ¡jajaja!

Aunque realmente tenga una visión periférica que me permita un poco «adivinar» lo que dicen los labios y apoyarme también en lo que oigo, a la vez, mientras sigo enfocada en los ojos, la realidad es que la calidad de lo que percibo disminuye, el esfuerzo es doble, porque estoy tan concentrada en ello que es como si no pudiera pensar en otra cosa que en mantener la mirada cuando en realidad me estoy perdiendo muchísima información tanto verbal como no verbal… La combinación de ambas actualmente es la que me permite hacerme una idea clara y global de aquello que me están contando, o sea, mirando a los ojos y también a los labios para comprobar que lo estoy entendiendo todo bien. Así es perfecto y así lo percibo en el otro.

Bueno, lo que os quiero decir con todo esto, es que a veces, no necesariamente el hecho de no mirar a los ojos tiene por que significar nada malo como desconfianza, inseguridad, pérdida de interés, estar mintiendo, no ver al otro… Tampoco significa no saber leer las emociones o no captar la profundidad del discurso. La cuestión es que en el caso de las personas sordas puede ser diferente. Incluso yo, cuando signo, todavía me cuesta mirar a los ojos sostenidamente por la costumbre de esperar a que me digan algo y leer los labios, aunque sea de improviso. Me supongo que todo es práctica, costumbre, en esta vida.

He sentido la necesidad de escribir sobre esto porque es un tema que me viene rondando por la cabeza y porque creo que es una lástima que, por comunicarnos de otras maneras, perdamos credibilidad ante los demás. Como si fuéramos menos interesantes por no mirar continuadamente a los ojos o como si no estuviéramos realmente ahí. Es algo difícil de explicar. Todos hacemos lo que podemos…  De acuerdo, es muy bonito mirar a los ojos de la persona, ver los matices mientras está contando… Pero también es soprendente lo que podemos llegar a  comunicar con los labios, más allá de los sonidos, y con el rostro entero.

Una mirada puede transmitir las mismas emociones y sentimientos que los labios mientras se mueven al expresarse. Implica otra percepción, otra puerta. Lo importante es el todo, fijarnos más en los labios no quiere deicr dejar de ver el resto.

Y hablando de confianza, seguridad… creo que la intuición es la verdadera ganadora en este proceso de comunicación, la encargada de ofrecernos la verdad gracias a nuestra sensibilidad. Al fin y al cabo, lo más importante es escuchar o, mejor dicho, ver, precisamente aquello que no decimos…

¿Qué pensáis al respecto? ¿Realmente es tan importante mirar a los ojos para captar el mensaje o a la persona?

¡Un abrazo!

Sorda e invisible, sola. Segunda parte

¡Hola a todos!

Como comentaba en la entrada anterior, voy a hablar sobre lo que es sentirse invisible rodeada de gente, pero esta vez desde mi punto de vista, desde mi experiencia. Por desgracia es un sentimiento que se da más a menudo del que me (nos) gustaría. A nadie le gusta sentirse invisible.

El otro día se lo comentaba a una amiga, que en cuanto aparecen personas en alguna reunión social -y cuantas más van apareciendo-, más invisible me torno o me siento. Personas oyentes me refiero, claro, ya que eso no me pasa (o no me siento así) cuando estoy con personas sordas.  ¿Por qué? Pues porque gran parte de los oyentes no suelen acordarse de que no oigo bien y ello hace que me resulte muy complicado (¿imposible?) integrarme en la conversación si alguien no me ayuda o no vocalizan expresamente para mí. A veces no te sale pedir ayuda, pedir que vocalicen, por favor. No quieres, te cansas. Porque para nosotros es 24h al día, todos los días. El poema del pájaro soñador trata un poco de esto, de estos momentos en que «ahora sí, ahora no» te enteras y dependes de los demás.

A lo que iba: sentirse invisible. Sentirse invisible muchas veces equivale a sentirse sola. Sí, porque si nadie te ve, por más rodeada de gente que estés, te sientes sola. Batiburrillo constante, palabras sueltas, risas, exclamaciones inesperadas. Silencios cortos. Dentro, pero, silencios semipermanentes que no sabes como romper. Y de repente alguien lo rompe diciéndote algo y regresas de tanta inconexión. Pero apuesto a que, al poco rato, la inconexión vuelve como por inercia. El batiburrillo. Tengo que decir que el grado de soledad puede depender del grado de familiaridad que tienes con la gente con la que estás, pero a veces, solo depende de tus ganas de esforzarte. Yo por lo menos, a veces no necesito enterarme de las cosas para sentirme a gusto. El problema es, cuando quieres, y no puedes. Ese es justo el problema, y que nadie sepa verlo y rescatarte de la inconexión odiosa. Supongo que a veces, ese es uno de los motivos que hacen que necesite irme y llorar, pero desconsoladamente. Después disimular y poner buena cara. Parece que no nos queda otra.

Para evitar estas cosas y no llegar a la desesperación, digamos, prevenir como me sentiré en función del lugar al que vaya y con cuantas personas, hace que hable primero con una de las personas con las que estaré para pedirle que me ayude o que me vaya explicando las cosas sobre la marcha. Este recurso me da cierta seguridad y me permite sortear los malos pensamientos que tengan que ver con la soledad que os contaba. Porque tampoco es plan de estar con gente que quieres y tengas que sentirte así.

Lo que da más rabia es que solo con «un poco» de vocalización se solucionaría gran parte del problema. Partiendo del hecho de que, siendo usuaria de audífonos, los cuales me amplifican el sonido que recibo, no son milagrosos, no pretendo enterarme de todo ni mucho menos (tampoco podría, leyendo los labios de todo el mundo), solo no perder demasiado el hilo y tener la oportunidad de intervenir de vez en cuando. Pero no con una frase de 5, 6 palabras y ya está, sino intervenir de verdad, es decir, que la comunicación se sostenga por un tiempo de manera bidireccional. Dejarnos que nuestro papel, nuestra personalidad, fluya. Como todos, vamos. Sin arrancarlo. Que a veces parece que estemos pidiendo más de lo que tienen los demás, y no. Solo necesitamos un poco de empatía. Integrarnos. Mejor dicho, que nos permitan integrarnos, que nos ayuden a integrarnos. La ansiada integración social…

Termino esta entrada agradeciendo a todas aquellas personas que hacen esta integración social posible, que han sido muchas, y que mitigan la soledad y la invisibilidad que podamos sentir, hasta el punto que, sin querer o queriendo, la aplacan. Yo también lo haría. Sois maravillosos.

¡Gracias!

¡Abrazos a todos!

Escuchar, oír, entender

¡Hola a todos!

En mi día a día, veo que algunas personas confunden los verbos escuchar, oír y entender. A menudo me preguntan si oigo, si he escuchado tal cosa, si con los audífonos puedo oír… Así que voy a dedicar esta entrada a explicar por qué no es lo mismo oír que escuchar o entender en mi (nuestro) caso; aunque creo que es extrapolable también a los oyentes.

«¿Pero tú oyes?», «¿Me escuchas cuando hablo?» «¿Si te hablo de espaldas no me oyes?» me preguntan. Explico que con los audífonos, sí que oigo. ¿Por qué entonces necesito leer los labios? Porque si no, no entiendo. ¿Y de espaldas? Pues lo mismo, oigo, pero no entiendo.

Una cosa es oír, otra escuchar y otra, la más importante, entender, imprescindible para poder comprender. Mientras que oír sería simplemente percibir los sonidos (este es el trabajo de los audífonos, amplificar los sonidos), escuchar se refiere más bien a prestar atención. Pero en mi caso, necesitaría, además, poder ver la cara o los labios de la persona para entender.

Ejemplos: Yo puedo estar delante de una persona, oírla, pero no entenderla si no le leo los labios o no vocaliza. También puede que esté delante de esta persona, oírla, pero no escucharla porque estoy pensando en otras cosas, por lo que no entendería ni una sola palabra. También puedo entender a una persona sin llevar los audífonos puestos, sin oírla. Pero tendría que vocalizar, claro, que no soy adivina, ¡jaja!

En lengua de signos hay un signo que significa «escuchar». El propio signo muestra que es una escucha con los ojos y sería el equivalente a mirar a la persona, ver qué está diciendo. Así que, los sordos signantes, o sin ayudas auditivas, también escuchan, pero con los ojos.

Con los sonidos, pasa lo mismo. Puedo oír un ruido, un motor, pero si no lo veo, es muy probable que no lo identifique, que no lo «entienda»: dudaría entre si es un avión, un helicópter, una máquina taladradora…

Bueno, creo que queda bastante clara la diferencia entre escuchar, oír, entender, ¿no? En resumidas cuentas: al final, en mi caso, lo más importante es leer los labios, porque sin eso, por más que oiga y por más alto que uno hable o grite pero no vocalice, no podré entender bien lo que dice (aunque le esté escuchando).

Y es que al final… la actividad más importante que un ser humano puede lograr es aprender para entender, porque entender es ser libre, dijo Spinoza, y yo lo suscribo.

¡Saludos a todos!

Para seguir leyéndome, solo tenéis que comentar esta entrada y clicar “Recibir nuevas entradas por e-mail” o directamente por suscripción, al final de la página. ¡Gracias!

En la universidad presencial Las clases

¡Hola a todos!

Os sigo contando sobre mi experiencia en la universidad presencial: Otro día, en una clase práctica en la que éramos muchos alumnos, nada más empezar la clase, la profesora empezó a explicar su funcionamiento de cara a la evaluación y más cosas en referencia a objetos que no podíamos llevar, tales como pulseras, relojes, anillos, etc. Yo no me enteré de nada. Continuar leyendo «En la universidad presencial Las clases«

Después de la selectividad Entrar en la carrera que quería hacer

¡Hola a todos!

Os voy a contar un poco como me fue después de hacer el bachillerato y aprobar la selectividad. Recuerdo que estaba en casa de mis padres cuando salieron las notas y el subidón que sentí al ver la nota. Había entrado en la carrera que quería hacer (Fisioterapia) y estaba súper motivada para empezar las clases. Continuar leyendo «Después de la selectividad Entrar en la carrera que quería hacer«