Las mascarillas

mascarilla sordos

Siempre intento que la imagen que asocio a la entrada tenga que ver directamente con lo que quiero expresar o reivindicar. Esta vez y teniendo en cuenta el contexto que estamos viviendo, va sobre accesibilidad.

Al comienzo de lo que venía siendo la epidemia, antes de declararse pandemia, ya se veían personas de otros países (todos sabemos cual fue el primero) con mascarillas por las calles. Para entonces el hecho de imaginar que aquí pasaría lo mismo, quedaba muy lejos.

Hoy en día, en plena pandemia mundial cualquier tipo de protección parece poca, y si no veáse como van de protegidos (o deberían) el personal sanitario ante la exposición del coronavirus Covid-19 que tan en vilo nos tiene a todos y además confinados en nuestras casas.

El confinamiento al que nos obliga el estado de alarma debido a la emergencia sanitaria de nuestro país (al igual que muchos otros), lleva intrínseco un aislamiento -en las personas sordas especialmente- añadido como es la falta de accesibilidad a la hora de poder comunicarnos cuando salimos de nuestras casas con las personas que llevan mascarilla.

Hace dos días me pasó: tuve que salir de casa para ir a la farmacia y el farmacéutico, que ya me va conociendo aunque tenga que recordarle cada vez que me vocalice porque tengo que leerle los labios, llevaba la mascarilla puesta. Después de saludar y enseñarle mi receta médica para que me la dispensara, le dije que necesitaba leerle los labios ya que soy sorda. Asintió, pero siguió hablando. Como me era imposible entenderle, le volví a repetir que si no le veía la boca no le podía entender porque tenía que leerle los labios. Noté que se ponía algo nervioso y se apartó la mascarilla para hablarme. Luego se la volvió a poner. Me volvió a hablar, sin quitársela y le repetí lo mismo. Volvió a quitársela. Mientras tanto, yo pensaba que por que no se la dejaba apartada si ya estaba a más de metro y medio de distancia, siguiendo los protocolos de prevención y que además recordaban en el mostrador. Cada vez que se quitaba la mascarilla, sus dedos quedaban a un centímetro de la boca, por lo que el vapor de agua al hablar quedaba en sus dedos y después (aún llevando guantes) tocaba mi receta, mis pastillas. Y así todo el rato. No le dije nada porque ya veía que la situación le superaba un poco pero me parecía un poco absurdo. Al final conseguimos entendernos pero me fui reflexionando que los que trabajan de cara al público deberían de contemplar la posibilidad de hacerse con mascarillas que lleven un plástico a la altura de la boca para ser accesibles a personas con discapacidad auditiva. Porque se supone que la accesibilidad es un derecho y está recogido en las leyes.

Esta situación se agrava bastante si una persona sorda contrae el virus y necesita ir al hospital para tratarse. ¿Os podéis imaginar el estrés ya no solo por la propia situación sino acrecentada ésta por el hecho de no entender al personal sanitario de turno? Las preguntas que te hacen, las indicaciones… no quiero ni imaginármelo. Supongo que habría que recurrir al papel escrito… o a una transcripción del audio con alguna aplicación móvil.

Igualmente los policías si te paran para preguntarte… En fin, es más estresante para nosotr@s. Está claro que es una situación nueva para todos pero para algunas personas conlleva sumar dificultades.

Además, ahora parece que podría ser obligatorio llevar mascarillas para todo aquel que salga a la calle. A las personas sordas nos parece muy bien como medida preventiva para no contagiar a más personas pero no podemos evitar, a su vez, sentirnos excluidos. Solo me queda decir que pase todo esto rápido y podamos volver lo más pronto posible a la normalidad, que esta situación no es cómoda para ninguno.

Quiero recordar y reivindicar que la accesibilidad es un derecho y una obligación, que necesitamos informar más si es necesario, conscienciar más si cabe. Las mascarillas o dispositivos de protección pensadas para atender personas sordas existen y por ello hay que darles uso cuando sea necesario y siempre que sea posible. Su finalidad es ser accesibles, repito. Me entristece pensar que en pleno siglo XXI tengamos que vivir este tipo de situaciones y no se acuerden de nosotros como colectivo especialmente vulnerable en situaciones de emergencia. Que tenga que ser un factor de suerte, de buena disposición o voluntad del profesional en el sentido de que quiera o no quitarse la máscara no es justo.

Supongo que nos queda un camino demasiado largo por recorrer. Pero ahí queda dicho.

Muchas gracias por vuestra comprensión y mucha salud a tod@s.

Voces de colores

voz

En esta entrada hablaré de los matices en la voz que una persona sorda puede tener.

Lo que voy a contar tiene mucha relación con que muchas personas sordas decidan no hablar como forma habitual de comunicación o, simplemente, no les salga el «hablar» de forma natural o espontánea. Tiene que ver con lo de decir «sordomudo«.

Por «hablar» me estoy refiriendo a usar la voz como tal (de manera controlada) para comunicarse, como los sordos oralistas o los oyentes, así en general. Algunos sordos signantes también usan la voz para expresarse, al margen de que decidan signar la mayor parte de su tiempo. Intentaré dar mi punto de vista acerca de todo ello.

Ya os he comentado en alguna entrada que el hecho de no oír o oír mal puede implicar a la larga dejar de hablar, ya que no recibes estímulos auditivos o éstos no son de calidad, por decirlo de alguna manera. Pero concretamente quiero centrarme en por que alguna personas tienen una voz «apagada», «opaca», «rara», en definitiva, que llama la atención. Diferente.

Os voy a explicar una anécdota. Hace ya muchos años, cuando estudiaba un ciclo superior de Integración social, con un grupo de clase, hicimos un trabajo que trataba sobre la ceguera. Como parte del trabajo, conocimos a una persona ciega que, soprendentemente, adivinó que yo era sorda por mi forma de hablar, por matices en mi voz, por falta de fluctuaciones frecuenciales. Curioso, ¡¿verdad?! Aunque es cierto que muchos creen que no tengo problemas de audición si no lo digo -porque tengo muy buena dicción-, no deja de ser asombroso que una persona cuya visión le falta, desarrolle la audición hasta este punto y tenga esta capacidad de discriminación auditiva. Aún a día de hoy me pasma, la verdad, y me hace ver la influencia que tiene el oír de una determinada manera en la generación de la propia voz.

Conozco muchas personas sordas, de diferentes grados, y todas ellas tienen su propia forma de hablar y matices en sus voces, quiero decir que existe tanta diversidad fonética como grados y tipos de pérdida. Si bien entre los oyentes la variedad en las voces es infinita, éstas suelen ser afinadas, no «molestan» al hablar, digamos, suenan bien. Con los sordos -a juzgar por las caras que ponen muchas personas oyentes al oírlos y más acusadamente cuanto más signantes sean-, no es así (por lo que digo, que a veces «suenan mal»), sino que parece que desafinan con la voz, que tienen gallos, que no se controla la voz. La realidad es que las cuerdas vocales no están tan entrenadas y ello, sumado a la falta de práctica, hace que las emisiones de voz sean más incontroladas. A cualquiera que perdiese a nivel severo/profundo la audicón, le podría pasar, es algo inevitable que tu voz pueda cambiar.

Imaginaros por un momento que estáis una semana sin oír NADA. Cuesta, pero tratad de hacerlo si queréis figuraros un poco como tiene que ser. Bien, ¿creéis que en un mundo de más o menos silencio, pero silencio al fin y al cabo, hablaríais como lo hacéis ahora? ¿Creéis que seguiríais hablando sabiendo que os costaría comprender la respuesta (oral) del otro, o por el contrario, empezaríais a usar las manos o la lengua de signos espontáneamente? Una vez hecho el mini ejercicio de imaginación, pensad ahora como podría ser vuestra voz si nunca hubiérais escuchado bien (con, sin audífonos; con, sin implante… recordad que el hecho que estén bien ajustados es crucial en esa calidad de los sonidos). ¿Creéis que tendríais el mismo tipo de voz si no podéis escucharla vosotros mismos? De hecho, cuando me quito los audífonos y no oigo nada, no sé si grito, si hablo bajo… no sé nada, no me oigo. Pero mi voz ya está entrenada de tantos ejercicios con las logopedas y demás…

No sé si ese ejercicio os puede ayudar, pero sinceramente, creo que facilita comprender que «cuanto más y mejor recibes, más y mejor puedes dar». Con este símil aprovecho para decir también que puestos en este contexto, la voz o el habla no es el medio natural de comunicarse para una persona que es sorda, menos si lo es de nacimiento, pues de forma instintiva las manos hacen las veces de los oídos. Y está bien, no hay que reprocharlo. La lengua de signos es muy rica y aporta cosas que la lengua oral es incapaz. Y viceversa. Son diferentes. Existe porque es una necesidad, un derecho, algo inevitable. Lo ideal es cuando se complementan en mayor o menor medida, sobretodo para las personas hipoacúsicas, que nos encontramos en medio de los dos mundos.

Respetemos y normalicemos a las personas con problemas de audición, aceptemos sus voces diferentes, sus tonalidades, sus gamas de colores. Creo que no es importante la forma ni el medio en que se expresan, en si suena bonita la voz o no, sino el que lo hagan, que lo hacen, lo hacemos, porque nos comunicamos y por ello, tenemos voz. Una voz rica en matices orales, escritos, visuales, como sea. Y podemos no querer usar la voz oral como tal, eso es libertad, es capacidad. Lo importante es comunicar y transmitir mensajes y para ello la voz es solo un medio más, no el único.

¡Gracias!

Flores de lavanda en el camino

Brisas tempraneras, frías hielan el alma,
corazones cálidos siguen de parranda
¿por qué quiénes eran desconocidos
ahondan cual flores frescas de lavanda?

Senderos seguros llevan que además temperan
piedras desmenuzadas ya no duelen nada,
si supieran entonces aquellos caminantes
como siguió la vida teniendo en cuenta el ‘antes‘.

Ganando más valor, más coraje y enseñanza
añoranza de deseos antes mirando al cielo,
ahora no más recelo, se envuelven en la fragancia:
las pieles empiezan la ansiada mudanza.

El universo se alinea, ilumina grandes caminos
espera reencuentros, cual maestro su aprendiz
deseos que animan verdaderamente a seguir.

Y si los desconocidos caminan, siguen sin dudar,
nada torna sus vistas, nada les hace vacilar,
confiando en la lavanda y su embriagar
será entonces que brinde por ellos
y su merecida felicidad.

1, 2, 3… ¡Probando!

Estos días han sido un ajetreo a nivel auditivo. Con el título ya os podréis haber imaginado de qué va el tema… ¡Sí, probar audífonos! ¿Por qué? Porque temo que de un día para otro me fallen… y me dejen tirada. Os explico… Hace un par de meses que uno de los audífonos se me para cuando el volumen del entorno es exageradamente alto, por ejemplo cuando pasan motos de esas estilo Harley a todo volumen, cuando estoy en un bar y la cafetera es de esas super-ruidosas… Se me para en seco, me asusto muchísimo porque de repente dejo de oír en un oído y claro… no estoy para estos sustos… Me estaba pasando cada vez más a menudo y ante la incertidumbre decidí volver a probar suerte…

No sé porqué, pero esta vez no ha sido tan pesadilla... incluso el día anterior de ir a probarme unos, pude dormir bien. ¿Será que durante este tiempo -desde el año pasado- hasta ahora he tenido tiempo de mentalizarme (resignarme, más bien) de que tal vez no oiga tan bien con unos nuevos audífonos? ¿Será que tenía la esperanza de que me los programaran bien y poder oír lo más parecido posible a como siempre?

Sea como sea, el primer intento no fue tan malo… y eso que los audífonos eran de otra marca, una marca que no había oído NUNCA. Fui sola a probármelos (normalmente suele acompañarme alguien para poder comprobar su voz, hablar y eso) y una de la cosas que hago para «comprobar» que oigo bien, es ponerme una canción allí mismo, una de mis favoritas. Sorprendentemente… ¡la escuchaba perfectamente! ¡No me lo podía creer! Pero psst… a veces esto no significa nada, otras veces también la escuchaba bien y luego… todo decepciones. Para seguir «comprobando» y «asegurándome», lo que hice para ponerlos un poco a prueba fuera del centro auditivo, fue entrar en una tienda. La mujer que me atendió afirmó no haberme escuchado entrar y al hablar con ella la noté muy flojita de voz. Me preguntaba si era yo (los audífonos) o era ella que hablaba así de bajito… Ya empezaron mis incertidumbres sobre si aquello era normal, si habría que ponerlos más fuertes… pero el entorno lo oía bien de volumen, tanto los coches, como las voces de la gente que pasaban por mi lado… Luego hice videollamada con mis padres por la calle y los escuchaba bastante bien. Pero mi voz, que ya lo había notado desde un principio, la notaba rara… aunque algo me decía que podría acostumbrarme. Al volver al centro, me retocó un par de cosas y decidí quedármelos unos días de prueba a ver que tal. Sí, sí, me iban lo suficientemente bien como para llevármelos,… ¡INAUDITO! ¡Esperanza! Me fui contenta pero con el «run run» de que habría que mejorar algo más.

El año pasado probé unos de mi misma marca que no me convencieron nada, ¿recordáis? Pues visto el éxito de éstos que me estaba probando, decidí pedirlos de nuevo para probarlos la semana siguiente y quien sabe… tal vez y pensando que ahora estaba más mentalizada, me iban bien… Vale… pues no. Con eso confirmé que no se trata de que yo ahora esté «más abierta», sino que por el motivo que fuera, no me iban bien. Ni antes ni ahora. Cuestión de tecnología, no me preguntéis… Fui con un amigo, uno de los de mi «equipo» y a los tres minutos de llevarlos puestos ya sabía que no me iban bien: ni mi voz, ni la suya, ni la de la audioprotesista ni después en la calle parecían sintonizar con los sonidos que tenía en mi cerebro. Porque escuchamos con el cerebro, no con los oídos… Total, que los descarté, como os digo, y seguí con los de la marca desconocida, por lo menos me veía capaz de adaptarme… Algo es algo.

El primer día me dolía la cabeza. Nuevos sonidos, nuevas huellas, nuevas conexiones…

El segundo día no me los puse porque, por trabajo, tenía que ir a una feria de ocupación y preferí ir con la seguridad de los míos… Tanta cosa de golpe, tampoco…

Ya el tercer día me los volí a poner para ir a trabajar y más o menos bien… iba bastante cómoda. Pero… ¡cuántos cambios! Ya pude apreciar la diferencia de sonidos de la calle, el transporte público, megafonías del metro… Había sonidos que escuchaba algo diferentes, oía cosas que antes no (como el piar de algunos pájaros -¡supongo que son pájaros…!-), oía mejor la música (más finita, con más «colores» y más sentimiento, curioso), en el metro me parecía entender mejor cuando anunciaban las paradas, las voces de la gente eran diferentes pero no de tono, sino de tonalidades durante el discurso. No sé como explicarlo. Cuando un grupo de gente se reía, lo escuchaba mucho más fuerte que antes, con más picos de sonido, con subidas y bajadas mucho más pronunciadas que antes… Dicho de otra manera, antes oía de una manera más plana… Ya, ya sé que quizás no os enteráis de nada, pero intento explicar mis impresiones lo mejor que puedo…

La cuestión es que me los ponía (buena señal), es decir, me estaba acostumbrando, pero no me cuadraba del todo mi voz y otra cosa: notaba como un silencio absoluto en espacios cerrados cuando antes estaba acostumbrada a oír ruidos de fondo, aunque fuera el aire acondicionado. Al pasarme esto, algunas veces necesitaba hablar (aunque fuera sola, un «¿hola?») para asegurarme de que funcionaban, que todo seguía en orden, porque este silencio era como si estuviera en el espacio, como un vacío existencial, ¡jaja!… Tuve que comentárselo a mi audioprotesista porque justamente hay un ajuste que implica los sonidos débiles y este se puede activar. La cosa mejoró notablemente.

A pesar de que estaba contenta, quería probar otros, en otro centro auditivo. Necesitaba comparar, estar segura de que los que me estaba probando eran los mejores para mí. Sí, soy muy exigente, necesito agotar todas las opciones posibles antes de tomar una decisión como ésta. Así que a la semana siguiente probé otros de una marca conocida pero que nunca había probado. Después de hacer videollamada con mis padres como parte de la rutina para comprobar como van, parecía que también me iban bien; al llegar a casa, me puse mis canciones y no… no las escuchaba tan bien, no las disfrutaba. Los descarté rápido aunque no fueran tan malos, simplemente con los que llevaba estos días iba mejor. Me recomendaron una gama superior para ver que tal, que llegarían la semana siguiente.

Ahora se trataba de ir afinando y reajustando para hallar el punto perfecto (o lo más parecido a eso, claro)… y eso se hace buscando el máximo de ambientes posibles para «sentir» las nuevas percepciones y valorar, comparar. La música en el coche, por ejemplo. Era casi igual, pero las percusiones no las oía igual, eran como más bajas. Igual que, al cerrar el coche, ese golpe era rarísimo, más bajo de lo habitual. Se lo comenté a la audioprotesista y me lo reajustó: eran los sonidos transitorios. Me lo desactivó para que el audífono (inteligente) no me los atenuara. Esto nunca antes me había pasado… cosas de la tecnología de ahora… que queréis que os diga…

Otra de las sorpresas me las llevé cuando vi que las pilas duraban mucho menos… ¡10 días solamente! Con mis audífonos de siempre, me duran hasta 3 semanas, y estos nuevos usaban una pila más pequeña que, por ende, dura menos. Esto para mi fue un revés importante, porque implica cambiar mucho más a menudo la pila (el doble de veces) y también supone más gasto económico… Pero por suerte, al comentarlo, me dijeron que tenían el mismo modelo ¡en pila grande!, como los míos de siempre… ¡Qué alegría me llevé!, os lo podéis imaginar… Pero aún así, me dijo que al tener más prestaciones que los míos, iban a consumir más… Bueno, al menos seguro que más de diez días… ya veré lo que duran sobre la marcha…

Finalmente, los del otro centro auditivo no me llegaron a llamar para probar los audífonos de gama superior, así que tuve que tomar una decisión… ¡Así que tengo nuevos audífonos! ¡Decidido! ¡Se acabó! De acuerdo, no son igual que los míos pero bueno… ¡no me voy a quejar!, ¡se acabó lo que iba a ser una pesadilla y no lo fue! Jolín… de pensar que jamás de los jamases iba a escuchar igual de bien a comprobar que sí… es… un ALIVIO. Y parecía imposible… Doy gracias porque haya sido posible. Desde luego no hay que perder la esperanza.

Y os lo digo a todos los que estéis en mi misma situación: probad, y si no estáis convencidos, esperad, probad en otros sitios. Llegará el momento.

Gracias.

Ser, oír, sentir… Esencias

Ladridos de perros alterados porque alguien habrá pasado cerca de sus casas, globos llenos de agua explotando en una guerra de agua infantil, motores de coches rugiendo tras ponerse el semáforo en verde, risas enlatadas y repentinas en reuniones de gente y entre el tumulto, sirenas de ambulancias y de policías que se apresuran por llegar lo más pronto posible a sus destinos, melodías de teléfonos que siguen insistiendo porque nadie atiende la llamada, el niño que llora incansablemente porque la madre está mirando el móvil, la intensidad de la lluvia que salpica y repica con fiereza… Todas esas pueden ser cosas ajenas a una persona que no oye nada, cosas que tal vez una persona sorda sería incapaz de percatarse si no tiene restos auditivos o una extensión de sí misma en forma de tecnología para amplificar el sonido de ahí fuera.

Estrellas fugaces inesperadas que se iluminan en lo alto del cielo y en noche cerrada, hojas secas que se desprenden de los árboles en pleno otoño y que siguen una trayectoria caprichosa hasta caer definitivamente al suelo, el inseguro que necesita llamar la atención constantemente para que los demás le rían las gracias, sonrisas fingidas de esas falsas que duran unos segundos y que luego se tornan labios serios o tristes, el interés de alguien que se preocupa por tu bienestar y que se siente satisfecho al ver que lo has entendido y comprendido, el niño que ofrece su paraguas a un gato callejero porque éste se está mojando, el suspiro y expresión de alivio de aquellos que por fin han conseguido sus propósitos, soplar con inspiración a un diente de león soltando nuestra fe al universo para que se cumplan nuestros últimos deseos… Estas son cosas que nada tienen que ver con oír, sino con la belleza que nos regala el sentir. Sentimientos relacionados con la quietud, la reflexión, la fortuna, la observación.

Muchas veces las personas dicen: «Qué pena que no oye», «pobrecito, es sordo», «es una lástima que no pueda escuchar el canto de los pájaros», enfocándolo siempre desde la falta y no desde la aceptación, que no resignación; cuando simplemente es otra condición, una diferencia que no tiene por qué restar. Es por eso que pienso que no, que lo que da pena realmente no es el «no poder» oír, sino el vivir en un mundo en el que, aún teniendo la «capacidad» de oír el piar de los pájaros, de hablar por teléfono, de trabajar y reír a la vez porque estás escuchando (chafardeando) la conversación de los compañeros de trabajo; que, al parecer, no exista esa necesidad interna e imperante de ayudar al otro o facilitarle la vida en lo posible, esa introspección necesaria que empuja obligatoriamente a valorar lo que se tiene, que siempre es mucho. Vivir el presente con nuestras circunstancias particulares teniendo en cuenta las necesidades de los demás: de nuestros amigos, de nuestros compañeros, de nuestra familia e incluso de los desconocidos; es lo que nos enriquece realmente a todos, es lo que nos convierte en quienes «somos» sin dar cuenta del si «tenemos» o no. Cuidar de los otros también proviene de un sentimiento. Así que, para mí, es mucho más importante el sentir que no el oír. Además, hay cosas que se pueden «oír» a través de la piel, del tacto. Considero esto una «superCapacidad» que no todos poseen, a decir verdad. Cambia la mirada al respecto, ¿como decirlo…?, ese percibir se convierte en un poder. Y aporta mucho más a nivel interior, es lo que al final, te llena por dentro, el como es la gente, como transmite las cosas, como te sientes por ello…

Porque lo que somos y lo que sentimos nos convierte en el resultado de aquello que desprendemos desde bien adentro, que nos hace únicos y que define lo mejor y/o lo peor de nosotros mismos: nuestra esencia, lo que nos apaga o lo que nos hace brillar.

Así que… creo que no somos lo que tenemos, en tal caso podríamos no ser nada de un día para otro. En definitiva, hay cosas que aunque se puedan oír, solo merecen la pena si las puedes sentir.

Nuevo equipo: ell@s, mágic@s

Equipo

Esta entrada va por la gente tan bonita que estoy conociendo. A este equipo nuevo que hemos formado con ganas de entablar amistad de la buena y confidencias, confidencias de cosas que a otros no les contarías porque no cualquiera te entiende como ellos. De las varias definiciones de equipo que se pueden encontrar por la red y que pueden ayudar a definir lo que siento por haberlos conocido, me quedo con la que hace hincapié en que un equipo es aquel formado por varias personas con una meta a seguir, un objetivo en común. Es realmente mágico.

Tener un mal día porque estás harta de leer los labios a todas horas cuando encima ello no supone necesariamente entender. Tener que repetir a la misma gente que te vocalicen; que no, que no hablas por teléfono; que por favor, vocalicen; que no hablen todos a la vez que no oyes bien y encima tratas de leer unos labios que apenas se mueven pero que a la vez se mueven muy rápido; que por favor hablen más despacio; que vocalicen; ¡que vocalicen!… Solo me falta decir que me respeten de una vez, ya que por sí mismos no son capaces de ponerse en mi lugar. De verdad, llega un punto que te sientes como humillada como persona. Y… ellos, mi «team», me entienden perfectamente, también les pasa. Clavadito. No sentirte la única que vives eso supone cierto alivio, y en este caso no estaría de acuerdo en el dicho: «Mal de muchos, consuelo de tontos», porque este consuelo de «tontos», precisamente nos insufla fortaleza para seguir y hacerlo con la cabeza bien alta. Porque no tenemos que agachar la cabeza cuando nos sintamos así. Fácil decirlo, pero con un equipo así, más fácil de conseguir.

Hace unas semanas recibí un correo electrónico que me impactó. De una mujer -una doctora- que me escribió desde el otro lado del océano y que tiene sordera como yo. La impotencia al leerla fue la misma que debió sentir ella al escribir sus líneas. Es la impotencia de tener que esforzarnos el triple para llegar donde queremos, donde merecemos. Me dijo que no sabía ni porqué me escribía. Desahogo, sin más. Me doy cuenta de que posiblemente sea la voz de muchos, que mis (nuestros) sentimientos son mucho más comunes de lo que creía, son compartidos, afloran desde lo más hondo, donde más nos duele.

Por eso, al hallar personas como yo, sordos oralistas, agradezco este cambio de aires, pienso que tal vez «todo pasa por algo», como si de todo ello y obligatoriamente, deba surgir un aprendizaje nuevo que todavía está en ciernes. Que las vicisitudes de la vida te ponen constantemente a prueba, es cierto; pero, paradójicamente, esta vida tan caprichosa, también trae personitas maravillosas capaces de hacer que aquello -al parecer- imposible de resolver, pierda importancia. Porque con ellos, con la unidad, nos crecemos por dentro y nos hacemos más fuertes. Esto es un buen equipo, el que juega siempre a ganar. Ganar las pequeñas y grandes luchas internas -y externas, de algún modo, también; y sino, tiempo al tiempo- que tenemos con nosotros mismos cuando algo no nos encaja como quisiéramos.

Se trata de que las incongruencias y sinsentidos (incluso la mala educación, sinceramente) de algunas personas que te vocalizan solo cuando les da la gana, o que se ponen a hablarte con las manos de repente (WTF?) -no en lengua de signos, ojo, sino haciendo «gestos» sin más-, pierdan importancia, pasen a un segundo plano, ese plano donde tienen que estar las cosas que realmente no merecen la pena. Como estas personas, y así lo digo. Con el tiempo vas viendo y analizando formas de comportarse contigo y sacas conclusiones: no llegan a más, sintiéndolo mucho. Incluso las compadeces por su ignorancia.

Estas personas a veces (cada vez menos) parecen manejar mi estado de ánimo a voluntad, y no debo (debemos) permitirlo, mucho menos desanimarme (desanimarnos) en lo que queda de día. Aunque a veces casi lo consigan y otras lo hayan conseguido, debemos sacar fuerzas de flaqueza. Siempre. Por eso, insisto, tener con quien desahogarse, es mágico, la fortaleza llega sola.

Esta es nuestra lucha, y el objetivo en común, lograr la empatía de la que alardean muchos pero que a la hora de la verdad, pocos demuestran. La sordera es una discapacidad invisible, sí, pero nosotros no lo somos ni lo queremos ser. Esta empatía tan necesaria hoy en día, arroja luz a la oscuridad, permite que todos nos sintamos integrados, a gusto con nosotros mismos y con los demás.

Mientras tanto, quiero disfrutar lo más que pueda del camino, de mi equipo, cuidarlo como me cuidan a mí y sobretodo, seguir haciendo piña. De verdad, SOIS MÁGICOS. Vosotros sabéis quienes sois. Unos soñadores que, como yo, hacéis que la vida sea mucho más bonita, accesible y plena. Llena de ideas, de inconformismos, de ideales, de lucha. Que lo importante no se quede en lo superficial ni la hipocresía se torne normalidad, por favor. Hay que seguir reivindicando, cogiendo fuerzas, todavía nos queda un buen trecho. Con un buen equipo es posible cambiar el mundo. Y para eso estamos. Gracias.

¡Un abrazo de los grandes, queridos!

El agua y los audífonos

¡Hola a todos!

Quiero hablaros de la relación que tengo con el agua, así en general. ¿A qué me refiero? Pues a los deportes que implican la presencia de agua, a ir a la playa, a la piscina, en barco, a hacer actividades al aire libre donde puede haber agua, a la lluvia, al deporte en sí mismo… ¿Por qué? Porque al llevar audífonos, siempre temo que les pase algo.

Como cualquier dispositivo electrónico, los audífonos no se pueden mojar, como os podréis imaginar. Es verdad que hay audífonos que se pueden mojar, casi impermeables, pero los míos no lo son, así que el agua, lejos.

Desde pequeña, he hecho todo tipo de deportes, desde tenis, pasando por patinaje, hasta atletismo, y en la mayoría de ellos, se suda. A menudo he tenido que quitar los restos de humedad que se acumulan en los moldes, ya que hacen que me cueste mas oír (se crea cierta resistencia), aparte de lo perjudicial que pueden resultar las gotitas de humedad (sudor) si éstas entran en contacto con el circuito electrónico. Alguna vez me ha pasado, y se oyen como interferencias, son molestas. Existen deshumidificadores que sirven para eliminar estos restos de humedad. Van bien, digamos que alargan la vida de los audífonos al mantenerlos secos.

Cuando voy a la playa o a la piscina, a veces decido no llevar los audífonos puestos, ya que la bromita de que los amigos te mojen me puede costar muy cara. Aparte de eso, que es más típico cuando eres más pequeña, dejar los audífonos guardados en la bolsa o la mochila me crea cierto temor por si se mojan, me entra arena, me los roban, les dan un golpe sin querer o lo que sea. Teniendo en cuenta que los uso cada día y que son tan importantes para mí, cualquier mero accidente podría ser fatal. Algunos diréis, y si vas sin audífonos, igualmente para bañarte te los tienes que quitar. Sí. Después tengo que esperar a que se me sequen los oídos para ponérmelos de nuevo. La sensación de ponértelos estando los oídos húmedos es francamente rara. Es como si estuvieras debajo del mar, como un «glu glu», ¡jaja! Alguna vez me los dejo puestos si estoy por la orilla, pero como alguien me moje… la liamos parda… ¡jajaja! (Me río ahora, pero gracia ninguna… jajaja)

Cuando hago deporte… quitando el tema de la humedad que he comentado, por la acumulación de sudor que se desplaza por detrás de las orejas (mal sitio, sí), también hay que considerar la posibilidad de recibir un golpe. Me muero si por ello se me rompe un audífono o se me cae. Pero dejando de lado lo que pudiera pasar, que tampoco son cosas muy probables (si lo fueran, pues no practicaría este deporte, se sobreentiende), no me gustan mucho los deportes de agua. Esto de ir sin audífonos no me atrae mucho, a no ser que esté con personas sordas y nos comuniquemos en lengua de signos. Echando la vista atrás, cuando era pequeña y hacía todo con personas que oyen, siempre tienes la inseguridad de si te están llamando y no lo oyes, de si te tienen que avisar de algo y no lo oyes, o cualquier cosa. Recuerdo que hacer natación me gustaba, pero a la vez no. Y es por eso, supongo que es muy natural. Con el tiempo lo vas normalizando y con los amigos lo pasas bien, pero son cositas que siempre tienes ahí.

¿Y lo de ir en barco? Bueno… tendríais que verme montada en uno si éste es relativamente pequeño. Insufrible, en serio. Estoy todo el rato imaginándome que nos caemos todos por la borda y yo… con mis audífonos. En el agua. Ni me lo puedo imaginar… Diréis, «jolín, tampoco es eso», ya, ya, pero no lo puedo evitar, ¿qué hago?

Otra situación que me preocupa y que tiene que ver con el agua inesperada, es la lluvia. Llevar el pelo recogido, con los audífonos a merced de las gotas de la lluvia y sin poder protegerme del agua, es un pensamiento horrible. Aunque sean cuatro gotitas… Si no me los puedo quitar y guardarlos sin riesgo de que se mojen, lo puedo pasar muy mal. Alguna vez me ha entrado alguna gota de agua en uno y… ufff… ya me pensaba que lo había perdido. Fue hace poco, además. Los que me leéis, sabéis lo que supone la idea de cambiarme los audífonos, así que seguro que me entendéis en este sentido… Por eso siempre llevo un paraguas de repuesto en el coche, para que la lluvia no me sorprenda y, si me pilla en la calle, pues refugiarme como pueda, el rato que sea necesario.

Ya habréis podido apreciar que mis audífonos son sagrados y la idea de que les pueda pasar algo por culpa del agua o de la humedad me preocupa sobremanera hasta el extremo de dejarlos en casa si es necesario e ir por ahí sin oír nada de nada. Se me hace super raro ir por la vida sin oír nada, pero te acostumbras. Es bastante más fácil si hablo en lengua de signos con quien voy, sobra decirlo. Un día casi me atropellan por no mirar al cruzar por un paso cebra: hablaba con una amiga mientras íbamos a la playa, yo sin audífonos, y, toda distraída, olvidé mirar justo antes de cruzar. Como normalmente oigo los coches y ese día iba sin audífonos… pues no lo oí, cruzamos sin más. Madre mía, el susto que me llevé al ver los coches que no paraban (no todos los coches paran en los pasos de peatones)… Si es que hay que ir con mil ojos siempre…

Dicho lo dicho, a ver si me hago con unos impermeables y así, todo eso que me ahorro… ¿no? ¡Jajaja!

Un abrazo a todos y que disfrutéis del verano.

Andrea.

10 ventajas de ser sorda ¡porque no todo van a ser inconvenientes!

¡Hola a todos!

Normalmente cuando alguien tiene una discapacidad solemos centrarnos en los problemas que ésta le va a causar, en las dificultades que van a surgir, en el sufrimiento que va a acarrear… y solemos olvidar que, a veces, ser diferente, tiene sus ventajas. Ventajas por ser sorda. Sí, ¡ventajas! ¡Porque no todo va a ser malo! Vaya por delante que hablo de mis propias experiencias del día a día, pero seguramente más de uno estará de acuerdo con lo que voy a contar. Aquí van diez ventajas de ser sorda y llevar audífonos. ¡Vamos a ello!

1. Dado que para dormir me saco los audífonos, ¿sabéis la tranquilidad de la que gozo cuando estoy visitando a Morfeo, allá por el séptimo sueño? «Apagar las luces» (audífonos en OFF) y quedar en el silencio más absoluto es de agradecer cuando únicamente quieres cerrar los ojos y encontrar sosiego. ¡Vamos, que duermo estupendamente aunque el perro del vecino no deje de ladrar!

2. ¿Y los ronquidos o cuando llueve por la noche, los truenos, las tormentas? Debido a que mi pérdida en frecuencias graves es menor que en las agudas, algunas veces puedo percatarme de que está tronando (cuando son muy fuertes -¡y tienen que serlo para que oiga los truenos sin audífonos!-), pero no me molesta. Quizá porque luego le sigue la calma a mis oídos, como si de un vaivén de ruido y silencio se tratara. Diría que es la ventaja más grande, ¡me resulta difícil imaginar conciliar el sueño con todos los sonidos que hay en el exterior!

3. Igualmente, cuando me quiero concentrar, sea para estudiar, para meditar o simplemente para no tener distracciones, le doy al OFF y más tranquila que yo, no hay nadie. La verdad es que es una ventaja que muchos me dicen que ojalá pudieran tener: el poder desconectar del mundo totalmente. Eso sí, ni se te ocurra aparecer de la nada porque me vas a matar del susto…

4. ¿Sabéis la alegría que me llevo cuando disfruto de los descuentos a los que tenemos derecho las personas con un 33% o más de discapacidad? Por ejemplo en algunos medios de transporte, en espectáculos, en la universidad (me he ahorrado lo suyo en matrículas, a parte de gozar del 3% de plazas reservadas para personas con discapacidad), en parques de atracciones… Sobre esta última, era increíble ir a Port Aventura con amigos sordos y disfrutar de la maravillosa pulsera Express con la que evitábamos las odiosas colas y que te daban por tener discapacidad… sí, sí… ¡encima podíamos subir a las atracciones con un acompañante, por lo que se beneficiaban también los que venían con nosotros y que no tenían ninguna discapacidad! Que lástima que lo hayan quitado, qué lástima…

5. Otra ventaja de tener discapacidad, es que a menudo podemos «ver» como es la gente por la manera de comportarse con nosotros. ¿Verdad que se dice que en los momentos difíciles es cuando se conoce a la gente? Pues de eso nosotros sabemos mucho… ¡ahí queda!

6. ¿Sabéis que por tener discapacidad nos ahorramos el impuesto de circulación? Ou yeah. Vale que no es mucho, ¡pero ese dinerito nos los podemos gastar en caprichitos, jiji!

7. En el caso de la discapacidad auditiva, el haber aprendido a leer los labios, me da cierta ventaja cuando quiero «chafardear» en lo que dicen los demás, sin que se den cuenta. No, no es tan fácil, de acuerdo, pero si no tengo nada mejor que hacer mientras estoy en el tren… Además, de nada sirve que hablen flojito, porque por más bajito que hablen, ¡me entero de todo! Claro que a veces llama mucho la atención estar todo el rato mirando y tengo que desviar la mirada, aún a riesgo de perder el hilo… ¡Soy una chafardera, jajaja!

8. Relacionada con la anterior, leer los labios o hablar en signos es útil cuando estoy en ambientes muy ruidosos como una discoteca. Mi voz me lo agradece, desde luego. Es muy cómodo poder entender frases sin necesidad de acercarme a la persona, o incluso estando un poco lejos, mantener conversaciones «secretas»… («¡tía, que bueno está el de la derecha!»), sobretodo cuando no queremos que la persona en cuestión se entere.  Hablamos sin voz, solo moviendo los labios o las manos. ¡Es muuy divertido, os recomiendo aprender lengua de signos ya solo por eso, jajaja, vale la pena! Fuera coñas, disponer de otras maneras para expresarte entre la multitud, es muy guay.

9. Como curiosidad, es fascinante ver como dos pilotos sordos se ponen a hablar en lengua de signos ¡mientras conducen! Es decir, si por ejemplo hay un cambio de opinión, el que va en un coche se pone a la altura del otro coche, o ni eso, uno detrás del otro, y con las manos le transmite lo que sea. Se hacen luces para llamar la atención y sacan la mano por la ventana para decir lo que sea. Si es que como os decía, es súper práctico eso de aprender lengua de signos… Eso sí, hay que tener muy buenos reflejos para hacer eso conduciendo, eh, que también lo digo…

10. Y por supuesto, para terminar, tener la posibilidad de apagarme los audífonos cuando hay gritos o mucho jaleo alrededor, cuando tengo dolor de cabeza, o no quiero discutir más con mi pareja… es muy liberador. Un «ON/OFF» al gusto para evitar sonidos desagradables, molestos, o que simplemente no me apetecen en este momento. De nuevo, desconectar, sentir paz. La verdad es que no suelo hacerlo mucho eso, pero si quiero, puedo, y tan ancha me quedo. ¿Os imagináis que lo hago en medio de la típica conversación con el pesado de turno que siempre está criticando a los demás? Esto sí que es una ventaja, ¡jajaja!

¿Qué os ha parecido? Ya habéis visto que no hay mal que por bien no venga, así que… ‘positive forever’!

¿Se os ocurre alguna más?

Abrazos.

Miradas sostenidas que cuestan de mantener

Las miradas…, esas ventanas que nos llevan a no sé donde…

¡Hola a todos!

«La mirada es el espejo del alma», «tienes que mirar a los ojos cuando hablas con la gente, sino parece que estás mintiendo», «sobretodo mira a los ojos y mantente segura»… ¿No os suena? Aunque no todas las personas establecen este contacto visual siempre y algunas otras creerán que está sobrevalorado, ¿verdad que se dice que cuando esquivas la mirada es porque probablemente tienes algo que ocultar?

Bien, os voy  a contar mi manera de verlo, valga la redundancia. Hace un tiempo, me di cuenta de que no miraba mucho a los ojos de la gente cuando me comunicaba con ella. Es decir, mientras la gente en general suele hablar mirándose a los ojos y apoyándose en lo que escuchan con sus oídos para mantener la conversación, yo miro a los labios la mayor parte del tiempo para conseguir el mismo objetivo. Diréis: pero es lógico, tu necesitas leer los labios para enterarte… De acuerdo, es verdad (parece que ya os ha quedado claro, ¡jajaja!), pero no me refiero a eso. Quiero decir que miro poco a los ojos, que hacerlo, me supone cierto esfuerzo y, ser conciente de ello mientras lo hago, me supone perder recursos que debería destinar a la comprensión de lo que me están diciendo. Si bien es cierto que decidir fijar la mirada en los ojos de la otra persona me supone un riesgo de perderme, con el tiempo, he notado que a la gente le gusta que les mires a los ojos. ¿Por qué? Eso es lo que no tengo tan claro.

Parece que mirar a los ojos de la otra persona te acerca a ella, pero a mi más bien al contrario… como os he comentado, me aleja y además de verdad. Porque me pierdo, porque si lo hago, automáticamente es como si dejara de «escuchar», de «atender». Es curioso como, paradójicamente, no mirar a los ojos se considera signo de inseguridad y en mi caso, mirar y leer los labios es, precisamente, lo que me hace sentir segura.

Es interesante que en todo esto del lenguaje, nos expresamos en mayor parte de forma no verbal. ¿Qué significa esto? Pues que no importa tanto lo que decimos sino el «como» lo decimos. Me explico: te dice más de una persona la manera en la que se expresa, se mueve y gesticula que no lo que realmente está diciendo. Además lo creo de verdad. Es posible que los que tenemos problemas de audición hayamos desarrollado más el sentido de la vista (ya que nos aporta más seguridad que no el sentido auditivo) y con este sentido obtengamos más información de las personas, más allá de lo que dicen. Yo siempre me he considerado una persona muy intuitiva: según la manera que tiene una persona de hablar y expresarse, puedo hacerme una idea de como es. Como un sexto sentido…

A veces, cuando consigo mantener la mirada un rato en alguien y no me he perdido en la conversación, siento como si hubiera conseguido algo. Como si tuviera mucho mérito, como si fuera una ganadora. Como si dependiera menos de la lectura labial. Me resulta más fácil si esta persona vocaliza, claro.  En otras ocasiones no lo consigo del todo y enseguida necesito volver a los labios, porque sino me lo tienen que repetir todo de nuevo, ¡jajaja!

Aunque realmente tenga una visión periférica que me permita un poco «adivinar» lo que dicen los labios y apoyarme también en lo que oigo, a la vez, mientras sigo enfocada en los ojos, la realidad es que la calidad de lo que percibo disminuye, el esfuerzo es doble, porque estoy tan concentrada en ello que es como si no pudiera pensar en otra cosa que en mantener la mirada cuando en realidad me estoy perdiendo muchísima información tanto verbal como no verbal… La combinación de ambas actualmente es la que me permite hacerme una idea clara y global de aquello que me están contando, o sea, mirando a los ojos y también a los labios para comprobar que lo estoy entendiendo todo bien. Así es perfecto y así lo percibo en el otro.

Bueno, lo que os quiero decir con todo esto, es que a veces, no necesariamente el hecho de no mirar a los ojos tiene por que significar nada malo como desconfianza, inseguridad, pérdida de interés, estar mintiendo, no ver al otro… Tampoco significa no saber leer las emociones o no captar la profundidad del discurso. La cuestión es que en el caso de las personas sordas puede ser diferente. Incluso yo, cuando signo, todavía me cuesta mirar a los ojos sostenidamente por la costumbre de esperar a que me digan algo y leer los labios, aunque sea de improviso. Me supongo que todo es práctica, costumbre, en esta vida.

He sentido la necesidad de escribir sobre esto porque es un tema que me viene rondando por la cabeza y porque creo que es una lástima que, por comunicarnos de otras maneras, perdamos credibilidad ante los demás. Como si fuéramos menos interesantes por no mirar continuadamente a los ojos o como si no estuviéramos realmente ahí. Es algo difícil de explicar. Todos hacemos lo que podemos…  De acuerdo, es muy bonito mirar a los ojos de la persona, ver los matices mientras está contando… Pero también es soprendente lo que podemos llegar a  comunicar con los labios, más allá de los sonidos, y con el rostro entero.

Una mirada puede transmitir las mismas emociones y sentimientos que los labios mientras se mueven al expresarse. Implica otra percepción, otra puerta. Lo importante es el todo, fijarnos más en los labios no quiere deicr dejar de ver el resto.

Y hablando de confianza, seguridad… creo que la intuición es la verdadera ganadora en este proceso de comunicación, la encargada de ofrecernos la verdad gracias a nuestra sensibilidad. Al fin y al cabo, lo más importante es escuchar o, mejor dicho, ver, precisamente aquello que no decimos…

¿Qué pensáis al respecto? ¿Realmente es tan importante mirar a los ojos para captar el mensaje o a la persona?

¡Un abrazo!

¡Me entrevistó Marimén Ayuso! Y aún no me lo creo...

¡Hola a todos!

Hoy estoy especialmente contenta porque ha salido mi entrevista y estoy feliz, muy feliz de compartirla con vosotros. Este es el enlace donde podéis verla originalmente:

https://www.marimenayuso.com/blog/entrevista-a-andrea-amouzouvi

De todas maneras, la voy a copiar aquí enterita para tenerla conmigo, así que, ahí va…

Andrea es una chica con hipoacusia bilateral pregona desde los 16 meses y usuaria de audífonos, su tesoro. Cada vez tiene más interés en la cultura de sordos y en la lengua de signos. Defiende que sumar maneras de comunicarse -en cualquier sentido- enriquece, y más cuando hay que luchar y esforzarse el doble para conseguir lo mismo. Tiene un ideal: sordos y oyentes trabajando juntos.

Andrea, ¿cómo se te ocurrió la idea del blog?

La verdad es que la idea de crear un blog no fue mía, sino de unas personas a quienes aprecio mucho. En aquel momento no le di importancia, pero desde entonces estuve cavilando esa idea. Y un día, por fin, me lancé a crear un blog para hablar de mis experiencias como persona sorda. Sentía que tenía mucho que decir y creía que tal vez pudiera servir de algo.

¿El blog está pensado sólo para un público sordo?

No, en realidad está pensado para la sociedad en general, oyentes, sobre todo, ya que explico como me siento o nos podemos sentir las personas sordas en determinadas situaciones. Evidentemente el público sordo puede sentirse identificado, pero la idea es que, mediante la concienciación, se haga más visible esta discapacidad y se comprendan mejor nuestras necesidades.

¿Es un intento de reivindicación?

Totalmente, de normalizar ciertos sentimientos y que otros sordos vean que no están solos, que somos muchos.

Porque somos muchos los que reivindicamos, como podemos o sabemos, la plena inclusión.

 

¿Qué te ha supuesto este blog?

Me ha supuesto abrirme y hablar sobre cosas referentes a la sordera con total libertad, lo cual me ha servido para entender mejor sentimientos y circunstancias, al ponerles palabras, y de paso, intento que la sociedad nos entienda mejor.

En un apartado de tu blog hablas sobre el sordo invisible. ¿Qué es exactamente un sordo invisible?

Para mí, un sordo invisible es aquel que, por el mero hecho de ser sordo pasa desapercibido, es ninguneado incluso, y, en definitiva, no ven que está ahí, que es una persona y que está llena de ilusiones, motivaciones, necesidades. Todo eso, no se ve si no te ven. Y cuando no hablas porque no te enteras, pueden dejar de “verte”, lo que te vuelve “invisible”.

Eres una hipoacúsica, como tú misma te defines. ¿Puedes contarnos las dificultades con las que tienes que luchar día a día?

Desgraciadamente las dificultades que me encuentro en mi día a día tienen que ver con la dependencia de leer los labios, la dependencia de que la gente vocalice y, en mi caso, al hablar muy bien, mi discapacidad pasa completamente desapercibida, lo cual me dificulta llamar la atención por ser sorda.

Soy hipoacúsica, sí, pero es más práctico decir que soy sorda. De hecho, impacta más decir que soy sorda que no hipoacúsica, la gente reacciona más de esta manera.

 

No hablar por teléfono, no seguir bien conversaciones de oyentes donde sea que vaya, no entender megafonías o avisos, la radio, etc. Todo ello a menudo también me distancia de los oyentes, que deben percibir que “paso” o que soy “antipática”. Necesitar ese soporte labial siempre te hace vulnerable, además, y quizá la gente quiere aprovecharse para gastarme “bromitas”. Si supiera comunicarme bien en signos, parte de estos problemas se esfumarían, ya no estaría en medio de los dos mundos.

¿En tu familia hay más hipoacúsicos?

No, que sepamos.

¿Cómo es vuestra comunicación?

Con mi familia la comunicación es mejor o peor, depende del día, por el hecho de que son oyentes. Si es cierto que se esfuerzan en vocalizarme más, pero como ya he dicho, como hablo tan bien, se olvidan y a menudo tengo que recordar que hablen más despacio, más alto, que me repitan…

¿Crees que hay igualdad entre jóvenes sordos y oyentes?

No, para nada. De hecho, creo que los jóvenes sordos y oyentes no tienen mucho contacto entre sí, o no tanto como me gustaría, de hecho, puede ser por eso que cada vez tiendo más a relacionarme con personas sordas. A la gente le cuesta repetir y esforzarse por un tiempo largo, según mi experiencia.

Por eso no hay igualdad, porque la desigualdad no termina de irse, no hay esa bidireccionalidad en la comunicación, indispensable para lograr cualquier cosa, o, al menos, no es duradera y se rompe la igualdad, se crea dependencia.

 

¿Tu círculo de amistades es mayoritariamente sordo?

Actualmente puedo decir que sí, pero es una novedad en mi vida, ya que toda mi infancia y adolescencia ha sido rodeada de oyentes, y, aunque era feliz, me faltaba siempre algo. Ahora con los sordos, me pasa algo parecido, porque no domino demasiado la lengua de signos, pero, en cualquier caso, me siento mucho mejor con ellos.

¿Eres lectora? ¿Qué estas leyendo ahora mismo?

¿Que si soy lectora? ¡Muchísimo! Aparte de que me paso media vida leyendo (subtítulos, labios ¡jaja!, estudios…), acabo de leerme “La conjura de los necios” de John Kennedy Toole. Un libro que me ha encantado y que tiene un tono sarcástico notable muy divertido, te lo recomiendo. Pero me he leído decenas y decenas. De pequeña, con 8 o 9 años, era capaz de leerme 2 o 3 libros en una tarde, devolverlos a la biblioteca y cogerme un par más. Siempre me ha gustado mucho adentrarme en las letras.

Leer me ha abierto la mente, me ha permitido expresarme como lo hago, pensar como lo hago y cuestionarme todo. Es tan importante, más cuando te falta un sentido…

 

¿Crees que los sordos son poco lectores?

Sí, creo que sí, desgraciadamente, aunque me imagino que hay de todo, como entre los oyentes. Y creo que es porque les cuesta entender, porque no han recibido suficiente apoyo desde la escuela y han terminado por aborrecer la lectura. Una pena muy grande, porque por culpa de eso, muchos no logran una buena comprensión lectora ni expresión escrita, ambos relacionados.

¿Te has planteado dedicarte a la escritura?

Sí, muchas veces, de hecho, tengo un libro medio empezado, ya hace tiempo, pero no encuentro el tiempo para ponerme en serio, aunque es algo que tengo pendiente y que me hace ilusión. Es un verdadero reto acabarlo.

¿Qué proyectos tienes?

En realidad, tengo uno en mente. Como me gusta mucho ayudar y el tema de la sordera va cogiendo fuerza en mi vida, mis proyectos futuros tienen que ver con la integración social y laboral de las personas sordas.

Me gustaría que la calidad laboral de las personas sordas (en las que me incluyo), mejorase notablemente y que sordos y oyentes compartamos espacios laborales en un contexto de plena normalidad y accesibilidad.

 

Y así en general, siempre quiero aprender, porque pienso que siempre hay algo más que aprender y, fijarte metas, da un sentido muy bonito a la vida.

Andrea me mira, se fija en mis labios y yo le signo: muchas gracias por tus palabras.

 

¡Gracias a ti, y a todos por leerme!

Un abrazo…