Mis queridas logopedas

¡Hola a todos!

Mi desarrollo del lenguaje y del habla ha sido posible gracias a las logopedas que he tenido durante mi infancia, en el instituto y a mi trabajo perseverante con ellas. Pero también gracias a que luego, con mis padres, repasaba lo aprendido de manera más lúdica y divertida.

Con los audífonos, hay que aprender a oír «bien» y para ello el cerebro tiene que adaptarse y reconocer los sonidos para poder interpretarlos y así poderme defender mejor en la vida, sobre todo a nivel fonético, evitando trastornos del lenguaje en la medida de lo posible.

Así, cuando era pequeña, simultaneaba mis clases ordinarias de la guardería, colegio e instituto con las clases de logopedia. Recuerdo que iba a un centro privado un día a la semana durante 2 horas por la mañana, donde me enseñaban a conjugar verbos interminables (era taaaan pesado…), hacía redacciones sobre el fin de semana o sobre las vacaciones y después o el próximo día me las corregían; usaban una radio-cassette para ponerme sonidos de todo tipo que tenía que identificar: truenos, motores, arrastre de muebles, animales, timbres, onomatopeyas, etc., y así durante horas y horas. También aprendía a relacionar conceptos o palabras con dibujos o fotos (que recortaban mis padres de revistas) clasificados por temas varios: de personas, de la propia familia, de objetos, animales… Cada día después del colegio repasaba todos los «carpetones», verdaderos archivadores, con mis padres, jaja.

También aprendía a hablar, a pronunciar «correctamente» palabras, consonantes, vocales… (hay sonidos que dan más problemas, como la «s» y la «r» y también la «t», «d», «ch» en mi caso). Todavía actualmente hay palabras en que «me como» la «s». Eso es porque no la oigo bien, tiene un sonido tan agudo que es prácticamente imperceptible para mi oído afectado.

La verdad es que ahora veo que, gracias a todo esto, a todo aquel esfuerzo (porque tenía que esforzarme mucho, a veces lo aborrecía sobremanera), luego en clase me era más fácil seguir todo. Sino, iría mucho más perdida en todos los sentidos, amén de la ayuda que supone tener un apoyo (aunque fuera de pago) que vela por tu desarrollo socioeducativo.

En el instituto, después del colegio, seguía teniendo una logopeda que venía uno o dos días a la semana una hora y con ella trabajaba vocabulario avanzado, frases hechas, cultura de todo tipo, problemas que pudiera tener en clase o con los profesores (¡o con compañeros!). Era más divertido, me alegraba cuando venían a buscarme a media clase (en plena adolescencia, me lo tomaba como un respiro de las clases, como si me salvaran de estar escuchando las explicaciones y de leer el tema con el profesor de turno ¡jaja!). Además, también hablábamos de los aspectos emocionales y cosas personales… He tenido mucha suerte con ellas, porque las que tuve siempre me inspiraron confianza y simpatía, y a día de hoy, me doy cuenta de lo competentes y geniales que eran, ¡lo cual se agradece tanto, es tan importante! De hecho, sigo teniendo contacto con algunas de ellas y es muy agradable recordar viejos tiempos… ¡mis queridas logopedas, ellas saben quiénes son!

Si hay alguna que me lea, que me escriba algún comentario, ¡por favor!

Dicho todo esto, cada persona sorda tiene sus propias experiencias personales con las logopedas, en función de su grado de audición y de las capacidades de los profesionales, de hecho, algunas amigas me cuentan que lo han pasado muy mal. En otra entrada hablaré de esto, que tiene relación con la lengua de signos, con la lengua oral y su conveniencia en las personas sordas desde mi punto de vista.

¡Un abrazo a todos!

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6 respuestas a «Mis queridas logopedas»

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