1, 2, 3… ¡Probando!

Estos días han sido un ajetreo a nivel auditivo. Con el título ya os podréis haber imaginado de qué va el tema… ¡Sí, probar audífonos! ¿Por qué? Porque temo que de un día para otro me fallen… y me dejen tirada. Os explico… Hace un par de meses que uno de los audífonos se me para cuando el volumen del entorno es exageradamente alto, por ejemplo cuando pasan motos de esas estilo Harley a todo volumen, cuando estoy en un bar y la cafetera es de esas super-ruidosas… Se me para en seco, me asusto muchísimo porque de repente dejo de oír en un oído y claro… no estoy para estos sustos… Me estaba pasando cada vez más a menudo y ante la incertidumbre decidí volver a probar suerte…

No sé porqué, pero esta vez no ha sido tan pesadilla... incluso el día anterior de ir a probarme unos, pude dormir bien. ¿Será que durante este tiempo -desde el año pasado- hasta ahora he tenido tiempo de mentalizarme (resignarme, más bien) de que tal vez no oiga tan bien con unos nuevos audífonos? ¿Será que tenía la esperanza de que me los programaran bien y poder oír lo más parecido posible a como siempre?

Sea como sea, el primer intento no fue tan malo… y eso que los audífonos eran de otra marca, una marca que no había oído NUNCA. Fui sola a probármelos (normalmente suele acompañarme alguien para poder comprobar su voz, hablar y eso) y una de la cosas que hago para «comprobar» que oigo bien, es ponerme una canción allí mismo, una de mis favoritas. Sorprendentemente… ¡la escuchaba perfectamente! ¡No me lo podía creer! Pero psst… a veces esto no significa nada, otras veces también la escuchaba bien y luego… todo decepciones. Para seguir «comprobando» y «asegurándome», lo que hice para ponerlos un poco a prueba fuera del centro auditivo, fue entrar en una tienda. La mujer que me atendió afirmó no haberme escuchado entrar y al hablar con ella la noté muy flojita de voz. Me preguntaba si era yo (los audífonos) o era ella que hablaba así de bajito… Ya empezaron mis incertidumbres sobre si aquello era normal, si habría que ponerlos más fuertes… pero el entorno lo oía bien de volumen, tanto los coches, como las voces de la gente que pasaban por mi lado… Luego hice videollamada con mis padres por la calle y los escuchaba bastante bien. Pero mi voz, que ya lo había notado desde un principio, la notaba rara… aunque algo me decía que podría acostumbrarme. Al volver al centro, me retocó un par de cosas y decidí quedármelos unos días de prueba a ver que tal. Sí, sí, me iban lo suficientemente bien como para llevármelos,… ¡INAUDITO! ¡Esperanza! Me fui contenta pero con el «run run» de que habría que mejorar algo más.

El año pasado probé unos de mi misma marca que no me convencieron nada, ¿recordáis? Pues visto el éxito de éstos que me estaba probando, decidí pedirlos de nuevo para probarlos la semana siguiente y quien sabe… tal vez y pensando que ahora estaba más mentalizada, me iban bien… Vale… pues no. Con eso confirmé que no se trata de que yo ahora esté «más abierta», sino que por el motivo que fuera, no me iban bien. Ni antes ni ahora. Cuestión de tecnología, no me preguntéis… Fui con un amigo, uno de los de mi «equipo» y a los tres minutos de llevarlos puestos ya sabía que no me iban bien: ni mi voz, ni la suya, ni la de la audioprotesista ni después en la calle parecían sintonizar con los sonidos que tenía en mi cerebro. Porque escuchamos con el cerebro, no con los oídos… Total, que los descarté, como os digo, y seguí con los de la marca desconocida, por lo menos me veía capaz de adaptarme… Algo es algo.

El primer día me dolía la cabeza. Nuevos sonidos, nuevas huellas, nuevas conexiones…

El segundo día no me los puse porque, por trabajo, tenía que ir a una feria de ocupación y preferí ir con la seguridad de los míos… Tanta cosa de golpe, tampoco…

Ya el tercer día me los volí a poner para ir a trabajar y más o menos bien… iba bastante cómoda. Pero… ¡cuántos cambios! Ya pude apreciar la diferencia de sonidos de la calle, el transporte público, megafonías del metro… Había sonidos que escuchaba algo diferentes, oía cosas que antes no (como el piar de algunos pájaros -¡supongo que son pájaros…!-), oía mejor la música (más finita, con más «colores» y más sentimiento, curioso), en el metro me parecía entender mejor cuando anunciaban las paradas, las voces de la gente eran diferentes pero no de tono, sino de tonalidades durante el discurso. No sé como explicarlo. Cuando un grupo de gente se reía, lo escuchaba mucho más fuerte que antes, con más picos de sonido, con subidas y bajadas mucho más pronunciadas que antes… Dicho de otra manera, antes oía de una manera más plana… Ya, ya sé que quizás no os enteráis de nada, pero intento explicar mis impresiones lo mejor que puedo…

La cuestión es que me los ponía (buena señal), es decir, me estaba acostumbrando, pero no me cuadraba del todo mi voz y otra cosa: notaba como un silencio absoluto en espacios cerrados cuando antes estaba acostumbrada a oír ruidos de fondo, aunque fuera el aire acondicionado. Al pasarme esto, algunas veces necesitaba hablar (aunque fuera sola, un «¿hola?») para asegurarme de que funcionaban, que todo seguía en orden, porque este silencio era como si estuviera en el espacio, como un vacío existencial, ¡jaja!… Tuve que comentárselo a mi audioprotesista porque justamente hay un ajuste que implica los sonidos débiles y este se puede activar. La cosa mejoró notablemente.

A pesar de que estaba contenta, quería probar otros, en otro centro auditivo. Necesitaba comparar, estar segura de que los que me estaba probando eran los mejores para mí. Sí, soy muy exigente, necesito agotar todas las opciones posibles antes de tomar una decisión como ésta. Así que a la semana siguiente probé otros de una marca conocida pero que nunca había probado. Después de hacer videollamada con mis padres como parte de la rutina para comprobar como van, parecía que también me iban bien; al llegar a casa, me puse mis canciones y no… no las escuchaba tan bien, no las disfrutaba. Los descarté rápido aunque no fueran tan malos, simplemente con los que llevaba estos días iba mejor. Me recomendaron una gama superior para ver que tal, que llegarían la semana siguiente.

Ahora se trataba de ir afinando y reajustando para hallar el punto perfecto (o lo más parecido a eso, claro)… y eso se hace buscando el máximo de ambientes posibles para «sentir» las nuevas percepciones y valorar, comparar. La música en el coche, por ejemplo. Era casi igual, pero las percusiones no las oía igual, eran como más bajas. Igual que, al cerrar el coche, ese golpe era rarísimo, más bajo de lo habitual. Se lo comenté a la audioprotesista y me lo reajustó: eran los sonidos transitorios. Me lo desactivó para que el audífono (inteligente) no me los atenuara. Esto nunca antes me había pasado… cosas de la tecnología de ahora… que queréis que os diga…

Otra de las sorpresas me las llevé cuando vi que las pilas duraban mucho menos… ¡10 días solamente! Con mis audífonos de siempre, me duran hasta 3 semanas, y estos nuevos usaban una pila más pequeña que, por ende, dura menos. Esto para mi fue un revés importante, porque implica cambiar mucho más a menudo la pila (el doble de veces) y también supone más gasto económico… Pero por suerte, al comentarlo, me dijeron que tenían el mismo modelo ¡en pila grande!, como los míos de siempre… ¡Qué alegría me llevé!, os lo podéis imaginar… Pero aún así, me dijo que al tener más prestaciones que los míos, iban a consumir más… Bueno, al menos seguro que más de diez días… ya veré lo que duran sobre la marcha…

Finalmente, los del otro centro auditivo no me llegaron a llamar para probar los audífonos de gama superior, así que tuve que tomar una decisión… ¡Así que tengo nuevos audífonos! ¡Decidido! ¡Se acabó! De acuerdo, no son igual que los míos pero bueno… ¡no me voy a quejar!, ¡se acabó lo que iba a ser una pesadilla y no lo fue! Jolín… de pensar que jamás de los jamases iba a escuchar igual de bien a comprobar que sí… es… un ALIVIO. Y parecía imposible… Doy gracias porque haya sido posible. Desde luego no hay que perder la esperanza.

Y os lo digo a todos los que estéis en mi misma situación: probad, y si no estáis convencidos, esperad, probad en otros sitios. Llegará el momento.

Gracias.

Ser, oír, sentir… Esencias

Ladridos de perros alterados porque alguien habrá pasado cerca de sus casas, globos llenos de agua explotando en una guerra de agua infantil, motores de coches rugiendo tras ponerse el semáforo en verde, risas enlatadas y repentinas en reuniones de gente y entre el tumulto, sirenas de ambulancias y de policías que se apresuran por llegar lo más pronto posible a sus destinos, melodías de teléfonos que siguen insistiendo porque nadie atiende la llamada, el niño que llora incansablemente porque la madre está mirando el móvil, la intensidad de la lluvia que salpica y repica con fiereza… Todas esas pueden ser cosas ajenas a una persona que no oye nada, cosas que tal vez una persona sorda sería incapaz de percatarse si no tiene restos auditivos o una extensión de sí misma en forma de tecnología para amplificar el sonido de ahí fuera.

Estrellas fugaces inesperadas que se iluminan en lo alto del cielo y en noche cerrada, hojas secas que se desprenden de los árboles en pleno otoño y que siguen una trayectoria caprichosa hasta caer definitivamente al suelo, el inseguro que necesita llamar la atención constantemente para que los demás le rían las gracias, sonrisas fingidas de esas falsas que duran unos segundos y que luego se tornan labios serios o tristes, el interés de alguien que se preocupa por tu bienestar y que se siente satisfecho al ver que lo has entendido y comprendido, el niño que ofrece su paraguas a un gato callejero porque éste se está mojando, el suspiro y expresión de alivio de aquellos que por fin han conseguido sus propósitos, soplar con inspiración a un diente de león soltando nuestra fe al universo para que se cumplan nuestros últimos deseos… Estas son cosas que nada tienen que ver con oír, sino con la belleza que nos regala el sentir. Sentimientos relacionados con la quietud, la reflexión, la fortuna, la observación.

Muchas veces las personas dicen: «Qué pena que no oye», «pobrecito, es sordo», «es una lástima que no pueda escuchar el canto de los pájaros», enfocándolo siempre desde la falta y no desde la aceptación, que no resignación; cuando simplemente es otra condición, una diferencia que no tiene por qué restar. Es por eso que pienso que no, que lo que da pena realmente no es el «no poder» oír, sino el vivir en un mundo en el que, aún teniendo la «capacidad» de oír el piar de los pájaros, de hablar por teléfono, de trabajar y reír a la vez porque estás escuchando (chafardeando) la conversación de los compañeros de trabajo; que, al parecer, no exista esa necesidad interna e imperante de ayudar al otro o facilitarle la vida en lo posible, esa introspección necesaria que empuja obligatoriamente a valorar lo que se tiene, que siempre es mucho. Vivir el presente con nuestras circunstancias particulares teniendo en cuenta las necesidades de los demás: de nuestros amigos, de nuestros compañeros, de nuestra familia e incluso de los desconocidos; es lo que nos enriquece realmente a todos, es lo que nos convierte en quienes «somos» sin dar cuenta del si «tenemos» o no. Cuidar de los otros también proviene de un sentimiento. Así que, para mí, es mucho más importante el sentir que no el oír. Además, hay cosas que se pueden «oír» a través de la piel, del tacto. Considero esto una «superCapacidad» que no todos poseen, a decir verdad. Cambia la mirada al respecto, ¿como decirlo…?, ese percibir se convierte en un poder. Y aporta mucho más a nivel interior, es lo que al final, te llena por dentro, el como es la gente, como transmite las cosas, como te sientes por ello…

Porque lo que somos y lo que sentimos nos convierte en el resultado de aquello que desprendemos desde bien adentro, que nos hace únicos y que define lo mejor y/o lo peor de nosotros mismos: nuestra esencia, lo que nos apaga o lo que nos hace brillar.

Así que… creo que no somos lo que tenemos, en tal caso podríamos no ser nada de un día para otro. En definitiva, hay cosas que aunque se puedan oír, solo merecen la pena si las puedes sentir.

Nuevo equipo: ell@s, mágic@s

Equipo

Esta entrada va por la gente tan bonita que estoy conociendo. A este equipo nuevo que hemos formado con ganas de entablar amistad de la buena y confidencias, confidencias de cosas que a otros no les contarías porque no cualquiera te entiende como ellos. De las varias definiciones de equipo que se pueden encontrar por la red y que pueden ayudar a definir lo que siento por haberlos conocido, me quedo con la que hace hincapié en que un equipo es aquel formado por varias personas con una meta a seguir, un objetivo en común. Es realmente mágico.

Tener un mal día porque estás harta de leer los labios a todas horas cuando encima ello no supone necesariamente entender. Tener que repetir a la misma gente que te vocalicen; que no, que no hablas por teléfono; que por favor, vocalicen; que no hablen todos a la vez que no oyes bien y encima tratas de leer unos labios que apenas se mueven pero que a la vez se mueven muy rápido; que por favor hablen más despacio; que vocalicen; ¡que vocalicen!… Solo me falta decir que me respeten de una vez, ya que por sí mismos no son capaces de ponerse en mi lugar. De verdad, llega un punto que te sientes como humillada como persona. Y… ellos, mi «team», me entienden perfectamente, también les pasa. Clavadito. No sentirte la única que vives eso supone cierto alivio, y en este caso no estaría de acuerdo en el dicho: «Mal de muchos, consuelo de tontos», porque este consuelo de «tontos», precisamente nos insufla fortaleza para seguir y hacerlo con la cabeza bien alta. Porque no tenemos que agachar la cabeza cuando nos sintamos así. Fácil decirlo, pero con un equipo así, más fácil de conseguir.

Hace unas semanas recibí un correo electrónico que me impactó. De una mujer -una doctora- que me escribió desde el otro lado del océano y que tiene sordera como yo. La impotencia al leerla fue la misma que debió sentir ella al escribir sus líneas. Es la impotencia de tener que esforzarnos el triple para llegar donde queremos, donde merecemos. Me dijo que no sabía ni porqué me escribía. Desahogo, sin más. Me doy cuenta de que posiblemente sea la voz de muchos, que mis (nuestros) sentimientos son mucho más comunes de lo que creía, son compartidos, afloran desde lo más hondo, donde más nos duele.

Por eso, al hallar personas como yo, sordos oralistas, agradezco este cambio de aires, pienso que tal vez «todo pasa por algo», como si de todo ello y obligatoriamente, deba surgir un aprendizaje nuevo que todavía está en ciernes. Que las vicisitudes de la vida te ponen constantemente a prueba, es cierto; pero, paradójicamente, esta vida tan caprichosa, también trae personitas maravillosas capaces de hacer que aquello -al parecer- imposible de resolver, pierda importancia. Porque con ellos, con la unidad, nos crecemos por dentro y nos hacemos más fuertes. Esto es un buen equipo, el que juega siempre a ganar. Ganar las pequeñas y grandes luchas internas -y externas, de algún modo, también; y sino, tiempo al tiempo- que tenemos con nosotros mismos cuando algo no nos encaja como quisiéramos.

Se trata de que las incongruencias y sinsentidos (incluso la mala educación, sinceramente) de algunas personas que te vocalizan solo cuando les da la gana, o que se ponen a hablarte con las manos de repente (WTF?) -no en lengua de signos, ojo, sino haciendo «gestos» sin más-, pierdan importancia, pasen a un segundo plano, ese plano donde tienen que estar las cosas que realmente no merecen la pena. Como estas personas, y así lo digo. Con el tiempo vas viendo y analizando formas de comportarse contigo y sacas conclusiones: no llegan a más, sintiéndolo mucho. Incluso las compadeces por su ignorancia.

Estas personas a veces (cada vez menos) parecen manejar mi estado de ánimo a voluntad, y no debo (debemos) permitirlo, mucho menos desanimarme (desanimarnos) en lo que queda de día. Aunque a veces casi lo consigan y otras lo hayan conseguido, debemos sacar fuerzas de flaqueza. Siempre. Por eso, insisto, tener con quien desahogarse, es mágico, la fortaleza llega sola.

Esta es nuestra lucha, y el objetivo en común, lograr la empatía de la que alardean muchos pero que a la hora de la verdad, pocos demuestran. La sordera es una discapacidad invisible, sí, pero nosotros no lo somos ni lo queremos ser. Esta empatía tan necesaria hoy en día, arroja luz a la oscuridad, permite que todos nos sintamos integrados, a gusto con nosotros mismos y con los demás.

Mientras tanto, quiero disfrutar lo más que pueda del camino, de mi equipo, cuidarlo como me cuidan a mí y sobretodo, seguir haciendo piña. De verdad, SOIS MÁGICOS. Vosotros sabéis quienes sois. Unos soñadores que, como yo, hacéis que la vida sea mucho más bonita, accesible y plena. Llena de ideas, de inconformismos, de ideales, de lucha. Que lo importante no se quede en lo superficial ni la hipocresía se torne normalidad, por favor. Hay que seguir reivindicando, cogiendo fuerzas, todavía nos queda un buen trecho. Con un buen equipo es posible cambiar el mundo. Y para eso estamos. Gracias.

¡Un abrazo de los grandes, queridos!

El agua y los audífonos

¡Hola a todos!

Quiero hablaros de la relación que tengo con el agua, así en general. ¿A qué me refiero? Pues a los deportes que implican la presencia de agua, a ir a la playa, a la piscina, en barco, a hacer actividades al aire libre donde puede haber agua, a la lluvia, al deporte en sí mismo… ¿Por qué? Porque al llevar audífonos, siempre temo que les pase algo.

Como cualquier dispositivo electrónico, los audífonos no se pueden mojar, como os podréis imaginar. Es verdad que hay audífonos que se pueden mojar, casi impermeables, pero los míos no lo son, así que el agua, lejos.

Desde pequeña, he hecho todo tipo de deportes, desde tenis, pasando por patinaje, hasta atletismo, y en la mayoría de ellos, se suda. A menudo he tenido que quitar los restos de humedad que se acumulan en los moldes, ya que hacen que me cueste mas oír (se crea cierta resistencia), aparte de lo perjudicial que pueden resultar las gotitas de humedad (sudor) si éstas entran en contacto con el circuito electrónico. Alguna vez me ha pasado, y se oyen como interferencias, son molestas. Existen deshumidificadores que sirven para eliminar estos restos de humedad. Van bien, digamos que alargan la vida de los audífonos al mantenerlos secos.

Cuando voy a la playa o a la piscina, a veces decido no llevar los audífonos puestos, ya que la bromita de que los amigos te mojen me puede costar muy cara. Aparte de eso, que es más típico cuando eres más pequeña, dejar los audífonos guardados en la bolsa o la mochila me crea cierto temor por si se mojan, me entra arena, me los roban, les dan un golpe sin querer o lo que sea. Teniendo en cuenta que los uso cada día y que son tan importantes para mí, cualquier mero accidente podría ser fatal. Algunos diréis, y si vas sin audífonos, igualmente para bañarte te los tienes que quitar. Sí. Después tengo que esperar a que se me sequen los oídos para ponérmelos de nuevo. La sensación de ponértelos estando los oídos húmedos es francamente rara. Es como si estuvieras debajo del mar, como un «glu glu», ¡jaja! Alguna vez me los dejo puestos si estoy por la orilla, pero como alguien me moje… la liamos parda… ¡jajaja! (Me río ahora, pero gracia ninguna… jajaja)

Cuando hago deporte… quitando el tema de la humedad que he comentado, por la acumulación de sudor que se desplaza por detrás de las orejas (mal sitio, sí), también hay que considerar la posibilidad de recibir un golpe. Me muero si por ello se me rompe un audífono o se me cae. Pero dejando de lado lo que pudiera pasar, que tampoco son cosas muy probables (si lo fueran, pues no practicaría este deporte, se sobreentiende), no me gustan mucho los deportes de agua. Esto de ir sin audífonos no me atrae mucho, a no ser que esté con personas sordas y nos comuniquemos en lengua de signos. Echando la vista atrás, cuando era pequeña y hacía todo con personas que oyen, siempre tienes la inseguridad de si te están llamando y no lo oyes, de si te tienen que avisar de algo y no lo oyes, o cualquier cosa. Recuerdo que hacer natación me gustaba, pero a la vez no. Y es por eso, supongo que es muy natural. Con el tiempo lo vas normalizando y con los amigos lo pasas bien, pero son cositas que siempre tienes ahí.

¿Y lo de ir en barco? Bueno… tendríais que verme montada en uno si éste es relativamente pequeño. Insufrible, en serio. Estoy todo el rato imaginándome que nos caemos todos por la borda y yo… con mis audífonos. En el agua. Ni me lo puedo imaginar… Diréis, «jolín, tampoco es eso», ya, ya, pero no lo puedo evitar, ¿qué hago?

Otra situación que me preocupa y que tiene que ver con el agua inesperada, es la lluvia. Llevar el pelo recogido, con los audífonos a merced de las gotas de la lluvia y sin poder protegerme del agua, es un pensamiento horrible. Aunque sean cuatro gotitas… Si no me los puedo quitar y guardarlos sin riesgo de que se mojen, lo puedo pasar muy mal. Alguna vez me ha entrado alguna gota de agua en uno y… ufff… ya me pensaba que lo había perdido. Fue hace poco, además. Los que me leéis, sabéis lo que supone la idea de cambiarme los audífonos, así que seguro que me entendéis en este sentido… Por eso siempre llevo un paraguas de repuesto en el coche, para que la lluvia no me sorprenda y, si me pilla en la calle, pues refugiarme como pueda, el rato que sea necesario.

Ya habréis podido apreciar que mis audífonos son sagrados y la idea de que les pueda pasar algo por culpa del agua o de la humedad me preocupa sobremanera hasta el extremo de dejarlos en casa si es necesario e ir por ahí sin oír nada de nada. Se me hace super raro ir por la vida sin oír nada, pero te acostumbras. Es bastante más fácil si hablo en lengua de signos con quien voy, sobra decirlo. Un día casi me atropellan por no mirar al cruzar por un paso cebra: hablaba con una amiga mientras íbamos a la playa, yo sin audífonos, y, toda distraída, olvidé mirar justo antes de cruzar. Como normalmente oigo los coches y ese día iba sin audífonos… pues no lo oí, cruzamos sin más. Madre mía, el susto que me llevé al ver los coches que no paraban (no todos los coches paran en los pasos de peatones)… Si es que hay que ir con mil ojos siempre…

Dicho lo dicho, a ver si me hago con unos impermeables y así, todo eso que me ahorro… ¿no? ¡Jajaja!

Un abrazo a todos y que disfrutéis del verano.

Andrea.

10 ventajas de ser sorda ¡porque no todo van a ser inconvenientes!

¡Hola a todos!

Normalmente cuando alguien tiene una discapacidad solemos centrarnos en los problemas que ésta le va a causar, en las dificultades que van a surgir, en el sufrimiento que va a acarrear… y solemos olvidar que, a veces, ser diferente, tiene sus ventajas. Ventajas por ser sorda. Sí, ¡ventajas! ¡Porque no todo va a ser malo! Vaya por delante que hablo de mis propias experiencias del día a día, pero seguramente más de uno estará de acuerdo con lo que voy a contar. Aquí van diez ventajas de ser sorda y llevar audífonos. ¡Vamos a ello!

1. Dado que para dormir me saco los audífonos, ¿sabéis la tranquilidad de la que gozo cuando estoy visitando a Morfeo, allá por el séptimo sueño? «Apagar las luces» (audífonos en OFF) y quedar en el silencio más absoluto es de agradecer cuando únicamente quieres cerrar los ojos y encontrar sosiego. ¡Vamos, que duermo estupendamente aunque el perro del vecino no deje de ladrar!

2. ¿Y los ronquidos o cuando llueve por la noche, los truenos, las tormentas? Debido a que mi pérdida en frecuencias graves es menor que en las agudas, algunas veces puedo percatarme de que está tronando (cuando son muy fuertes -¡y tienen que serlo para que oiga los truenos sin audífonos!-), pero no me molesta. Quizá porque luego le sigue la calma a mis oídos, como si de un vaivén de ruido y silencio se tratara. Diría que es la ventaja más grande, ¡me resulta difícil imaginar conciliar el sueño con todos los sonidos que hay en el exterior!

3. Igualmente, cuando me quiero concentrar, sea para estudiar, para meditar o simplemente para no tener distracciones, le doy al OFF y más tranquila que yo, no hay nadie. La verdad es que es una ventaja que muchos me dicen que ojalá pudieran tener: el poder desconectar del mundo totalmente. Eso sí, ni se te ocurra aparecer de la nada porque me vas a matar del susto…

4. ¿Sabéis la alegría que me llevo cuando disfruto de los descuentos a los que tenemos derecho las personas con un 33% o más de discapacidad? Por ejemplo en algunos medios de transporte, en espectáculos, en la universidad (me he ahorrado lo suyo en matrículas, a parte de gozar del 3% de plazas reservadas para personas con discapacidad), en parques de atracciones… Sobre esta última, era increíble ir a Port Aventura con amigos sordos y disfrutar de la maravillosa pulsera Express con la que evitábamos las odiosas colas y que te daban por tener discapacidad… sí, sí… ¡encima podíamos subir a las atracciones con un acompañante, por lo que se beneficiaban también los que venían con nosotros y que no tenían ninguna discapacidad! Que lástima que lo hayan quitado, qué lástima…

5. Otra ventaja de tener discapacidad, es que a menudo podemos «ver» como es la gente por la manera de comportarse con nosotros. ¿Verdad que se dice que en los momentos difíciles es cuando se conoce a la gente? Pues de eso nosotros sabemos mucho… ¡ahí queda!

6. ¿Sabéis que por tener discapacidad nos ahorramos el impuesto de circulación? Ou yeah. Vale que no es mucho, ¡pero ese dinerito nos los podemos gastar en caprichitos, jiji!

7. En el caso de la discapacidad auditiva, el haber aprendido a leer los labios, me da cierta ventaja cuando quiero «chafardear» en lo que dicen los demás, sin que se den cuenta. No, no es tan fácil, de acuerdo, pero si no tengo nada mejor que hacer mientras estoy en el tren… Además, de nada sirve que hablen flojito, porque por más bajito que hablen, ¡me entero de todo! Claro que a veces llama mucho la atención estar todo el rato mirando y tengo que desviar la mirada, aún a riesgo de perder el hilo… ¡Soy una chafardera, jajaja!

8. Relacionada con la anterior, leer los labios o hablar en signos es útil cuando estoy en ambientes muy ruidosos como una discoteca. Mi voz me lo agradece, desde luego. Es muy cómodo poder entender frases sin necesidad de acercarme a la persona, o incluso estando un poco lejos, mantener conversaciones «secretas»… («¡tía, que bueno está el de la derecha!»), sobretodo cuando no queremos que la persona en cuestión se entere.  Hablamos sin voz, solo moviendo los labios o las manos. ¡Es muuy divertido, os recomiendo aprender lengua de signos ya solo por eso, jajaja, vale la pena! Fuera coñas, disponer de otras maneras para expresarte entre la multitud, es muy guay.

9. Como curiosidad, es fascinante ver como dos pilotos sordos se ponen a hablar en lengua de signos ¡mientras conducen! Es decir, si por ejemplo hay un cambio de opinión, el que va en un coche se pone a la altura del otro coche, o ni eso, uno detrás del otro, y con las manos le transmite lo que sea. Se hacen luces para llamar la atención y sacan la mano por la ventana para decir lo que sea. Si es que como os decía, es súper práctico eso de aprender lengua de signos… Eso sí, hay que tener muy buenos reflejos para hacer eso conduciendo, eh, que también lo digo…

10. Y por supuesto, para terminar, tener la posibilidad de apagarme los audífonos cuando hay gritos o mucho jaleo alrededor, cuando tengo dolor de cabeza, o no quiero discutir más con mi pareja… es muy liberador. Un «ON/OFF» al gusto para evitar sonidos desagradables, molestos, o que simplemente no me apetecen en este momento. De nuevo, desconectar, sentir paz. La verdad es que no suelo hacerlo mucho eso, pero si quiero, puedo, y tan ancha me quedo. ¿Os imagináis que lo hago en medio de la típica conversación con el pesado de turno que siempre está criticando a los demás? Esto sí que es una ventaja, ¡jajaja!

¿Qué os ha parecido? Ya habéis visto que no hay mal que por bien no venga, así que… ‘positive forever’!

¿Se os ocurre alguna más?

Abrazos.

Miradas sostenidas que cuestan de mantener

Las miradas…, esas ventanas que nos llevan a no sé donde…

¡Hola a todos!

«La mirada es el espejo del alma», «tienes que mirar a los ojos cuando hablas con la gente, sino parece que estás mintiendo», «sobretodo mira a los ojos y mantente segura»… ¿No os suena? Aunque no todas las personas establecen este contacto visual siempre y algunas otras creerán que está sobrevalorado, ¿verdad que se dice que cuando esquivas la mirada es porque probablemente tienes algo que ocultar?

Bien, os voy  a contar mi manera de verlo, valga la redundancia. Hace un tiempo, me di cuenta de que no miraba mucho a los ojos de la gente cuando me comunicaba con ella. Es decir, mientras la gente en general suele hablar mirándose a los ojos y apoyándose en lo que escuchan con sus oídos para mantener la conversación, yo miro a los labios la mayor parte del tiempo para conseguir el mismo objetivo. Diréis: pero es lógico, tu necesitas leer los labios para enterarte… De acuerdo, es verdad (parece que ya os ha quedado claro, ¡jajaja!), pero no me refiero a eso. Quiero decir que miro poco a los ojos, que hacerlo, me supone cierto esfuerzo y, ser conciente de ello mientras lo hago, me supone perder recursos que debería destinar a la comprensión de lo que me están diciendo. Si bien es cierto que decidir fijar la mirada en los ojos de la otra persona me supone un riesgo de perderme, con el tiempo, he notado que a la gente le gusta que les mires a los ojos. ¿Por qué? Eso es lo que no tengo tan claro.

Parece que mirar a los ojos de la otra persona te acerca a ella, pero a mi más bien al contrario… como os he comentado, me aleja y además de verdad. Porque me pierdo, porque si lo hago, automáticamente es como si dejara de «escuchar», de «atender». Es curioso como, paradójicamente, no mirar a los ojos se considera signo de inseguridad y en mi caso, mirar y leer los labios es, precisamente, lo que me hace sentir segura.

Es interesante que en todo esto del lenguaje, nos expresamos en mayor parte de forma no verbal. ¿Qué significa esto? Pues que no importa tanto lo que decimos sino el «como» lo decimos. Me explico: te dice más de una persona la manera en la que se expresa, se mueve y gesticula que no lo que realmente está diciendo. Además lo creo de verdad. Es posible que los que tenemos problemas de audición hayamos desarrollado más el sentido de la vista (ya que nos aporta más seguridad que no el sentido auditivo) y con este sentido obtengamos más información de las personas, más allá de lo que dicen. Yo siempre me he considerado una persona muy intuitiva: según la manera que tiene una persona de hablar y expresarse, puedo hacerme una idea de como es. Como un sexto sentido…

A veces, cuando consigo mantener la mirada un rato en alguien y no me he perdido en la conversación, siento como si hubiera conseguido algo. Como si tuviera mucho mérito, como si fuera una ganadora. Como si dependiera menos de la lectura labial. Me resulta más fácil si esta persona vocaliza, claro.  En otras ocasiones no lo consigo del todo y enseguida necesito volver a los labios, porque sino me lo tienen que repetir todo de nuevo, ¡jajaja!

Aunque realmente tenga una visión periférica que me permita un poco «adivinar» lo que dicen los labios y apoyarme también en lo que oigo, a la vez, mientras sigo enfocada en los ojos, la realidad es que la calidad de lo que percibo disminuye, el esfuerzo es doble, porque estoy tan concentrada en ello que es como si no pudiera pensar en otra cosa que en mantener la mirada cuando en realidad me estoy perdiendo muchísima información tanto verbal como no verbal… La combinación de ambas actualmente es la que me permite hacerme una idea clara y global de aquello que me están contando, o sea, mirando a los ojos y también a los labios para comprobar que lo estoy entendiendo todo bien. Así es perfecto y así lo percibo en el otro.

Bueno, lo que os quiero decir con todo esto, es que a veces, no necesariamente el hecho de no mirar a los ojos tiene por que significar nada malo como desconfianza, inseguridad, pérdida de interés, estar mintiendo, no ver al otro… Tampoco significa no saber leer las emociones o no captar la profundidad del discurso. La cuestión es que en el caso de las personas sordas puede ser diferente. Incluso yo, cuando signo, todavía me cuesta mirar a los ojos sostenidamente por la costumbre de esperar a que me digan algo y leer los labios, aunque sea de improviso. Me supongo que todo es práctica, costumbre, en esta vida.

He sentido la necesidad de escribir sobre esto porque es un tema que me viene rondando por la cabeza y porque creo que es una lástima que, por comunicarnos de otras maneras, perdamos credibilidad ante los demás. Como si fuéramos menos interesantes por no mirar continuadamente a los ojos o como si no estuviéramos realmente ahí. Es algo difícil de explicar. Todos hacemos lo que podemos…  De acuerdo, es muy bonito mirar a los ojos de la persona, ver los matices mientras está contando… Pero también es soprendente lo que podemos llegar a  comunicar con los labios, más allá de los sonidos, y con el rostro entero.

Una mirada puede transmitir las mismas emociones y sentimientos que los labios mientras se mueven al expresarse. Implica otra percepción, otra puerta. Lo importante es el todo, fijarnos más en los labios no quiere deicr dejar de ver el resto.

Y hablando de confianza, seguridad… creo que la intuición es la verdadera ganadora en este proceso de comunicación, la encargada de ofrecernos la verdad gracias a nuestra sensibilidad. Al fin y al cabo, lo más importante es escuchar o, mejor dicho, ver, precisamente aquello que no decimos…

¿Qué pensáis al respecto? ¿Realmente es tan importante mirar a los ojos para captar el mensaje o a la persona?

¡Un abrazo!

¡Me entrevistó Marimén Ayuso! Y aún no me lo creo...

¡Hola a todos!

Hoy estoy especialmente contenta porque ha salido mi entrevista y estoy feliz, muy feliz de compartirla con vosotros. Este es el enlace donde podéis verla originalmente:

https://www.marimenayuso.com/blog/entrevista-a-andrea-amouzouvi

De todas maneras, la voy a copiar aquí enterita para tenerla conmigo, así que, ahí va…

Andrea es una chica con hipoacusia bilateral pregona desde los 16 meses y usuaria de audífonos, su tesoro. Cada vez tiene más interés en la cultura de sordos y en la lengua de signos. Defiende que sumar maneras de comunicarse -en cualquier sentido- enriquece, y más cuando hay que luchar y esforzarse el doble para conseguir lo mismo. Tiene un ideal: sordos y oyentes trabajando juntos.

Andrea, ¿cómo se te ocurrió la idea del blog?

La verdad es que la idea de crear un blog no fue mía, sino de unas personas a quienes aprecio mucho. En aquel momento no le di importancia, pero desde entonces estuve cavilando esa idea. Y un día, por fin, me lancé a crear un blog para hablar de mis experiencias como persona sorda. Sentía que tenía mucho que decir y creía que tal vez pudiera servir de algo.

¿El blog está pensado sólo para un público sordo?

No, en realidad está pensado para la sociedad en general, oyentes, sobre todo, ya que explico como me siento o nos podemos sentir las personas sordas en determinadas situaciones. Evidentemente el público sordo puede sentirse identificado, pero la idea es que, mediante la concienciación, se haga más visible esta discapacidad y se comprendan mejor nuestras necesidades.

¿Es un intento de reivindicación?

Totalmente, de normalizar ciertos sentimientos y que otros sordos vean que no están solos, que somos muchos.

Porque somos muchos los que reivindicamos, como podemos o sabemos, la plena inclusión.

 

¿Qué te ha supuesto este blog?

Me ha supuesto abrirme y hablar sobre cosas referentes a la sordera con total libertad, lo cual me ha servido para entender mejor sentimientos y circunstancias, al ponerles palabras, y de paso, intento que la sociedad nos entienda mejor.

En un apartado de tu blog hablas sobre el sordo invisible. ¿Qué es exactamente un sordo invisible?

Para mí, un sordo invisible es aquel que, por el mero hecho de ser sordo pasa desapercibido, es ninguneado incluso, y, en definitiva, no ven que está ahí, que es una persona y que está llena de ilusiones, motivaciones, necesidades. Todo eso, no se ve si no te ven. Y cuando no hablas porque no te enteras, pueden dejar de “verte”, lo que te vuelve “invisible”.

Eres una hipoacúsica, como tú misma te defines. ¿Puedes contarnos las dificultades con las que tienes que luchar día a día?

Desgraciadamente las dificultades que me encuentro en mi día a día tienen que ver con la dependencia de leer los labios, la dependencia de que la gente vocalice y, en mi caso, al hablar muy bien, mi discapacidad pasa completamente desapercibida, lo cual me dificulta llamar la atención por ser sorda.

Soy hipoacúsica, sí, pero es más práctico decir que soy sorda. De hecho, impacta más decir que soy sorda que no hipoacúsica, la gente reacciona más de esta manera.

 

No hablar por teléfono, no seguir bien conversaciones de oyentes donde sea que vaya, no entender megafonías o avisos, la radio, etc. Todo ello a menudo también me distancia de los oyentes, que deben percibir que “paso” o que soy “antipática”. Necesitar ese soporte labial siempre te hace vulnerable, además, y quizá la gente quiere aprovecharse para gastarme “bromitas”. Si supiera comunicarme bien en signos, parte de estos problemas se esfumarían, ya no estaría en medio de los dos mundos.

¿En tu familia hay más hipoacúsicos?

No, que sepamos.

¿Cómo es vuestra comunicación?

Con mi familia la comunicación es mejor o peor, depende del día, por el hecho de que son oyentes. Si es cierto que se esfuerzan en vocalizarme más, pero como ya he dicho, como hablo tan bien, se olvidan y a menudo tengo que recordar que hablen más despacio, más alto, que me repitan…

¿Crees que hay igualdad entre jóvenes sordos y oyentes?

No, para nada. De hecho, creo que los jóvenes sordos y oyentes no tienen mucho contacto entre sí, o no tanto como me gustaría, de hecho, puede ser por eso que cada vez tiendo más a relacionarme con personas sordas. A la gente le cuesta repetir y esforzarse por un tiempo largo, según mi experiencia.

Por eso no hay igualdad, porque la desigualdad no termina de irse, no hay esa bidireccionalidad en la comunicación, indispensable para lograr cualquier cosa, o, al menos, no es duradera y se rompe la igualdad, se crea dependencia.

 

¿Tu círculo de amistades es mayoritariamente sordo?

Actualmente puedo decir que sí, pero es una novedad en mi vida, ya que toda mi infancia y adolescencia ha sido rodeada de oyentes, y, aunque era feliz, me faltaba siempre algo. Ahora con los sordos, me pasa algo parecido, porque no domino demasiado la lengua de signos, pero, en cualquier caso, me siento mucho mejor con ellos.

¿Eres lectora? ¿Qué estas leyendo ahora mismo?

¿Que si soy lectora? ¡Muchísimo! Aparte de que me paso media vida leyendo (subtítulos, labios ¡jaja!, estudios…), acabo de leerme “La conjura de los necios” de John Kennedy Toole. Un libro que me ha encantado y que tiene un tono sarcástico notable muy divertido, te lo recomiendo. Pero me he leído decenas y decenas. De pequeña, con 8 o 9 años, era capaz de leerme 2 o 3 libros en una tarde, devolverlos a la biblioteca y cogerme un par más. Siempre me ha gustado mucho adentrarme en las letras.

Leer me ha abierto la mente, me ha permitido expresarme como lo hago, pensar como lo hago y cuestionarme todo. Es tan importante, más cuando te falta un sentido…

 

¿Crees que los sordos son poco lectores?

Sí, creo que sí, desgraciadamente, aunque me imagino que hay de todo, como entre los oyentes. Y creo que es porque les cuesta entender, porque no han recibido suficiente apoyo desde la escuela y han terminado por aborrecer la lectura. Una pena muy grande, porque por culpa de eso, muchos no logran una buena comprensión lectora ni expresión escrita, ambos relacionados.

¿Te has planteado dedicarte a la escritura?

Sí, muchas veces, de hecho, tengo un libro medio empezado, ya hace tiempo, pero no encuentro el tiempo para ponerme en serio, aunque es algo que tengo pendiente y que me hace ilusión. Es un verdadero reto acabarlo.

¿Qué proyectos tienes?

En realidad, tengo uno en mente. Como me gusta mucho ayudar y el tema de la sordera va cogiendo fuerza en mi vida, mis proyectos futuros tienen que ver con la integración social y laboral de las personas sordas.

Me gustaría que la calidad laboral de las personas sordas (en las que me incluyo), mejorase notablemente y que sordos y oyentes compartamos espacios laborales en un contexto de plena normalidad y accesibilidad.

 

Y así en general, siempre quiero aprender, porque pienso que siempre hay algo más que aprender y, fijarte metas, da un sentido muy bonito a la vida.

Andrea me mira, se fija en mis labios y yo le signo: muchas gracias por tus palabras.

 

¡Gracias a ti, y a todos por leerme!

Un abrazo…

Entrevista a Marimén Ayuso Autora de "La Palabra en la Mano"

¡Hola a todos!

Hoy, día del libro, tengo una sorpresa para todos vosotros: os presento a la autora del libro «La Palabra en la Mano», Marimén Ayuso, filóloga, escritora y traductora y que, como yo, «no se imagina su vida sin las palabras».

Ella es una CODA. No os quiero adelantar nada más, así que voy a compartir con vosotros la entrevista que le hice. Seguro que os sorprende como a mí y espero que la disfrutéis.

Hola Marimen, en primer lugar, gracias por prestarte a responder mis preguntas para mi blog. ¡Empezamos!

Eres una CODA. Háblanos de ello.

Es un término relativamente nuevo. Son las iniciales de «Children of deaf adults» (hijos de sordos adultos). Soy una CODA y me siento muy feliz de serlo. Creo que solo con ellos –puesto que no tengo hermanos- puedo compartir unos sentimientos y entender que éstos son recíprocos. Ellos pasaron y pasan lo mismo que yo. No somos sordos ni tampoco oyentes del todo. Somos CODA’s.

Supongo que empezaste a signar desde bien pequeña para comunicarte con tus padres. ¿A qué edad? ¿Fue sobre la marcha o ibas a cursos para aprender la lengua de signos?

Nunca empecé en el sentido de buscar un inicio. Mis padres no quisieron enseñarme la lengua de signos, porque temían que, por utilizar las manos, me olvidase de las palabras. Soy hija única y no había más oyentes en casa que pudieran haberles convencido de que eso no era así.

Entonces… ¿cómo ha sido la comunicación con tus padres desde que eras pequeña? Y tu educación, ¿oralista o bilingüe?

Totalmente oralista. Lo que pasa que a mí siempre me ha gustado la lengua de signos y les copiaba cuando hablaban entre sí. Antes, algunos signos eran muy diferentes a los de ahora. A veces cuando hablo con algún sordo me dice que signo “antiguo”, ¡jajajaja!

¿Usaban dispositivos, tus padres, para poder “oírte”?

No, tanto mi padre como mi madre perdieron la audición al completo por culpa de una meningitis cuando eran aún niños. Mi madre solo recuerda, y de forma muy, muy vaga, algún sonido, como por ejemplo el chirrido de un tren.

¿Había mucho silencio en tu casa? ¿Cómo lo llevabas?

No recuerdo esa sensación de silencio, porque la televisión, el tocadiscos o el «radio-casette» siempre funcionaban a todo volumen en mi casa. Tengo que confesarte que de pequeña mi sueño era ser cantante y me pasaba horas cantando en mi habitación. Es más, a veces llamaba a mis padres para que escucharan canciones que acababa de componer. Imagínate qué locura por mi parte. Era pequeña entonces.

Entonces, tus padres, tenían en cuenta, cuando eras pequeña, el volumen de la televisión, quizá el hecho de ponerte música…

Pues la verdad nunca me he parado a pensar sobre ello. Pero si es verdad que, si me iba a dormir, ellos apagaban el sonido de la televisión para que durmiera sin ruidos. En cuanto a la música, en eso si que tenía ventaja sobre mis amigos porque nunca me regañaban si la ponía demasiado fuerte en casa.

Y en reuniones familiares, ¿cómo era la comunicación con el resto de los miembros?

Toda la familia (oyente) vocalizaba o intentaba utilizar las manos cuando hablaban con mis padres. Son situaciones que al final no resultan extrañas sino que forman parte de tu día a día. A diferencia de las casas de mis amigos, eso no ocurría: allí todos se comunicaban sin utilizar las manos.

¿Qué ha supuesto para ti tener padres sordos? ¿Has tenido sentimientos encontrados?

La verdad es que uno crece habituándose a su situación. En mi casa la sordera nunca fue un «hándicap» o un tabú. Para mí era algo inherente a mí, eso no quiere decir que esa realidad no me creara un sentimiento diferencial con respecto a mis amigos, pero nunca me ha causado complicaciones ni perjuicios. Ni en la práctica ni en todo el mapa de mis sentimientos. Mis amigos sabían que en casa se encendía la luz si llamaba alguien a la puerta, que había que vocalizar despacio para que mis padres les entendieran, que había que tocarles sobre el hombro para llamar su atención. Era diferente, claro, pero no por ello amargo. Tuve una infancia muy feliz.

De mayor, ¿has tenido que hacer de intérprete para tus padres, por ejemplo en el médico, reuniones varias…?

La verdad es que sí. Siempre he tenido que acompañarles a esos lugares que mencionas. He sido su voz y sus oídos y lo seguiré siendo. Supongo que, por eso, se me da muy bien la traducción. Soy traductora de varios idiomas.

¿Crees que te ha faltado algo en tu desarrollo por el mero hecho de que tus padres sean sordos?

Lo único que si he echado en falta es llamarles por teléfono como hacían mis amigos. Yo tenía que comunicarme con una vecina para que ella hiciese de intermediaria cuando había algo urgente que decirles o cuando estaba de viaje. Ahora con los «Whatsapp» es mucho más fácil, pero eso antes no existía.

Y luego otra cosa que igual resulta una tontería, pero que a mí me hubiera gustado mucho: poder compartir con ellos algunas canciones o cantar a dúo como hago con mis hijos.

¿Crees que una buena educación en casa depende de tener unos padres sordos o oyentes?

Para nada. Mis padres siempre me ayudaron con los deberes (me dictaban o yo les decía las lecciones). Una buena educación depende de muchos factores, como la inteligencia, la cultura o el respeto, y aquí, oír o no oír, no tiene peso ninguno.

¿Ha supuesto un problema poder disfrutar de actividades de ocio con tus padres?

No, claro que no. Hacíamos lo mismo que todo el mundo: viajar, excursiones, cine, etc.

¿Crees que tu vida habría sido diferente si tus padres no fueran sordos?

Excepto en lo de cantar juntos, no creo que hubiera sido diferente.

Y ahora…, ¿cómo es la relación con tus padres?

Mi padre falleció hace años. Era un hombre muy, muy divertido y nos hacía reír mucho en casa. Hace poco descubrimos que mi padre fue uno de los primeros sordos que publicó una novela corta: «Incomprensión». No lo supimos hasta hace muy poco y fue un hallazgo muy emotivo que me llena de gran honor. Próximamente se le hará un homenaje póstumo.

Mi madre forma parte de mi vida. No la entendería sin ella. Cada día hablamos.

¿Crees que la comunicación entre sordos y oyentes es óptima?

No. Creo que la comunicación entre ambos no suele ser óptima, más bien todo lo contrario. Por eso, siempre abogo en mis presentaciones que hay que tender puentes entre la comunidad sorda y oyente. En los sitios públicos debería de haber intérpretes, para que los sordos no necesitaran de un familiar para acompañarles al banco o al médico.

En mi libro “La Palabra en la Mano” inicio los capítulos con la descripción de como signar una palabra. Muchos oyentes se han sorprendido por ello porque nunca se habían acercado a la lengua de signos. Sé que no es mucho, pero al menos es mi granito de arena para mejorar la comunicación entre ambos.

¿Qué echas de menos en las relaciones entre personas sordas y oyentes que consideres fundamental?

Más empatía y más comprensión cuando a veces al sordo le cuesta entender a un oyente a la primera. Además, muchos oyentes no saben –o al menos no se dan cuenta- que, vocalizando, mirando directamente a la cara o utilizando algunos gestos, la comunicación puede ser más fluida.

La sordera es una discapacidad que no se ve y cuesta mucho esfuerzo concienciar sobre ello.

¿Qué dirías a otras familias que viven una situación semejante a la tuya?

En mis presentaciones por toda España del libro “La Palabra en la Mano” muchas veces algunos sordos me expresan su admiración hacia mi labor para promocionar la lengua de signos y la dedicación por hablar sobre la discapacidad auditiva. Me contaban que algunos hijos se avergonzaban de tener unos padres sordos o que los mandaban callar en lugares públicos. Eso siempre me ha entristecido mucho y me cuesta comprender esta actitud.

Por último, tu novela “La Palabra en la Mano” habla sobre una mujer que pierde la audición. ¿Estás teniendo éxito?

Sí, habla de eso. También sobre el amor y el desamor, de los miedos y de las relaciones. Estoy muy feliz, pero sobre todo agradecida a todos los lectores por la aceptación de la novela. Ya vamos por la segunda edición y probablemente iremos a una tercera. Me han invitado desde muchísimos sitios para presentarla y sólo puedo dar gracias por ello.

¿Sigues escribiendo?

Sí. Ahora se acaba de publicar el tercer libro de la trilogía de «Mejor no te cuento» y también «Lacras» que habla sobre las lacras sociales. También estoy acabando el borrador de mi segunda novela.

 

Que interesantes títulos, Marimén… tengo muchas ganas de leer tus libros y recomendarlos a mis lectores. Te deseo que sigas teniendo éxitos y que escribas con tanta pasión. Muchas gracias por tus respuestas, Marimen, ¡de corazón!

 

¿Qué os ha parecido? Espero que os haya resultado tan interesante como a mi, conocerla más. Si queréis visitar su web, es www.marimenayuso.com, veréis los libros que ha publicado; sus «posts», como «Yo, CODA»; sus múltiples entrevistas, por ejemplo a personas sordas escritoras y demás; su trayectoria de éxito… No dejéis de leerla, yo lo haré. Necesitamos más mujeres como ella que nos ayuden a visibilizar nuestra causa.

¡Por más mujeres como ella que defienden la igualdad entre sordos y oyentes!

¡Ah! Y si tenéis la suerte de pasear por Barcelona hoy, día de Sant Jordi, podréis conocerla, ya que estará firmando sus libros. Así que… ¡esta va por ti, Marimén!

¡Abrazos a todos!

Sorda e invisible, sola. Segunda parte

¡Hola a todos!

Como comentaba en la entrada anterior, voy a hablar sobre lo que es sentirse invisible rodeada de gente, pero esta vez desde mi punto de vista, desde mi experiencia. Por desgracia es un sentimiento que se da más a menudo del que me (nos) gustaría. A nadie le gusta sentirse invisible.

El otro día se lo comentaba a una amiga, que en cuanto aparecen personas en alguna reunión social -y cuantas más van apareciendo-, más invisible me torno o me siento. Personas oyentes me refiero, claro, ya que eso no me pasa (o no me siento así) cuando estoy con personas sordas.  ¿Por qué? Pues porque gran parte de los oyentes no suelen acordarse de que no oigo bien y ello hace que me resulte muy complicado (¿imposible?) integrarme en la conversación si alguien no me ayuda o no vocalizan expresamente para mí. A veces no te sale pedir ayuda, pedir que vocalicen, por favor. No quieres, te cansas. Porque para nosotros es 24h al día, todos los días. El poema del pájaro soñador trata un poco de esto, de estos momentos en que «ahora sí, ahora no» te enteras y dependes de los demás.

A lo que iba: sentirse invisible. Sentirse invisible muchas veces equivale a sentirse sola. Sí, porque si nadie te ve, por más rodeada de gente que estés, te sientes sola. Batiburrillo constante, palabras sueltas, risas, exclamaciones inesperadas. Silencios cortos. Dentro, pero, silencios semipermanentes que no sabes como romper. Y de repente alguien lo rompe diciéndote algo y regresas de tanta inconexión. Pero apuesto a que, al poco rato, la inconexión vuelve como por inercia. El batiburrillo. Tengo que decir que el grado de soledad puede depender del grado de familiaridad que tienes con la gente con la que estás, pero a veces, solo depende de tus ganas de esforzarte. Yo por lo menos, a veces no necesito enterarme de las cosas para sentirme a gusto. El problema es, cuando quieres, y no puedes. Ese es justo el problema, y que nadie sepa verlo y rescatarte de la inconexión odiosa. Supongo que a veces, ese es uno de los motivos que hacen que necesite irme y llorar, pero desconsoladamente. Después disimular y poner buena cara. Parece que no nos queda otra.

Para evitar estas cosas y no llegar a la desesperación, digamos, prevenir como me sentiré en función del lugar al que vaya y con cuantas personas, hace que hable primero con una de las personas con las que estaré para pedirle que me ayude o que me vaya explicando las cosas sobre la marcha. Este recurso me da cierta seguridad y me permite sortear los malos pensamientos que tengan que ver con la soledad que os contaba. Porque tampoco es plan de estar con gente que quieres y tengas que sentirte así.

Lo que da más rabia es que solo con «un poco» de vocalización se solucionaría gran parte del problema. Partiendo del hecho de que, siendo usuaria de audífonos, los cuales me amplifican el sonido que recibo, no son milagrosos, no pretendo enterarme de todo ni mucho menos (tampoco podría, leyendo los labios de todo el mundo), solo no perder demasiado el hilo y tener la oportunidad de intervenir de vez en cuando. Pero no con una frase de 5, 6 palabras y ya está, sino intervenir de verdad, es decir, que la comunicación se sostenga por un tiempo de manera bidireccional. Dejarnos que nuestro papel, nuestra personalidad, fluya. Como todos, vamos. Sin arrancarlo. Que a veces parece que estemos pidiendo más de lo que tienen los demás, y no. Solo necesitamos un poco de empatía. Integrarnos. Mejor dicho, que nos permitan integrarnos, que nos ayuden a integrarnos. La ansiada integración social…

Termino esta entrada agradeciendo a todas aquellas personas que hacen esta integración social posible, que han sido muchas, y que mitigan la soledad y la invisibilidad que podamos sentir, hasta el punto que, sin querer o queriendo, la aplacan. Yo también lo haría. Sois maravillosos.

¡Gracias!

¡Abrazos a todos!

El sordo invisible Primera parte

¡Hola a todos!

Algunas veces me he encontrado alguna situación que me ha resultado muy vergonzante por parte de personas que, aun siendo familia incluso, tratan a sus semejantes de manera condescendiente, pero, en este caso, dando un paso más allá: cuando realmente hacen como si esta persona sorda fuera invisible, directamente. Y siéndolo yo, imaginaros lo que siento.

La imagen que acompaña esta entrada describe un sujeto que parece no ser visible, al menos no del todo, pero que sin embargo, saluda para reivindicar su presencia y su lugar: «Hola, estoy aquí, gracias». Triste, ¿verdad?

Eso fue un día que me encontré a un conocido sordo en un parque, con su madre. Después de saludarnos, hablamos un poco de como nos iba la vida a mi colega y a mí, pero rápidamente caí en la cuenta de que la madre hablaba casi todo el rato en nombre de su hijo, quien, probablemente, también se daría cuenta. Tengo que decir que mi colega se expresa fluidamente pero quizá no con la rapidez con la que acostumbran los oyentes o incluso algunos sordos oralistas como yo. Aun así, la madre parecía tener muchas ganas de hacer de menos a su hijo mientras, de pasada, me hacía de más a mí. Era desagradable, y, evidentemente defendí a mi colega, diciendo cosas como que cada persona es un mundo, que no hay que comparar, que el apoyo de la familia es fundamental -resaltando esto último, en vista a lo que estaba presenciando-, que también es increíble lo que está consiguiendo esta persona, cosas que, de corazón, admiro y por ello remarcaba,… ¿Entendéis a lo que me refiero? Que tu propia madre venda esta imagen de ti… lo siento pero creo que no procede. ¡Ni que se avergonzara realmente de su hijo! Más debería el hijo de la madre…

Una vez en casa, escribí a mi colega para saber si estaba bien, le comenté mis impresiones, y me dijo que estaba acostumbrado. Ello me caló hondo y me pareció tan injusto… le insté a que no lo permitera, que tal vez algun día puede acabar creyéndose que no vale si sigue cediendo o consintiendo que lo traten así. Intenté animarlo como pude para que jamás crea que es «inferior» a mí (sí, inferior, si no lo dijo explícitamente, implícitamente estaba en dos de cada tres frases que decía la madre). En definitiva, solo quería asegurarme de que, independientemente de las razones que pudiera tener su madre, mi comportamiento no le hubiera hecho daño de alguna forma u otra aunque fuera sin querer o de manera inconsciente.

Con todo esto, también quiero decir que estoy segura de que esta madre no tiene ni idea del efecto que puede estar causando esta actitud en su hijo. La ignorancia que todo lo permite. Tal vez mi colega piense, a fuerza de ver esta imagen que tienen de él, que no se ha esforzado lo suficiente, que no estan orgullosos de él, que «mira ella lo bien que habla, y tu que no te enteras de nada» y cosas por el estilo que me chocaban a cada cual más.

Después de despedirme de ellos y no sin escatimar en toda clase de elogios para mi colega por mi parte, y aunque fuera por llevarle la contraria a su madre, comenté esta situación con la persona que me acompañaba, quien también se dio cuenta y sabía de lo que le estaba hablando.

Con esta historia me gustaría exhortar a que, cuando estemos con una persona sorda, no hagamos como si ésta fuera invisible, que no digamos (y menos delante de ella), que pobrecita, que no se qué. Otro día hablaré de situaciones personales relacionadas con esto. Como he dicho en otras entradas, no somos pobrecitos, solo tenemos algunas dificultades -unos más que otros- y, a menudo, éstas pueden tener más que ver con estas actitudes de quienes nos rodean que no con la simple discapacidad, que no nos define.

Y gracias por hacerlo.

¡Un abrazo a todos!