Empatía en la nueva normalidad La sordera y las dichosas mascarillas...

¡Hola a todos!

Esta entrada presumo que será algo diferente. Me gustaría contaros dos situaciones o escenas, como hice con la entrada en la que os hablaba sobre el bilingüismo para que sea más fácil este ejercicio de empatía que os quiero proponer. Creo que de este modo puede ser más instructivo a la par que realista. Pero antes os pongo un poco en contexto: En la nueva normalidad, varias personas conviven en un mismo espacio pero una de ellas tiene especiales dificultades para comprender a los demás, debido a su sordera, ya que todos llevan mascarilla y necesita leer los labios para comunicarse. Esa persona sorda se llamará Adjoa de ahora en adelante.

Escena 1:

Adjoa está haciendo sus cosas. Entra una persona con la mascarilla puesta en el mismo espacio y Adjoa oye que dice algo pero ve que no se dirige a nadie en especial. Los demás parecen responder brevemente, alguno contesta con cierto entusiasmo. Más tarde, vuelve a oír voces, intuye quien habla, mira, y efectivamente algunos mantienen una conversación. A pesar de que llevan puestas las mascarillas, percibe que se trata de algo divertido, pues las risas así lo constatan. Al cabo de un rato, entra otra persona y dice algo, tipo pregunta, a lo que contestan a la vez. Adjoa sigue sin entender nada, ve y oye como los demás hablan y tal pero no puede llegar a adivinar de qué se trata. Sigue haciendo sus cosas. En el fondo se siente un poquito aislada pero piensa que debe de tratarse de cosas sin importancia y que si no se entera tampoco pasa nada. Aunque tiene ganas de que los demás compartan lo que sea que hablan, también con ella. Ser una más.

El tiempo pasa y la situación se repite. Al final, decide hacer algo al respecto, ya que se siente al margen y cuando ve que los demás vuelven a reírse, pregunta. Adjoa tiene necesidad también de socializar, por lo que mantiene una actitud abierta para demostrar que con ella también pueden contar. Cuando le cuentan lo que les hace tanta gracia, no se quitan la mascarilla porque se les olvida, y ella lo recuerda. La persona que le está contando, se baja la mascarilla, por lo que Adjoa se separa un poquito. Otra persona entra en la conversación porque le hace gracia la anécdota, pero Adjoa no la estaba mirando y además, cuando lo hace, comprueba que también tiene la mascarilla puesta por lo que tampoco la entiende. Se gira para seguir atendiendo la anécdota y finalmente, también le hace gracia aunque siente que le falta más información, pues la que tiene considera que no merece tales risas. Su sensación ahora no es tan de vacío, aunque siente que no es la situación ideal.

Escena 2:

Adjoa está haciendo sus cosas. Entra una persona con la mascarilla puesta en el mismo espacio y saluda a todos. Al ver a Adjoa, se aparta la mascarilla para saludarla también, a lo que Adjoa le devuelve el saludo. Los demás parecen responder brevemente, alguno contesta con cierto entusiasmo. Intuye que tendrá que ver con el saludo. Más tarde, vuelve a oír voces, intuye quien habla, mira, y efectivamente están manteniendo una conversación. A pesar de que llevan puestas las mascarillas, percibe que se trata de algo divertido, pues las risas así lo constatan. Una de estas personas, al ver que Adjoa está mirando, decide apartarse la mascarilla y seguir contando después de explicarle de lo que se trata. Al cabo de un rato, entra otra persona y dice algo, tipo pregunta, a lo que contestan a la vez. Adjoa se pierde pero le dicen lo que ha dicho y siguen con la conversación, Adjoa incluída. Adjoa se ríe y se anima, como los demás. Después, sigue con sus cosas. Se siente bien. Es una más.

El tiempo pasa y la situación se repite: oye que alguien está hablando, por lo que enseguida muestra interés y la persona se baja la mascarilla automáticamente para que también pueda entenderle. Es evidente que Adjoa tiene necesidad también de socializar, por lo que mantiene una actitud abierta para demostrar que con ella también pueden contar. Participa en la conversación, pues aunque alguno no se quita la mascarilla por momentos, la sigue lo suficientemente bien como para no sentirse perdida. Al final intuye lo que habrá dicho la otra persona y lo medio pregunta, por lo que comprueba que se trataba de eso y sigue animada. Al darse cuenta la otra persona, se baja la mascarilla y se hace más ameno. Se trata de una anécdota que le hace gracia a Adjoa y se ríe con los demás. Su sensación ahora no es de vacío, siente el apoyo de los demás.

corazon de nube

Bien, no sé si veis las enormes diferencias en ambas escenas, pero estos pequeños gestos de apartarse la mascarilla (y digo mascarilla refiriéndome a las no accesibles para personas sordas) forman parte del ejercicio de empatía que tanto necesitamos quienes precisamos sí o sí la lectura labial.

¿De qué escena te gustaría formar parte?

No querer ayudarnos o no tener consciencia al respecto implica fomentar nuestro aislamiento, lo cual a nivel psicológico no nos ayuda a sobrellevar toda esta situación en la «nueva normalidad». Al final se trata de un sobreesfuerzo, es cierto, pero para nosotros lo es mucho más. Como la sordera es invisible, es una lucha constante, tanto a nivel social como emocional. No es fácil para nosotros, por ello cualquier ayuda es muy bienvenida, porque por «pequeña» que os pueda parecer, para nosotros es todo un mundo. En este nuevo mundo podemos sentirnos bien, reírnos con los demás, formar parte de una conversación, sentirnos seguros de nosotros mismos… En definitiva, no sentirnos excluidos. O no tanto.

Necesitamos vuestro apoyo y comprensión. Gracias a los que ya nos apoyáis como podéis y/o sabéis, ojalá todos fueran como vosotros, desde luego, así, el mundo sería un lugar mejor, más empático.

«Hoy por ti y mañana por mí».

Mil gracias.

 

¿Por qué a nosotros? ¿Qué hacer si tu hijo o hija tiene discapacidad auditiva?

burbujas

He escogido esta imagen porque aunque parezca que el sepia sea un color que inspira pasado, lo importante es captar los colores de las burbujas que sopla la madre pero cogiendo la mano del niño. La mirada del niño está puesta en las burbujas, y el color representaría la ilusión con la que las mira a través. El futuro.

Con esta descripción particular y personal de la foto escogida como representación de esta entrada, quise hacer un guiño a las madres, padres, tutores y/o familiares, amigos, conocidos, etc., de un niño o niña con discapacidad auditiva para darles sosiego en su primer impacto al enterarse de la noticia: «no puede oír», «tiene secuelas auditivas», «se ha quedado sordo/a», «no reacciona a los sonidos»… En definitiva, que será diferente. Porque esto es lo que pasa al final, que esta persona será diferente. Ojo, no es nada malo ser diferente, ser diferente significa no ser igual. Por lo tanto, si no eres como los demás, eres diferente. En realidad todos somos diferentes, así que… ¿verdad que cada vez cobra menos importancia el ser diferente en función de como lo mires? De eso se trata o al menos es lo que me gustaría conseguir transmitir con esta entrada: no tener miedo y afrontar la vida lo mejor posible tal y como venga.

Bien, como os decía, es muy probable que, tras una noticia de este estilo, se tengan sentimientos encontrados y no se sepa como actuar, qué siguientes pasos tomar… incluso preguntarse «¿por qué a nosotros?». Es normal, pero no hay que sentirse culpables ni buscarlos, consejo de mi madre: «no hay que desesperar, calma», es la incertidumbre, es salir de la zona de confort, miedo a lo desconocido. A veces nos podemos dejar influenciar por rumores, experiencias de otras personas o vete a saber. Lo primordial es aceptar la nueva situación para poder dar el siguiente paso: actuar. Al hilo de lo que comentaba antes sobre la diferencia, la cuestión es que, precisamente como todos somos diferentes, es probable que se necesiten consejos para tomar un tipo de decisión u otra, pero hay que hacerlo siempre desde la perspectiva de la calidad de vida de vida del otro, comprenderlo (la empatía es importante aquí para poder, con el tiempo, detectar sus necesidades) y pensar en lo mejor para la persona a juzgar por las expectativas de los más entendidos en la materia. Pero aquí viene lo difícil, ¿verdad?: ¿qué es lo mejor?, ¿qué es peor?, ¿cómo sabemos si…? Sí, es difícil. Si pudiéramos ver en una máquina del tiempo como sería el futuro si hubiéramos actuado de tal manera en lugar de otra, es posible que cambiáramos decisiones. Pero como no se puede hacer, tenemos que guiarnos por el instinto, por los profesionales, por el corazón, por como estamos viendo al otro, por la opinión del otro si tiene criterio…

Por mi parte, os puedo decir que el secreto es informarse (cuanto más, mejor, pero siempre contrastando en la medida de lo posible), trabajo constante, cariño y acompañamiento, no estar solo. Trabajar, ser constante, repito. Así podemos esperar resultados, trabajando con constancia y con profesionales experimentados. Insisto, hablo por mí y basándome en mi propia experiencia, por lo que es posible que mi forma de ver el asunto no coincida con el de otras personas que hayan vivido circunstancias similares, aunque la verdad es que solemos coincidir quienes hemos vivido estas experiencias en que el esfuerzo y el trabajo constante es lo que marcará la diferencia.

Lo primero que habría que hacer tras saber que una persona no va a oír o no va a oír bien, es ponerse en marcha, empezar a ver opciones, a contactar con especialistas, otros padres y madres en situaciones similares si es posible, con asociaciones, etc., para ver qué opciones hay disponibles, los pros, los contras de los posibles recursos… (¡que hoy en día hay más que nunca, además, tenemos suerte!). Con esto me refiero a: hacer pruebas, conocer la realidad a nivel fisiológico (tipo y grado de pérdida), investigar posibles soluciones protésicas eficaces si hubiera restos auditivos, preguntar mucho y cuestionarse mucho y, cuando sea posible, decidir. La atención temprana es decisiva para dar respuesta a las necesidades que tengan que ver con el desarrollo. La decisión o opción escogida ante la situación probablemente marcará para siempre el futuro de esta persona cuando seguramente todavía ni tendrá la capacidad para razonar debido a la corta edad, por lo que es muy importante haberlo sopesado y meditado bien.

Y a partir de aquí, como os decía, trabajar con ejercicios, con imaginación, con juegos… ejercitar el sentido y la mente. Que no falte el cariño, los ambientes estables, tranquilos… El aprendizaje está estrechamente unido a las emociones, y si éstas son positivas, más lo será el aprendizaje. Es un punto importante porque, junto con la motivación, las emociones juegan un papel principal a la hora de entender, comunicar o razonar, comprender, atender, memorizar… Todos son procesos básicos que intervienen en el aprendizaje y que hay que reforzar a menudo cuando hay que dar un apoyo complementario a personas cuyo desarrollo se puede ver perjudicado por la falta de información accesible. Tener esto en cuenta y que cada persona tiene sus necesidades particulares, nos ayudará a minimizar todo lo posible las diferencias en el desarrollo de las capacidades cognitivas y que luego sentarán las bases para las competencias personales, sociales… necesarias para interactuar con los demás y forjar la propia identidad.

La idea es transmitir calma, que el aprendizaje sea enriquecedor y satisfactorio fomentando la predisposición para que así sea. No olvidar que son niñ@s y respetar sus tiempos. Ya dicen que las prisas son malas consejeras, pues en este contexto, lo son. A mí me ha funcionado… pero ha sido gracias a los que han participado en todo este proceso cuando era pequeña y también ahora de mayor, porque es un camino de largo recorrido…

agradecida

Y cuando digo esto pienso en mi madre y en mi padre, que SIEMPRE han estado ahí incondicionalmente para lo que hiciera falta, con infinita paciencia y amor, y siguen estando… Gràcies als dos.. Adornos navideños para el árbol con forma de corazón | Plantilla ...

Las mascarillas

mascarilla sordos

Siempre intento que la imagen que asocio a la entrada tenga que ver directamente con lo que quiero expresar o reivindicar. Esta vez y teniendo en cuenta el contexto que estamos viviendo, va sobre accesibilidad.

Al comienzo de lo que venía siendo la epidemia, antes de declararse pandemia, ya se veían personas de otros países (todos sabemos cual fue el primero) con mascarillas por las calles. Para entonces el hecho de imaginar que aquí pasaría lo mismo, quedaba muy lejos.

Hoy en día, en plena pandemia mundial cualquier tipo de protección parece poca, y si no veáse como van de protegidos (o deberían) el personal sanitario ante la exposición del coronavirus Covid-19 que tan en vilo nos tiene a todos y además confinados en nuestras casas.

El confinamiento al que nos obliga el estado de alarma debido a la emergencia sanitaria de nuestro país (al igual que muchos otros), lleva intrínseco un aislamiento -en las personas sordas especialmente- añadido como es la falta de accesibilidad a la hora de poder comunicarnos cuando salimos de nuestras casas con las personas que llevan mascarilla.

Hace dos días me pasó: tuve que salir de casa para ir a la farmacia y el farmacéutico, que ya me va conociendo aunque tenga que recordarle cada vez que me vocalice porque tengo que leerle los labios, llevaba la mascarilla puesta. Después de saludar y enseñarle mi receta médica para que me la dispensara, le dije que necesitaba leerle los labios ya que soy sorda. Asintió, pero siguió hablando. Como me era imposible entenderle, le volví a repetir que si no le veía la boca no le podía entender porque tenía que leerle los labios. Noté que se ponía algo nervioso y se apartó la mascarilla para hablarme. Luego se la volvió a poner. Me volvió a hablar, sin quitársela y le repetí lo mismo. Volvió a quitársela. Mientras tanto, yo pensaba que por que no se la dejaba apartada si ya estaba a más de metro y medio de distancia, siguiendo los protocolos de prevención y que además recordaban en el mostrador. Cada vez que se quitaba la mascarilla, sus dedos quedaban a un centímetro de la boca, por lo que el vapor de agua al hablar quedaba en sus dedos y después (aún llevando guantes) tocaba mi receta, mis pastillas. Y así todo el rato. No le dije nada porque ya veía que la situación le superaba un poco pero me parecía un poco absurdo. Al final conseguimos entendernos pero me fui reflexionando que los que trabajan de cara al público deberían de contemplar la posibilidad de hacerse con mascarillas que lleven un plástico a la altura de la boca para ser accesibles a personas con discapacidad auditiva. Porque se supone que la accesibilidad es un derecho y está recogido en las leyes.

Esta situación se agrava bastante si una persona sorda contrae el virus y necesita ir al hospital para tratarse. ¿Os podéis imaginar el estrés ya no solo por la propia situación sino acrecentada ésta por el hecho de no entender al personal sanitario de turno? Las preguntas que te hacen, las indicaciones… no quiero ni imaginármelo. Supongo que habría que recurrir al papel escrito… o a una transcripción del audio con alguna aplicación móvil.

Igualmente los policías si te paran para preguntarte… En fin, es más estresante para nosotr@s. Está claro que es una situación nueva para todos pero para algunas personas conlleva sumar dificultades.

Además, ahora parece que podría ser obligatorio llevar mascarillas para todo aquel que salga a la calle. A las personas sordas nos parece muy bien como medida preventiva para no contagiar a más personas pero no podemos evitar, a su vez, sentirnos excluidos. Solo me queda decir que pase todo esto rápido y podamos volver lo más pronto posible a la normalidad, que esta situación no es cómoda para ninguno.

Quiero recordar y reivindicar que la accesibilidad es un derecho y una obligación, que necesitamos informar más si es necesario, conscienciar más si cabe. Las mascarillas o dispositivos de protección pensadas para atender personas sordas existen y por ello hay que darles uso cuando sea necesario y siempre que sea posible. Su finalidad es ser accesibles, repito. Me entristece pensar que en pleno siglo XXI tengamos que vivir este tipo de situaciones y no se acuerden de nosotros como colectivo especialmente vulnerable en situaciones de emergencia. Que tenga que ser un factor de suerte, de buena disposición o voluntad del profesional en el sentido de que quiera o no quitarse la máscara no es justo.

Supongo que nos queda un camino demasiado largo por recorrer. Pero ahí queda dicho.

Muchas gracias por vuestra comprensión y mucha salud a tod@s.

Ser, oír, sentir… Esencias

Ladridos de perros alterados porque alguien habrá pasado cerca de sus casas, globos llenos de agua explotando en una guerra de agua infantil, motores de coches rugiendo tras ponerse el semáforo en verde, risas enlatadas y repentinas en reuniones de gente y entre el tumulto, sirenas de ambulancias y de policías que se apresuran por llegar lo más pronto posible a sus destinos, melodías de teléfonos que siguen insistiendo porque nadie atiende la llamada, el niño que llora incansablemente porque la madre está mirando el móvil, la intensidad de la lluvia que salpica y repica con fiereza… Todas esas pueden ser cosas ajenas a una persona que no oye nada, cosas que tal vez una persona sorda sería incapaz de percatarse si no tiene restos auditivos o una extensión de sí misma en forma de tecnología para amplificar el sonido de ahí fuera.

Estrellas fugaces inesperadas que se iluminan en lo alto del cielo y en noche cerrada, hojas secas que se desprenden de los árboles en pleno otoño y que siguen una trayectoria caprichosa hasta caer definitivamente al suelo, el inseguro que necesita llamar la atención constantemente para que los demás le rían las gracias, sonrisas fingidas de esas falsas que duran unos segundos y que luego se tornan labios serios o tristes, el interés de alguien que se preocupa por tu bienestar y que se siente satisfecho al ver que lo has entendido y comprendido, el niño que ofrece su paraguas a un gato callejero porque éste se está mojando, el suspiro y expresión de alivio de aquellos que por fin han conseguido sus propósitos, soplar con inspiración a un diente de león soltando nuestra fe al universo para que se cumplan nuestros últimos deseos… Estas son cosas que nada tienen que ver con oír, sino con la belleza que nos regala el sentir. Sentimientos relacionados con la quietud, la reflexión, la fortuna, la observación.

Muchas veces las personas dicen: «Qué pena que no oye», «pobrecito, es sordo», «es una lástima que no pueda escuchar el canto de los pájaros», enfocándolo siempre desde la falta y no desde la aceptación, que no resignación; cuando simplemente es otra condición, una diferencia que no tiene por qué restar. Es por eso que pienso que no, que lo que da pena realmente no es el «no poder» oír, sino el vivir en un mundo en el que, aún teniendo la «capacidad» de oír el piar de los pájaros, de hablar por teléfono, de trabajar y reír a la vez porque estás escuchando (chafardeando) la conversación de los compañeros de trabajo; que, al parecer, no exista esa necesidad interna e imperante de ayudar al otro o facilitarle la vida en lo posible, esa introspección necesaria que empuja obligatoriamente a valorar lo que se tiene, que siempre es mucho. Vivir el presente con nuestras circunstancias particulares teniendo en cuenta las necesidades de los demás: de nuestros amigos, de nuestros compañeros, de nuestra familia e incluso de los desconocidos; es lo que nos enriquece realmente a todos, es lo que nos convierte en quienes «somos» sin dar cuenta del si «tenemos» o no. Cuidar de los otros también proviene de un sentimiento. Así que, para mí, es mucho más importante el sentir que no el oír. Además, hay cosas que se pueden «oír» a través de la piel, del tacto. Considero esto una «superCapacidad» que no todos poseen, a decir verdad. Cambia la mirada al respecto, ¿como decirlo…?, ese percibir se convierte en un poder. Y aporta mucho más a nivel interior, es lo que al final, te llena por dentro, el como es la gente, como transmite las cosas, como te sientes por ello…

Porque lo que somos y lo que sentimos nos convierte en el resultado de aquello que desprendemos desde bien adentro, que nos hace únicos y que define lo mejor y/o lo peor de nosotros mismos: nuestra esencia, lo que nos apaga o lo que nos hace brillar.

Así que… creo que no somos lo que tenemos, en tal caso podríamos no ser nada de un día para otro. En definitiva, hay cosas que aunque se puedan oír, solo merecen la pena si las puedes sentir.

Nuevo equipo: ell@s, mágic@s

Equipo

Esta entrada va por la gente tan bonita que estoy conociendo. A este equipo nuevo que hemos formado con ganas de entablar amistad de la buena y confidencias, confidencias de cosas que a otros no les contarías porque no cualquiera te entiende como ellos. De las varias definiciones de equipo que se pueden encontrar por la red y que pueden ayudar a definir lo que siento por haberlos conocido, me quedo con la que hace hincapié en que un equipo es aquel formado por varias personas con una meta a seguir, un objetivo en común. Es realmente mágico.

Tener un mal día porque estás harta de leer los labios a todas horas cuando encima ello no supone necesariamente entender. Tener que repetir a la misma gente que te vocalicen; que no, que no hablas por teléfono; que por favor, vocalicen; que no hablen todos a la vez que no oyes bien y encima tratas de leer unos labios que apenas se mueven pero que a la vez se mueven muy rápido; que por favor hablen más despacio; que vocalicen; ¡que vocalicen!… Solo me falta decir que me respeten de una vez, ya que por sí mismos no son capaces de ponerse en mi lugar. De verdad, llega un punto que te sientes como humillada como persona. Y… ellos, mi «team», me entienden perfectamente, también les pasa. Clavadito. No sentirte la única que vives eso supone cierto alivio, y en este caso no estaría de acuerdo en el dicho: «Mal de muchos, consuelo de tontos», porque este consuelo de «tontos», precisamente nos insufla fortaleza para seguir y hacerlo con la cabeza bien alta. Porque no tenemos que agachar la cabeza cuando nos sintamos así. Fácil decirlo, pero con un equipo así, más fácil de conseguir.

Hace unas semanas recibí un correo electrónico que me impactó. De una mujer -una doctora- que me escribió desde el otro lado del océano y que tiene sordera como yo. La impotencia al leerla fue la misma que debió sentir ella al escribir sus líneas. Es la impotencia de tener que esforzarnos el triple para llegar donde queremos, donde merecemos. Me dijo que no sabía ni porqué me escribía. Desahogo, sin más. Me doy cuenta de que posiblemente sea la voz de muchos, que mis (nuestros) sentimientos son mucho más comunes de lo que creía, son compartidos, afloran desde lo más hondo, donde más nos duele.

Por eso, al hallar personas como yo, sordos oralistas, agradezco este cambio de aires, pienso que tal vez «todo pasa por algo», como si de todo ello y obligatoriamente, deba surgir un aprendizaje nuevo que todavía está en ciernes. Que las vicisitudes de la vida te ponen constantemente a prueba, es cierto; pero, paradójicamente, esta vida tan caprichosa, también trae personitas maravillosas capaces de hacer que aquello -al parecer- imposible de resolver, pierda importancia. Porque con ellos, con la unidad, nos crecemos por dentro y nos hacemos más fuertes. Esto es un buen equipo, el que juega siempre a ganar. Ganar las pequeñas y grandes luchas internas -y externas, de algún modo, también; y sino, tiempo al tiempo- que tenemos con nosotros mismos cuando algo no nos encaja como quisiéramos.

Se trata de que las incongruencias y sinsentidos (incluso la mala educación, sinceramente) de algunas personas que te vocalizan solo cuando les da la gana, o que se ponen a hablarte con las manos de repente (WTF?) -no en lengua de signos, ojo, sino haciendo «gestos» sin más-, pierdan importancia, pasen a un segundo plano, ese plano donde tienen que estar las cosas que realmente no merecen la pena. Como estas personas, y así lo digo. Con el tiempo vas viendo y analizando formas de comportarse contigo y sacas conclusiones: no llegan a más, sintiéndolo mucho. Incluso las compadeces por su ignorancia.

Estas personas a veces (cada vez menos) parecen manejar mi estado de ánimo a voluntad, y no debo (debemos) permitirlo, mucho menos desanimarme (desanimarnos) en lo que queda de día. Aunque a veces casi lo consigan y otras lo hayan conseguido, debemos sacar fuerzas de flaqueza. Siempre. Por eso, insisto, tener con quien desahogarse, es mágico, la fortaleza llega sola.

Esta es nuestra lucha, y el objetivo en común, lograr la empatía de la que alardean muchos pero que a la hora de la verdad, pocos demuestran. La sordera es una discapacidad invisible, sí, pero nosotros no lo somos ni lo queremos ser. Esta empatía tan necesaria hoy en día, arroja luz a la oscuridad, permite que todos nos sintamos integrados, a gusto con nosotros mismos y con los demás.

Mientras tanto, quiero disfrutar lo más que pueda del camino, de mi equipo, cuidarlo como me cuidan a mí y sobretodo, seguir haciendo piña. De verdad, SOIS MÁGICOS. Vosotros sabéis quienes sois. Unos soñadores que, como yo, hacéis que la vida sea mucho más bonita, accesible y plena. Llena de ideas, de inconformismos, de ideales, de lucha. Que lo importante no se quede en lo superficial ni la hipocresía se torne normalidad, por favor. Hay que seguir reivindicando, cogiendo fuerzas, todavía nos queda un buen trecho. Con un buen equipo es posible cambiar el mundo. Y para eso estamos. Gracias.

¡Un abrazo de los grandes, queridos!

El agua y los audífonos

¡Hola a todos!

Quiero hablaros de la relación que tengo con el agua, así en general. ¿A qué me refiero? Pues a los deportes que implican la presencia de agua, a ir a la playa, a la piscina, en barco, a hacer actividades al aire libre donde puede haber agua, a la lluvia, al deporte en sí mismo… ¿Por qué? Porque al llevar audífonos, siempre temo que les pase algo.

Como cualquier dispositivo electrónico, los audífonos no se pueden mojar, como os podréis imaginar. Es verdad que hay audífonos que se pueden mojar, casi impermeables, pero los míos no lo son, así que el agua, lejos.

Desde pequeña, he hecho todo tipo de deportes, desde tenis, pasando por patinaje, hasta atletismo, y en la mayoría de ellos, se suda. A menudo he tenido que quitar los restos de humedad que se acumulan en los moldes, ya que hacen que me cueste mas oír (se crea cierta resistencia), aparte de lo perjudicial que pueden resultar las gotitas de humedad (sudor) si éstas entran en contacto con el circuito electrónico. Alguna vez me ha pasado, y se oyen como interferencias, son molestas. Existen deshumidificadores que sirven para eliminar estos restos de humedad. Van bien, digamos que alargan la vida de los audífonos al mantenerlos secos.

Cuando voy a la playa o a la piscina, a veces decido no llevar los audífonos puestos, ya que la bromita de que los amigos te mojen me puede costar muy cara. Aparte de eso, que es más típico cuando eres más pequeña, dejar los audífonos guardados en la bolsa o la mochila me crea cierto temor por si se mojan, me entra arena, me los roban, les dan un golpe sin querer o lo que sea. Teniendo en cuenta que los uso cada día y que son tan importantes para mí, cualquier mero accidente podría ser fatal. Algunos diréis, y si vas sin audífonos, igualmente para bañarte te los tienes que quitar. Sí. Después tengo que esperar a que se me sequen los oídos para ponérmelos de nuevo. La sensación de ponértelos estando los oídos húmedos es francamente rara. Es como si estuvieras debajo del mar, como un «glu glu», ¡jaja! Alguna vez me los dejo puestos si estoy por la orilla, pero como alguien me moje… la liamos parda… ¡jajaja! (Me río ahora, pero gracia ninguna… jajaja)

Cuando hago deporte… quitando el tema de la humedad que he comentado, por la acumulación de sudor que se desplaza por detrás de las orejas (mal sitio, sí), también hay que considerar la posibilidad de recibir un golpe. Me muero si por ello se me rompe un audífono o se me cae. Pero dejando de lado lo que pudiera pasar, que tampoco son cosas muy probables (si lo fueran, pues no practicaría este deporte, se sobreentiende), no me gustan mucho los deportes de agua. Esto de ir sin audífonos no me atrae mucho, a no ser que esté con personas sordas y nos comuniquemos en lengua de signos. Echando la vista atrás, cuando era pequeña y hacía todo con personas que oyen, siempre tienes la inseguridad de si te están llamando y no lo oyes, de si te tienen que avisar de algo y no lo oyes, o cualquier cosa. Recuerdo que hacer natación me gustaba, pero a la vez no. Y es por eso, supongo que es muy natural. Con el tiempo lo vas normalizando y con los amigos lo pasas bien, pero son cositas que siempre tienes ahí.

¿Y lo de ir en barco? Bueno… tendríais que verme montada en uno si éste es relativamente pequeño. Insufrible, en serio. Estoy todo el rato imaginándome que nos caemos todos por la borda y yo… con mis audífonos. En el agua. Ni me lo puedo imaginar… Diréis, «jolín, tampoco es eso», ya, ya, pero no lo puedo evitar, ¿qué hago?

Otra situación que me preocupa y que tiene que ver con el agua inesperada, es la lluvia. Llevar el pelo recogido, con los audífonos a merced de las gotas de la lluvia y sin poder protegerme del agua, es un pensamiento horrible. Aunque sean cuatro gotitas… Si no me los puedo quitar y guardarlos sin riesgo de que se mojen, lo puedo pasar muy mal. Alguna vez me ha entrado alguna gota de agua en uno y… ufff… ya me pensaba que lo había perdido. Fue hace poco, además. Los que me leéis, sabéis lo que supone la idea de cambiarme los audífonos, así que seguro que me entendéis en este sentido… Por eso siempre llevo un paraguas de repuesto en el coche, para que la lluvia no me sorprenda y, si me pilla en la calle, pues refugiarme como pueda, el rato que sea necesario.

Ya habréis podido apreciar que mis audífonos son sagrados y la idea de que les pueda pasar algo por culpa del agua o de la humedad me preocupa sobremanera hasta el extremo de dejarlos en casa si es necesario e ir por ahí sin oír nada de nada. Se me hace super raro ir por la vida sin oír nada, pero te acostumbras. Es bastante más fácil si hablo en lengua de signos con quien voy, sobra decirlo. Un día casi me atropellan por no mirar al cruzar por un paso cebra: hablaba con una amiga mientras íbamos a la playa, yo sin audífonos, y, toda distraída, olvidé mirar justo antes de cruzar. Como normalmente oigo los coches y ese día iba sin audífonos… pues no lo oí, cruzamos sin más. Madre mía, el susto que me llevé al ver los coches que no paraban (no todos los coches paran en los pasos de peatones)… Si es que hay que ir con mil ojos siempre…

Dicho lo dicho, a ver si me hago con unos impermeables y así, todo eso que me ahorro… ¿no? ¡Jajaja!

Un abrazo a todos y que disfrutéis del verano.

Andrea.

10 ventajas de ser sorda ¡porque no todo van a ser inconvenientes!

¡Hola a todos!

Normalmente cuando alguien tiene una discapacidad solemos centrarnos en los problemas que ésta le va a causar, en las dificultades que van a surgir, en el sufrimiento que va a acarrear… y solemos olvidar que, a veces, ser diferente, tiene sus ventajas. Ventajas por ser sorda. Sí, ¡ventajas! ¡Porque no todo va a ser malo! Vaya por delante que hablo de mis propias experiencias del día a día, pero seguramente más de uno estará de acuerdo con lo que voy a contar. Aquí van diez ventajas de ser sorda y llevar audífonos. ¡Vamos a ello!

1. Dado que para dormir me saco los audífonos, ¿sabéis la tranquilidad de la que gozo cuando estoy visitando a Morfeo, allá por el séptimo sueño? «Apagar las luces» (audífonos en OFF) y quedar en el silencio más absoluto es de agradecer cuando únicamente quieres cerrar los ojos y encontrar sosiego. ¡Vamos, que duermo estupendamente aunque el perro del vecino no deje de ladrar!

2. ¿Y los ronquidos o cuando llueve por la noche, los truenos, las tormentas? Debido a que mi pérdida en frecuencias graves es menor que en las agudas, algunas veces puedo percatarme de que está tronando (cuando son muy fuertes -¡y tienen que serlo para que oiga los truenos sin audífonos!-), pero no me molesta. Quizá porque luego le sigue la calma a mis oídos, como si de un vaivén de ruido y silencio se tratara. Diría que es la ventaja más grande, ¡me resulta difícil imaginar conciliar el sueño con todos los sonidos que hay en el exterior!

3. Igualmente, cuando me quiero concentrar, sea para estudiar, para meditar o simplemente para no tener distracciones, le doy al OFF y más tranquila que yo, no hay nadie. La verdad es que es una ventaja que muchos me dicen que ojalá pudieran tener: el poder desconectar del mundo totalmente. Eso sí, ni se te ocurra aparecer de la nada porque me vas a matar del susto…

4. ¿Sabéis la alegría que me llevo cuando disfruto de los descuentos a los que tenemos derecho las personas con un 33% o más de discapacidad? Por ejemplo en algunos medios de transporte, en espectáculos, en la universidad (me he ahorrado lo suyo en matrículas, a parte de gozar del 3% de plazas reservadas para personas con discapacidad), en parques de atracciones… Sobre esta última, era increíble ir a Port Aventura con amigos sordos y disfrutar de la maravillosa pulsera Express con la que evitábamos las odiosas colas y que te daban por tener discapacidad… sí, sí… ¡encima podíamos subir a las atracciones con un acompañante, por lo que se beneficiaban también los que venían con nosotros y que no tenían ninguna discapacidad! Que lástima que lo hayan quitado, qué lástima…

5. Otra ventaja de tener discapacidad, es que a menudo podemos «ver» como es la gente por la manera de comportarse con nosotros. ¿Verdad que se dice que en los momentos difíciles es cuando se conoce a la gente? Pues de eso nosotros sabemos mucho… ¡ahí queda!

6. ¿Sabéis que por tener discapacidad nos ahorramos el impuesto de circulación? Ou yeah. Vale que no es mucho, ¡pero ese dinerito nos los podemos gastar en caprichitos, jiji!

7. En el caso de la discapacidad auditiva, el haber aprendido a leer los labios, me da cierta ventaja cuando quiero «chafardear» en lo que dicen los demás, sin que se den cuenta. No, no es tan fácil, de acuerdo, pero si no tengo nada mejor que hacer mientras estoy en el tren… Además, de nada sirve que hablen flojito, porque por más bajito que hablen, ¡me entero de todo! Claro que a veces llama mucho la atención estar todo el rato mirando y tengo que desviar la mirada, aún a riesgo de perder el hilo… ¡Soy una chafardera, jajaja!

8. Relacionada con la anterior, leer los labios o hablar en signos es útil cuando estoy en ambientes muy ruidosos como una discoteca. Mi voz me lo agradece, desde luego. Es muy cómodo poder entender frases sin necesidad de acercarme a la persona, o incluso estando un poco lejos, mantener conversaciones «secretas»… («¡tía, que bueno está el de la derecha!»), sobretodo cuando no queremos que la persona en cuestión se entere.  Hablamos sin voz, solo moviendo los labios o las manos. ¡Es muuy divertido, os recomiendo aprender lengua de signos ya solo por eso, jajaja, vale la pena! Fuera coñas, disponer de otras maneras para expresarte entre la multitud, es muy guay.

9. Como curiosidad, es fascinante ver como dos pilotos sordos se ponen a hablar en lengua de signos ¡mientras conducen! Es decir, si por ejemplo hay un cambio de opinión, el que va en un coche se pone a la altura del otro coche, o ni eso, uno detrás del otro, y con las manos le transmite lo que sea. Se hacen luces para llamar la atención y sacan la mano por la ventana para decir lo que sea. Si es que como os decía, es súper práctico eso de aprender lengua de signos… Eso sí, hay que tener muy buenos reflejos para hacer eso conduciendo, eh, que también lo digo…

10. Y por supuesto, para terminar, tener la posibilidad de apagarme los audífonos cuando hay gritos o mucho jaleo alrededor, cuando tengo dolor de cabeza, o no quiero discutir más con mi pareja… es muy liberador. Un «ON/OFF» al gusto para evitar sonidos desagradables, molestos, o que simplemente no me apetecen en este momento. De nuevo, desconectar, sentir paz. La verdad es que no suelo hacerlo mucho eso, pero si quiero, puedo, y tan ancha me quedo. ¿Os imagináis que lo hago en medio de la típica conversación con el pesado de turno que siempre está criticando a los demás? Esto sí que es una ventaja, ¡jajaja!

¿Qué os ha parecido? Ya habéis visto que no hay mal que por bien no venga, así que… ‘positive forever’!

¿Se os ocurre alguna más?

Abrazos.

Miradas sostenidas que cuestan de mantener

Las miradas…, esas ventanas que nos llevan a no sé donde…

¡Hola a todos!

«La mirada es el espejo del alma», «tienes que mirar a los ojos cuando hablas con la gente, sino parece que estás mintiendo», «sobretodo mira a los ojos y mantente segura»… ¿No os suena? Aunque no todas las personas establecen este contacto visual siempre y algunas otras creerán que está sobrevalorado, ¿verdad que se dice que cuando esquivas la mirada es porque probablemente tienes algo que ocultar?

Bien, os voy  a contar mi manera de verlo, valga la redundancia. Hace un tiempo, me di cuenta de que no miraba mucho a los ojos de la gente cuando me comunicaba con ella. Es decir, mientras la gente en general suele hablar mirándose a los ojos y apoyándose en lo que escuchan con sus oídos para mantener la conversación, yo miro a los labios la mayor parte del tiempo para conseguir el mismo objetivo. Diréis: pero es lógico, tu necesitas leer los labios para enterarte… De acuerdo, es verdad (parece que ya os ha quedado claro, ¡jajaja!), pero no me refiero a eso. Quiero decir que miro poco a los ojos, que hacerlo, me supone cierto esfuerzo y, ser conciente de ello mientras lo hago, me supone perder recursos que debería destinar a la comprensión de lo que me están diciendo. Si bien es cierto que decidir fijar la mirada en los ojos de la otra persona me supone un riesgo de perderme, con el tiempo, he notado que a la gente le gusta que les mires a los ojos. ¿Por qué? Eso es lo que no tengo tan claro.

Parece que mirar a los ojos de la otra persona te acerca a ella, pero a mi más bien al contrario… como os he comentado, me aleja y además de verdad. Porque me pierdo, porque si lo hago, automáticamente es como si dejara de «escuchar», de «atender». Es curioso como, paradójicamente, no mirar a los ojos se considera signo de inseguridad y en mi caso, mirar y leer los labios es, precisamente, lo que me hace sentir segura.

Es interesante que en todo esto del lenguaje, nos expresamos en mayor parte de forma no verbal. ¿Qué significa esto? Pues que no importa tanto lo que decimos sino el «como» lo decimos. Me explico: te dice más de una persona la manera en la que se expresa, se mueve y gesticula que no lo que realmente está diciendo. Además lo creo de verdad. Es posible que los que tenemos problemas de audición hayamos desarrollado más el sentido de la vista (ya que nos aporta más seguridad que no el sentido auditivo) y con este sentido obtengamos más información de las personas, más allá de lo que dicen. Yo siempre me he considerado una persona muy intuitiva: según la manera que tiene una persona de hablar y expresarse, puedo hacerme una idea de como es. Como un sexto sentido…

A veces, cuando consigo mantener la mirada un rato en alguien y no me he perdido en la conversación, siento como si hubiera conseguido algo. Como si tuviera mucho mérito, como si fuera una ganadora. Como si dependiera menos de la lectura labial. Me resulta más fácil si esta persona vocaliza, claro.  En otras ocasiones no lo consigo del todo y enseguida necesito volver a los labios, porque sino me lo tienen que repetir todo de nuevo, ¡jajaja!

Aunque realmente tenga una visión periférica que me permita un poco «adivinar» lo que dicen los labios y apoyarme también en lo que oigo, a la vez, mientras sigo enfocada en los ojos, la realidad es que la calidad de lo que percibo disminuye, el esfuerzo es doble, porque estoy tan concentrada en ello que es como si no pudiera pensar en otra cosa que en mantener la mirada cuando en realidad me estoy perdiendo muchísima información tanto verbal como no verbal… La combinación de ambas actualmente es la que me permite hacerme una idea clara y global de aquello que me están contando, o sea, mirando a los ojos y también a los labios para comprobar que lo estoy entendiendo todo bien. Así es perfecto y así lo percibo en el otro.

Bueno, lo que os quiero decir con todo esto, es que a veces, no necesariamente el hecho de no mirar a los ojos tiene por que significar nada malo como desconfianza, inseguridad, pérdida de interés, estar mintiendo, no ver al otro… Tampoco significa no saber leer las emociones o no captar la profundidad del discurso. La cuestión es que en el caso de las personas sordas puede ser diferente. Incluso yo, cuando signo, todavía me cuesta mirar a los ojos sostenidamente por la costumbre de esperar a que me digan algo y leer los labios, aunque sea de improviso. Me supongo que todo es práctica, costumbre, en esta vida.

He sentido la necesidad de escribir sobre esto porque es un tema que me viene rondando por la cabeza y porque creo que es una lástima que, por comunicarnos de otras maneras, perdamos credibilidad ante los demás. Como si fuéramos menos interesantes por no mirar continuadamente a los ojos o como si no estuviéramos realmente ahí. Es algo difícil de explicar. Todos hacemos lo que podemos…  De acuerdo, es muy bonito mirar a los ojos de la persona, ver los matices mientras está contando… Pero también es soprendente lo que podemos llegar a  comunicar con los labios, más allá de los sonidos, y con el rostro entero.

Una mirada puede transmitir las mismas emociones y sentimientos que los labios mientras se mueven al expresarse. Implica otra percepción, otra puerta. Lo importante es el todo, fijarnos más en los labios no quiere deicr dejar de ver el resto.

Y hablando de confianza, seguridad… creo que la intuición es la verdadera ganadora en este proceso de comunicación, la encargada de ofrecernos la verdad gracias a nuestra sensibilidad. Al fin y al cabo, lo más importante es escuchar o, mejor dicho, ver, precisamente aquello que no decimos…

¿Qué pensáis al respecto? ¿Realmente es tan importante mirar a los ojos para captar el mensaje o a la persona?

¡Un abrazo!

Sorda e invisible, sola. Segunda parte

¡Hola a todos!

Como comentaba en la entrada anterior, voy a hablar sobre lo que es sentirse invisible rodeada de gente, pero esta vez desde mi punto de vista, desde mi experiencia. Por desgracia es un sentimiento que se da más a menudo del que me (nos) gustaría. A nadie le gusta sentirse invisible.

El otro día se lo comentaba a una amiga, que en cuanto aparecen personas en alguna reunión social -y cuantas más van apareciendo-, más invisible me torno o me siento. Personas oyentes me refiero, claro, ya que eso no me pasa (o no me siento así) cuando estoy con personas sordas.  ¿Por qué? Pues porque gran parte de los oyentes no suelen acordarse de que no oigo bien y ello hace que me resulte muy complicado (¿imposible?) integrarme en la conversación si alguien no me ayuda o no vocalizan expresamente para mí. A veces no te sale pedir ayuda, pedir que vocalicen, por favor. No quieres, te cansas. Porque para nosotros es 24h al día, todos los días. El poema del pájaro soñador trata un poco de esto, de estos momentos en que «ahora sí, ahora no» te enteras y dependes de los demás.

A lo que iba: sentirse invisible. Sentirse invisible muchas veces equivale a sentirse sola. Sí, porque si nadie te ve, por más rodeada de gente que estés, te sientes sola. Batiburrillo constante, palabras sueltas, risas, exclamaciones inesperadas. Silencios cortos. Dentro, pero, silencios semipermanentes que no sabes como romper. Y de repente alguien lo rompe diciéndote algo y regresas de tanta inconexión. Pero apuesto a que, al poco rato, la inconexión vuelve como por inercia. El batiburrillo. Tengo que decir que el grado de soledad puede depender del grado de familiaridad que tienes con la gente con la que estás, pero a veces, solo depende de tus ganas de esforzarte. Yo por lo menos, a veces no necesito enterarme de las cosas para sentirme a gusto. El problema es, cuando quieres, y no puedes. Ese es justo el problema, y que nadie sepa verlo y rescatarte de la inconexión odiosa. Supongo que a veces, ese es uno de los motivos que hacen que necesite irme y llorar, pero desconsoladamente. Después disimular y poner buena cara. Parece que no nos queda otra.

Para evitar estas cosas y no llegar a la desesperación, digamos, prevenir como me sentiré en función del lugar al que vaya y con cuantas personas, hace que hable primero con una de las personas con las que estaré para pedirle que me ayude o que me vaya explicando las cosas sobre la marcha. Este recurso me da cierta seguridad y me permite sortear los malos pensamientos que tengan que ver con la soledad que os contaba. Porque tampoco es plan de estar con gente que quieres y tengas que sentirte así.

Lo que da más rabia es que solo con «un poco» de vocalización se solucionaría gran parte del problema. Partiendo del hecho de que, siendo usuaria de audífonos, los cuales me amplifican el sonido que recibo, no son milagrosos, no pretendo enterarme de todo ni mucho menos (tampoco podría, leyendo los labios de todo el mundo), solo no perder demasiado el hilo y tener la oportunidad de intervenir de vez en cuando. Pero no con una frase de 5, 6 palabras y ya está, sino intervenir de verdad, es decir, que la comunicación se sostenga por un tiempo de manera bidireccional. Dejarnos que nuestro papel, nuestra personalidad, fluya. Como todos, vamos. Sin arrancarlo. Que a veces parece que estemos pidiendo más de lo que tienen los demás, y no. Solo necesitamos un poco de empatía. Integrarnos. Mejor dicho, que nos permitan integrarnos, que nos ayuden a integrarnos. La ansiada integración social…

Termino esta entrada agradeciendo a todas aquellas personas que hacen esta integración social posible, que han sido muchas, y que mitigan la soledad y la invisibilidad que podamos sentir, hasta el punto que, sin querer o queriendo, la aplacan. Yo también lo haría. Sois maravillosos.

¡Gracias!

¡Abrazos a todos!

El sordo invisible Primera parte

¡Hola a todos!

Algunas veces me he encontrado alguna situación que me ha resultado muy vergonzante por parte de personas que, aun siendo familia incluso, tratan a sus semejantes de manera condescendiente, pero, en este caso, dando un paso más allá: cuando realmente hacen como si esta persona sorda fuera invisible, directamente. Y siéndolo yo, imaginaros lo que siento.

La imagen que acompaña esta entrada describe un sujeto que parece no ser visible, al menos no del todo, pero que sin embargo, saluda para reivindicar su presencia y su lugar: «Hola, estoy aquí, gracias». Triste, ¿verdad?

Eso fue un día que me encontré a un conocido sordo en un parque, con su madre. Después de saludarnos, hablamos un poco de como nos iba la vida a mi colega y a mí, pero rápidamente caí en la cuenta de que la madre hablaba casi todo el rato en nombre de su hijo, quien, probablemente, también se daría cuenta. Tengo que decir que mi colega se expresa fluidamente pero quizá no con la rapidez con la que acostumbran los oyentes o incluso algunos sordos oralistas como yo. Aun así, la madre parecía tener muchas ganas de hacer de menos a su hijo mientras, de pasada, me hacía de más a mí. Era desagradable, y, evidentemente defendí a mi colega, diciendo cosas como que cada persona es un mundo, que no hay que comparar, que el apoyo de la familia es fundamental -resaltando esto último, en vista a lo que estaba presenciando-, que también es increíble lo que está consiguiendo esta persona, cosas que, de corazón, admiro y por ello remarcaba,… ¿Entendéis a lo que me refiero? Que tu propia madre venda esta imagen de ti… lo siento pero creo que no procede. ¡Ni que se avergonzara realmente de su hijo! Más debería el hijo de la madre…

Una vez en casa, escribí a mi colega para saber si estaba bien, le comenté mis impresiones, y me dijo que estaba acostumbrado. Ello me caló hondo y me pareció tan injusto… le insté a que no lo permitera, que tal vez algun día puede acabar creyéndose que no vale si sigue cediendo o consintiendo que lo traten así. Intenté animarlo como pude para que jamás crea que es «inferior» a mí (sí, inferior, si no lo dijo explícitamente, implícitamente estaba en dos de cada tres frases que decía la madre). En definitiva, solo quería asegurarme de que, independientemente de las razones que pudiera tener su madre, mi comportamiento no le hubiera hecho daño de alguna forma u otra aunque fuera sin querer o de manera inconsciente.

Con todo esto, también quiero decir que estoy segura de que esta madre no tiene ni idea del efecto que puede estar causando esta actitud en su hijo. La ignorancia que todo lo permite. Tal vez mi colega piense, a fuerza de ver esta imagen que tienen de él, que no se ha esforzado lo suficiente, que no estan orgullosos de él, que «mira ella lo bien que habla, y tu que no te enteras de nada» y cosas por el estilo que me chocaban a cada cual más.

Después de despedirme de ellos y no sin escatimar en toda clase de elogios para mi colega por mi parte, y aunque fuera por llevarle la contraria a su madre, comenté esta situación con la persona que me acompañaba, quien también se dio cuenta y sabía de lo que le estaba hablando.

Con esta historia me gustaría exhortar a que, cuando estemos con una persona sorda, no hagamos como si ésta fuera invisible, que no digamos (y menos delante de ella), que pobrecita, que no se qué. Otro día hablaré de situaciones personales relacionadas con esto. Como he dicho en otras entradas, no somos pobrecitos, solo tenemos algunas dificultades -unos más que otros- y, a menudo, éstas pueden tener más que ver con estas actitudes de quienes nos rodean que no con la simple discapacidad, que no nos define.

Y gracias por hacerlo.

¡Un abrazo a todos!