Elefantes, gatos y un bigote Cosas divertidas

¡Hola a todos!

Esta vez voy a escribir algo diferente, un poco menos serio y más distendido. Os voy a relatar algunas anécdotas que todavía recuerdo, aunque haya transcurrido bastante tiempo.

Cuando era pequeñita, a mis padres les aconsejaron que yo debía leer mucho, que me debían contar muchos cuentos para que me familiarizara con el vocabulario aprendido y también para adquirir nuevas palabras, etc. Les aconsejaron que me fueran probando mediante preguntas y juegos para ver si yo era capaz de entender los conceptos de tamaños, situaciones, cosas lógicas e ilógicas y demás. Para ello, recuerdo que mi madre, cuando íbamos por la calle paseando me decía cosas como éstas: “¡Mira, he visto un elefante dentro de un coche!, y yo mirándola decía: “Noooo, esto no… que el elefante es muy grande y el coche no”. O, por ejemplo: “Mira, hay un gato que lleva gafas y pantalones”, a lo que yo contestaba: “Nooo, un gato, nooo!”. Y así, de esta forma, me iba probando a ver si yo entendía todo. Era muy divertido. Mi madre dice que se lo pasaba mejor ella que yo con estas “tonterías”.

A los padres, los animo a que inventen historias y cuentos para sus hijos, es una forma lúdica de aprender y dejar volar la imaginación, ¿verdad?

Otra anécdota que me pasó de mayor, cuando ya estaba estudiando en la secundaria. Como ya sabéis, debo leer los labios para entender mejor a la persona con la que hablo y no es tarea fácil, sobre todo si no vocaliza o abre poco la boca para hablar, o habla como una ventrílocua, es decir sin apenas mover la boca, que de todo hay… ¡jaja! Pues resulta que tenía un profesor muy bueno con un gran y poblado bigote. Cuando él hablaba me suponía un gran esfuerzo entenderlo, ya que el bigote danzaba encima de su labio al son de las palabras que iba diciendo. Un día, cansada de tanto esfuerzo para entenderlo, me dije a mi misma: de hoy no pasa y se lo digo. Al acabar la clase me fui a hablar con él y le solté de golpe que no lo podía entender ya que su gran bigote me dificultaba la lectura labial. Él se quedó un poco extrañado, pero no dijo nada especial, que yo recuerde. Mi sorpresa fue que al cabo de dos días cuando nos tocó otra vez clase con él, entró por la puerta todo afeitado y me miró, seguramente buscando mi aprobación. Yo me sentí un poco rara, pues no me lo esperaba… Vaya, sí que se lo tomó en serio, pensé yo, ¡jajaja!

Desde entonces me fue mucho más fácil entenderle y me sentí super bien y agradecida pensando que todavía quedan en este mundo muchas personas empáticas y que estoy segura de que las iré encontrando a lo largo de mi vida.

Bueno, ya os dejo.

SÍ, PEQUEÑOS GESTOS, GRANDES LOGROS.

¡Abrazos a todos!

P.D.: Mama, gràcies és poc… abraçada gegant!

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4 respuesta a “Elefantes, gatos y un bigote Cosas divertidas

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