Nuevo equipo: ell@s, mágic@s

Equipo

Esta entrada va por la gente tan bonita que estoy conociendo. A este equipo nuevo que hemos formado con ganas de entablar amistad de la buena y confidencias, confidencias de cosas que a otros no les contarías porque no cualquiera te entiende como ellos. De las varias definiciones de equipo que se pueden encontrar por la red y que pueden ayudar a definir lo que siento por haberlos conocido, me quedo con la que hace hincapié en que un equipo es aquel formado por varias personas con una meta a seguir, un objetivo en común. Es realmente mágico.

Tener un mal día porque estás harta de leer los labios a todas horas cuando encima ello no supone necesariamente entender. Tener que repetir a la misma gente que te vocalicen; que no, que no hablas por teléfono; que por favor, vocalicen; que no hablen todos a la vez que no oyes bien y encima tratas de leer unos labios que apenas se mueven pero que a la vez se mueven muy rápido; que por favor hablen más despacio; que vocalicen; ¡que vocalicen!… Solo me falta decir que me respeten de una vez, ya que por sí mismos no son capaces de ponerse en mi lugar. De verdad, llega un punto que te sientes como humillada como persona. Y… ellos, mi «team», me entienden perfectamente, también les pasa. Clavadito. No sentirte la única que vives eso supone cierto alivio, y en este caso no estaría de acuerdo en el dicho: «Mal de muchos, consuelo de tontos», porque este consuelo de «tontos», precisamente nos insufla fortaleza para seguir y hacerlo con la cabeza bien alta. Porque no tenemos que agachar la cabeza cuando nos sintamos así. Fácil decirlo, pero con un equipo así, más fácil de conseguir.

Hace unas semanas recibí un correo electrónico que me impactó. De una mujer -una doctora- que me escribió desde el otro lado del océano y que tiene sordera como yo. La impotencia al leerla fue la misma que debió sentir ella al escribir sus líneas. Es la impotencia de tener que esforzarnos el triple para llegar donde queremos, donde merecemos. Me dijo que no sabía ni porqué me escribía. Desahogo, sin más. Me doy cuenta de que posiblemente sea la voz de muchos, que mis (nuestros) sentimientos son mucho más comunes de lo que creía, son compartidos, afloran desde lo más hondo, donde más nos duele.

Por eso, al hallar personas como yo, sordos oralistas, agradezco este cambio de aires, pienso que tal vez «todo pasa por algo», como si de todo ello y obligatoriamente, deba surgir un aprendizaje nuevo que todavía está en ciernes. Que las vicisitudes de la vida te ponen constantemente a prueba, es cierto; pero, paradójicamente, esta vida tan caprichosa, también trae personitas maravillosas capaces de hacer que aquello -al parecer- imposible de resolver, pierda importancia. Porque con ellos, con la unidad, nos crecemos por dentro y nos hacemos más fuertes. Esto es un buen equipo, el que juega siempre a ganar. Ganar las pequeñas y grandes luchas internas -y externas, de algún modo, también; y sino, tiempo al tiempo- que tenemos con nosotros mismos cuando algo no nos encaja como quisiéramos.

Se trata de que las incongruencias y sinsentidos (incluso la mala educación, sinceramente) de algunas personas que te vocalizan solo cuando les da la gana, o que se ponen a hablarte con las manos de repente (WTF?) -no en lengua de signos, ojo, sino haciendo «gestos» sin más-, pierdan importancia, pasen a un segundo plano, ese plano donde tienen que estar las cosas que realmente no merecen la pena. Como estas personas, y así lo digo. Con el tiempo vas viendo y analizando formas de comportarse contigo y sacas conclusiones: no llegan a más, sintiéndolo mucho. Incluso las compadeces por su ignorancia.

Estas personas a veces (cada vez menos) parecen manejar mi estado de ánimo a voluntad, y no debo (debemos) permitirlo, mucho menos desanimarme (desanimarnos) en lo que queda de día. Aunque a veces casi lo consigan y otras lo hayan conseguido, debemos sacar fuerzas de flaqueza. Siempre. Por eso, insisto, tener con quien desahogarse, es mágico, la fortaleza llega sola.

Esta es nuestra lucha, y el objetivo en común, lograr la empatía de la que alardean muchos pero que a la hora de la verdad, pocos demuestran. La sordera es una discapacidad invisible, sí, pero nosotros no lo somos ni lo queremos ser. Esta empatía tan necesaria hoy en día, arroja luz a la oscuridad, permite que todos nos sintamos integrados, a gusto con nosotros mismos y con los demás.

Mientras tanto, quiero disfrutar lo más que pueda del camino, de mi equipo, cuidarlo como me cuidan a mí y sobretodo, seguir haciendo piña. De verdad, SOIS MÁGICOS. Vosotros sabéis quienes sois. Unos soñadores que, como yo, hacéis que la vida sea mucho más bonita, accesible y plena. Llena de ideas, de inconformismos, de ideales, de lucha. Que lo importante no se quede en lo superficial ni la hipocresía se torne normalidad, por favor. Hay que seguir reivindicando, cogiendo fuerzas, todavía nos queda un buen trecho. Con un buen equipo es posible cambiar el mundo. Y para eso estamos. Gracias.

¡Un abrazo de los grandes, queridos!

El agua y los audífonos

¡Hola a todos!

Quiero hablaros de la relación que tengo con el agua, así en general. ¿A qué me refiero? Pues a los deportes que implican la presencia de agua, a ir a la playa, a la piscina, en barco, a hacer actividades al aire libre donde puede haber agua, a la lluvia, al deporte en sí mismo… ¿Por qué? Porque al llevar audífonos, siempre temo que les pase algo.

Como cualquier dispositivo electrónico, los audífonos no se pueden mojar, como os podréis imaginar. Es verdad que hay audífonos que se pueden mojar, casi impermeables, pero los míos no lo son, así que el agua, lejos.

Desde pequeña, he hecho todo tipo de deportes, desde tenis, pasando por patinaje, hasta atletismo, y en la mayoría de ellos, se suda. A menudo he tenido que quitar los restos de humedad que se acumulan en los moldes, ya que hacen que me cueste mas oír (se crea cierta resistencia), aparte de lo perjudicial que pueden resultar las gotitas de humedad (sudor) si éstas entran en contacto con el circuito electrónico. Alguna vez me ha pasado, y se oyen como interferencias, son molestas. Existen deshumidificadores que sirven para eliminar estos restos de humedad. Van bien, digamos que alargan la vida de los audífonos al mantenerlos secos.

Cuando voy a la playa o a la piscina, a veces decido no llevar los audífonos puestos, ya que la bromita de que los amigos te mojen me puede costar muy cara. Aparte de eso, que es más típico cuando eres más pequeña, dejar los audífonos guardados en la bolsa o la mochila me crea cierto temor por si se mojan, me entra arena, me los roban, les dan un golpe sin querer o lo que sea. Teniendo en cuenta que los uso cada día y que son tan importantes para mí, cualquier mero accidente podría ser fatal. Algunos diréis, y si vas sin audífonos, igualmente para bañarte te los tienes que quitar. Sí. Después tengo que esperar a que se me sequen los oídos para ponérmelos de nuevo. La sensación de ponértelos estando los oídos húmedos es francamente rara. Es como si estuvieras debajo del mar, como un «glu glu», ¡jaja! Alguna vez me los dejo puestos si estoy por la orilla, pero como alguien me moje… la liamos parda… ¡jajaja! (Me río ahora, pero gracia ninguna… jajaja)

Cuando hago deporte… quitando el tema de la humedad que he comentado, por la acumulación de sudor que se desplaza por detrás de las orejas (mal sitio, sí), también hay que considerar la posibilidad de recibir un golpe. Me muero si por ello se me rompe un audífono o se me cae. Pero dejando de lado lo que pudiera pasar, que tampoco son cosas muy probables (si lo fueran, pues no practicaría este deporte, se sobreentiende), no me gustan mucho los deportes de agua. Esto de ir sin audífonos no me atrae mucho, a no ser que esté con personas sordas y nos comuniquemos en lengua de signos. Echando la vista atrás, cuando era pequeña y hacía todo con personas que oyen, siempre tienes la inseguridad de si te están llamando y no lo oyes, de si te tienen que avisar de algo y no lo oyes, o cualquier cosa. Recuerdo que hacer natación me gustaba, pero a la vez no. Y es por eso, supongo que es muy natural. Con el tiempo lo vas normalizando y con los amigos lo pasas bien, pero son cositas que siempre tienes ahí.

¿Y lo de ir en barco? Bueno… tendríais que verme montada en uno si éste es relativamente pequeño. Insufrible, en serio. Estoy todo el rato imaginándome que nos caemos todos por la borda y yo… con mis audífonos. En el agua. Ni me lo puedo imaginar… Diréis, «jolín, tampoco es eso», ya, ya, pero no lo puedo evitar, ¿qué hago?

Otra situación que me preocupa y que tiene que ver con el agua inesperada, es la lluvia. Llevar el pelo recogido, con los audífonos a merced de las gotas de la lluvia y sin poder protegerme del agua, es un pensamiento horrible. Aunque sean cuatro gotitas… Si no me los puedo quitar y guardarlos sin riesgo de que se mojen, lo puedo pasar muy mal. Alguna vez me ha entrado alguna gota de agua en uno y… ufff… ya me pensaba que lo había perdido. Fue hace poco, además. Los que me leéis, sabéis lo que supone la idea de cambiarme los audífonos, así que seguro que me entendéis en este sentido… Por eso siempre llevo un paraguas de repuesto en el coche, para que la lluvia no me sorprenda y, si me pilla en la calle, pues refugiarme como pueda, el rato que sea necesario.

Ya habréis podido apreciar que mis audífonos son sagrados y la idea de que les pueda pasar algo por culpa del agua o de la humedad me preocupa sobremanera hasta el extremo de dejarlos en casa si es necesario e ir por ahí sin oír nada de nada. Se me hace super raro ir por la vida sin oír nada, pero te acostumbras. Es bastante más fácil si hablo en lengua de signos con quien voy, sobra decirlo. Un día casi me atropellan por no mirar al cruzar por un paso cebra: hablaba con una amiga mientras íbamos a la playa, yo sin audífonos, y, toda distraída, olvidé mirar justo antes de cruzar. Como normalmente oigo los coches y ese día iba sin audífonos… pues no lo oí, cruzamos sin más. Madre mía, el susto que me llevé al ver los coches que no paraban (no todos los coches paran en los pasos de peatones)… Si es que hay que ir con mil ojos siempre…

Dicho lo dicho, a ver si me hago con unos impermeables y así, todo eso que me ahorro… ¿no? ¡Jajaja!

Un abrazo a todos y que disfrutéis del verano.

Andrea.

10 ventajas de ser sorda ¡porque no todo van a ser inconvenientes!

¡Hola a todos!

Normalmente cuando alguien tiene una discapacidad solemos centrarnos en los problemas que ésta le va a causar, en las dificultades que van a surgir, en el sufrimiento que va a acarrear… y solemos olvidar que, a veces, ser diferente, tiene sus ventajas. Ventajas por ser sorda. Sí, ¡ventajas! ¡Porque no todo va a ser malo! Vaya por delante que hablo de mis propias experiencias del día a día, pero seguramente más de uno estará de acuerdo con lo que voy a contar. Aquí van diez ventajas de ser sorda y llevar audífonos. ¡Vamos a ello!

1. Dado que para dormir me saco los audífonos, ¿sabéis la tranquilidad de la que gozo cuando estoy visitando a Morfeo, allá por el séptimo sueño? «Apagar las luces» (audífonos en OFF) y quedar en el silencio más absoluto es de agradecer cuando únicamente quieres cerrar los ojos y encontrar sosiego. ¡Vamos, que duermo estupendamente aunque el perro del vecino no deje de ladrar!

2. ¿Y los ronquidos o cuando llueve por la noche, los truenos, las tormentas? Debido a que mi pérdida en frecuencias graves es menor que en las agudas, algunas veces puedo percatarme de que está tronando (cuando son muy fuertes -¡y tienen que serlo para que oiga los truenos sin audífonos!-), pero no me molesta. Quizá porque luego le sigue la calma a mis oídos, como si de un vaivén de ruido y silencio se tratara. Diría que es la ventaja más grande, ¡me resulta difícil imaginar conciliar el sueño con todos los sonidos que hay en el exterior!

3. Igualmente, cuando me quiero concentrar, sea para estudiar, para meditar o simplemente para no tener distracciones, le doy al OFF y más tranquila que yo, no hay nadie. La verdad es que es una ventaja que muchos me dicen que ojalá pudieran tener: el poder desconectar del mundo totalmente. Eso sí, ni se te ocurra aparecer de la nada porque me vas a matar del susto…

4. ¿Sabéis la alegría que me llevo cuando disfruto de los descuentos a los que tenemos derecho las personas con un 33% o más de discapacidad? Por ejemplo en algunos medios de transporte, en espectáculos, en la universidad (me he ahorrado lo suyo en matrículas, a parte de gozar del 3% de plazas reservadas para personas con discapacidad), en parques de atracciones… Sobre esta última, era increíble ir a Port Aventura con amigos sordos y disfrutar de la maravillosa pulsera Express con la que evitábamos las odiosas colas y que te daban por tener discapacidad… sí, sí… ¡encima podíamos subir a las atracciones con un acompañante, por lo que se beneficiaban también los que venían con nosotros y que no tenían ninguna discapacidad! Que lástima que lo hayan quitado, qué lástima…

5. Otra ventaja de tener discapacidad, es que a menudo podemos «ver» como es la gente por la manera de comportarse con nosotros. ¿Verdad que se dice que en los momentos difíciles es cuando se conoce a la gente? Pues de eso nosotros sabemos mucho… ¡ahí queda!

6. ¿Sabéis que por tener discapacidad nos ahorramos el impuesto de circulación? Ou yeah. Vale que no es mucho, ¡pero ese dinerito nos los podemos gastar en caprichitos, jiji!

7. En el caso de la discapacidad auditiva, el haber aprendido a leer los labios, me da cierta ventaja cuando quiero «chafardear» en lo que dicen los demás, sin que se den cuenta. No, no es tan fácil, de acuerdo, pero si no tengo nada mejor que hacer mientras estoy en el tren… Además, de nada sirve que hablen flojito, porque por más bajito que hablen, ¡me entero de todo! Claro que a veces llama mucho la atención estar todo el rato mirando y tengo que desviar la mirada, aún a riesgo de perder el hilo… ¡Soy una chafardera, jajaja!

8. Relacionada con la anterior, leer los labios o hablar en signos es útil cuando estoy en ambientes muy ruidosos como una discoteca. Mi voz me lo agradece, desde luego. Es muy cómodo poder entender frases sin necesidad de acercarme a la persona, o incluso estando un poco lejos, mantener conversaciones «secretas»… («¡tía, que bueno está el de la derecha!»), sobretodo cuando no queremos que la persona en cuestión se entere.  Hablamos sin voz, solo moviendo los labios o las manos. ¡Es muuy divertido, os recomiendo aprender lengua de signos ya solo por eso, jajaja, vale la pena! Fuera coñas, disponer de otras maneras para expresarte entre la multitud, es muy guay.

9. Como curiosidad, es fascinante ver como dos pilotos sordos se ponen a hablar en lengua de signos ¡mientras conducen! Es decir, si por ejemplo hay un cambio de opinión, el que va en un coche se pone a la altura del otro coche, o ni eso, uno detrás del otro, y con las manos le transmite lo que sea. Se hacen luces para llamar la atención y sacan la mano por la ventana para decir lo que sea. Si es que como os decía, es súper práctico eso de aprender lengua de signos… Eso sí, hay que tener muy buenos reflejos para hacer eso conduciendo, eh, que también lo digo…

10. Y por supuesto, para terminar, tener la posibilidad de apagarme los audífonos cuando hay gritos o mucho jaleo alrededor, cuando tengo dolor de cabeza, o no quiero discutir más con mi pareja… es muy liberador. Un «ON/OFF» al gusto para evitar sonidos desagradables, molestos, o que simplemente no me apetecen en este momento. De nuevo, desconectar, sentir paz. La verdad es que no suelo hacerlo mucho eso, pero si quiero, puedo, y tan ancha me quedo. ¿Os imagináis que lo hago en medio de la típica conversación con el pesado de turno que siempre está criticando a los demás? Esto sí que es una ventaja, ¡jajaja!

¿Qué os ha parecido? Ya habéis visto que no hay mal que por bien no venga, así que… ‘positive forever’!

¿Se os ocurre alguna más?

Abrazos.

Miradas sostenidas que cuestan de mantener

Las miradas…, esas ventanas que nos llevan a no sé donde…

¡Hola a todos!

«La mirada es el espejo del alma», «tienes que mirar a los ojos cuando hablas con la gente, sino parece que estás mintiendo», «sobretodo mira a los ojos y mantente segura»… ¿No os suena? Aunque no todas las personas establecen este contacto visual siempre y algunas otras creerán que está sobrevalorado, ¿verdad que se dice que cuando esquivas la mirada es porque probablemente tienes algo que ocultar?

Bien, os voy  a contar mi manera de verlo, valga la redundancia. Hace un tiempo, me di cuenta de que no miraba mucho a los ojos de la gente cuando me comunicaba con ella. Es decir, mientras la gente en general suele hablar mirándose a los ojos y apoyándose en lo que escuchan con sus oídos para mantener la conversación, yo miro a los labios la mayor parte del tiempo para conseguir el mismo objetivo. Diréis: pero es lógico, tu necesitas leer los labios para enterarte… De acuerdo, es verdad (parece que ya os ha quedado claro, ¡jajaja!), pero no me refiero a eso. Quiero decir que miro poco a los ojos, que hacerlo, me supone cierto esfuerzo y, ser conciente de ello mientras lo hago, me supone perder recursos que debería destinar a la comprensión de lo que me están diciendo. Si bien es cierto que decidir fijar la mirada en los ojos de la otra persona me supone un riesgo de perderme, con el tiempo, he notado que a la gente le gusta que les mires a los ojos. ¿Por qué? Eso es lo que no tengo tan claro.

Parece que mirar a los ojos de la otra persona te acerca a ella, pero a mi más bien al contrario… como os he comentado, me aleja y además de verdad. Porque me pierdo, porque si lo hago, automáticamente es como si dejara de «escuchar», de «atender». Es curioso como, paradójicamente, no mirar a los ojos se considera signo de inseguridad y en mi caso, mirar y leer los labios es, precisamente, lo que me hace sentir segura.

Es interesante que en todo esto del lenguaje, nos expresamos en mayor parte de forma no verbal. ¿Qué significa esto? Pues que no importa tanto lo que decimos sino el «como» lo decimos. Me explico: te dice más de una persona la manera en la que se expresa, se mueve y gesticula que no lo que realmente está diciendo. Además lo creo de verdad. Es posible que los que tenemos problemas de audición hayamos desarrollado más el sentido de la vista (ya que nos aporta más seguridad que no el sentido auditivo) y con este sentido obtengamos más información de las personas, más allá de lo que dicen. Yo siempre me he considerado una persona muy intuitiva: según la manera que tiene una persona de hablar y expresarse, puedo hacerme una idea de como es. Como un sexto sentido…

A veces, cuando consigo mantener la mirada un rato en alguien y no me he perdido en la conversación, siento como si hubiera conseguido algo. Como si tuviera mucho mérito, como si fuera una ganadora. Como si dependiera menos de la lectura labial. Me resulta más fácil si esta persona vocaliza, claro.  En otras ocasiones no lo consigo del todo y enseguida necesito volver a los labios, porque sino me lo tienen que repetir todo de nuevo, ¡jajaja!

Aunque realmente tenga una visión periférica que me permita un poco «adivinar» lo que dicen los labios y apoyarme también en lo que oigo, a la vez, mientras sigo enfocada en los ojos, la realidad es que la calidad de lo que percibo disminuye, el esfuerzo es doble, porque estoy tan concentrada en ello que es como si no pudiera pensar en otra cosa que en mantener la mirada cuando en realidad me estoy perdiendo muchísima información tanto verbal como no verbal… La combinación de ambas actualmente es la que me permite hacerme una idea clara y global de aquello que me están contando, o sea, mirando a los ojos y también a los labios para comprobar que lo estoy entendiendo todo bien. Así es perfecto y así lo percibo en el otro.

Bueno, lo que os quiero decir con todo esto, es que a veces, no necesariamente el hecho de no mirar a los ojos tiene por que significar nada malo como desconfianza, inseguridad, pérdida de interés, estar mintiendo, no ver al otro… Tampoco significa no saber leer las emociones o no captar la profundidad del discurso. La cuestión es que en el caso de las personas sordas puede ser diferente. Incluso yo, cuando signo, todavía me cuesta mirar a los ojos sostenidamente por la costumbre de esperar a que me digan algo y leer los labios, aunque sea de improviso. Me supongo que todo es práctica, costumbre, en esta vida.

He sentido la necesidad de escribir sobre esto porque es un tema que me viene rondando por la cabeza y porque creo que es una lástima que, por comunicarnos de otras maneras, perdamos credibilidad ante los demás. Como si fuéramos menos interesantes por no mirar continuadamente a los ojos o como si no estuviéramos realmente ahí. Es algo difícil de explicar. Todos hacemos lo que podemos…  De acuerdo, es muy bonito mirar a los ojos de la persona, ver los matices mientras está contando… Pero también es soprendente lo que podemos llegar a  comunicar con los labios, más allá de los sonidos, y con el rostro entero.

Una mirada puede transmitir las mismas emociones y sentimientos que los labios mientras se mueven al expresarse. Implica otra percepción, otra puerta. Lo importante es el todo, fijarnos más en los labios no quiere deicr dejar de ver el resto.

Y hablando de confianza, seguridad… creo que la intuición es la verdadera ganadora en este proceso de comunicación, la encargada de ofrecernos la verdad gracias a nuestra sensibilidad. Al fin y al cabo, lo más importante es escuchar o, mejor dicho, ver, precisamente aquello que no decimos…

¿Qué pensáis al respecto? ¿Realmente es tan importante mirar a los ojos para captar el mensaje o a la persona?

¡Un abrazo!

Sorda e invisible, sola. Segunda parte

¡Hola a todos!

Como comentaba en la entrada anterior, voy a hablar sobre lo que es sentirse invisible rodeada de gente, pero esta vez desde mi punto de vista, desde mi experiencia. Por desgracia es un sentimiento que se da más a menudo del que me (nos) gustaría. A nadie le gusta sentirse invisible.

El otro día se lo comentaba a una amiga, que en cuanto aparecen personas en alguna reunión social -y cuantas más van apareciendo-, más invisible me torno o me siento. Personas oyentes me refiero, claro, ya que eso no me pasa (o no me siento así) cuando estoy con personas sordas.  ¿Por qué? Pues porque gran parte de los oyentes no suelen acordarse de que no oigo bien y ello hace que me resulte muy complicado (¿imposible?) integrarme en la conversación si alguien no me ayuda o no vocalizan expresamente para mí. A veces no te sale pedir ayuda, pedir que vocalicen, por favor. No quieres, te cansas. Porque para nosotros es 24h al día, todos los días. El poema del pájaro soñador trata un poco de esto, de estos momentos en que «ahora sí, ahora no» te enteras y dependes de los demás.

A lo que iba: sentirse invisible. Sentirse invisible muchas veces equivale a sentirse sola. Sí, porque si nadie te ve, por más rodeada de gente que estés, te sientes sola. Batiburrillo constante, palabras sueltas, risas, exclamaciones inesperadas. Silencios cortos. Dentro, pero, silencios semipermanentes que no sabes como romper. Y de repente alguien lo rompe diciéndote algo y regresas de tanta inconexión. Pero apuesto a que, al poco rato, la inconexión vuelve como por inercia. El batiburrillo. Tengo que decir que el grado de soledad puede depender del grado de familiaridad que tienes con la gente con la que estás, pero a veces, solo depende de tus ganas de esforzarte. Yo por lo menos, a veces no necesito enterarme de las cosas para sentirme a gusto. El problema es, cuando quieres, y no puedes. Ese es justo el problema, y que nadie sepa verlo y rescatarte de la inconexión odiosa. Supongo que a veces, ese es uno de los motivos que hacen que necesite irme y llorar, pero desconsoladamente. Después disimular y poner buena cara. Parece que no nos queda otra.

Para evitar estas cosas y no llegar a la desesperación, digamos, prevenir como me sentiré en función del lugar al que vaya y con cuantas personas, hace que hable primero con una de las personas con las que estaré para pedirle que me ayude o que me vaya explicando las cosas sobre la marcha. Este recurso me da cierta seguridad y me permite sortear los malos pensamientos que tengan que ver con la soledad que os contaba. Porque tampoco es plan de estar con gente que quieres y tengas que sentirte así.

Lo que da más rabia es que solo con «un poco» de vocalización se solucionaría gran parte del problema. Partiendo del hecho de que, siendo usuaria de audífonos, los cuales me amplifican el sonido que recibo, no son milagrosos, no pretendo enterarme de todo ni mucho menos (tampoco podría, leyendo los labios de todo el mundo), solo no perder demasiado el hilo y tener la oportunidad de intervenir de vez en cuando. Pero no con una frase de 5, 6 palabras y ya está, sino intervenir de verdad, es decir, que la comunicación se sostenga por un tiempo de manera bidireccional. Dejarnos que nuestro papel, nuestra personalidad, fluya. Como todos, vamos. Sin arrancarlo. Que a veces parece que estemos pidiendo más de lo que tienen los demás, y no. Solo necesitamos un poco de empatía. Integrarnos. Mejor dicho, que nos permitan integrarnos, que nos ayuden a integrarnos. La ansiada integración social…

Termino esta entrada agradeciendo a todas aquellas personas que hacen esta integración social posible, que han sido muchas, y que mitigan la soledad y la invisibilidad que podamos sentir, hasta el punto que, sin querer o queriendo, la aplacan. Yo también lo haría. Sois maravillosos.

¡Gracias!

¡Abrazos a todos!

El sordo invisible Primera parte

¡Hola a todos!

Algunas veces me he encontrado alguna situación que me ha resultado muy vergonzante por parte de personas que, aun siendo familia incluso, tratan a sus semejantes de manera condescendiente, pero, en este caso, dando un paso más allá: cuando realmente hacen como si esta persona sorda fuera invisible, directamente. Y siéndolo yo, imaginaros lo que siento.

La imagen que acompaña esta entrada describe un sujeto que parece no ser visible, al menos no del todo, pero que sin embargo, saluda para reivindicar su presencia y su lugar: «Hola, estoy aquí, gracias». Triste, ¿verdad?

Eso fue un día que me encontré a un conocido sordo en un parque, con su madre. Después de saludarnos, hablamos un poco de como nos iba la vida a mi colega y a mí, pero rápidamente caí en la cuenta de que la madre hablaba casi todo el rato en nombre de su hijo, quien, probablemente, también se daría cuenta. Tengo que decir que mi colega se expresa fluidamente pero quizá no con la rapidez con la que acostumbran los oyentes o incluso algunos sordos oralistas como yo. Aun así, la madre parecía tener muchas ganas de hacer de menos a su hijo mientras, de pasada, me hacía de más a mí. Era desagradable, y, evidentemente defendí a mi colega, diciendo cosas como que cada persona es un mundo, que no hay que comparar, que el apoyo de la familia es fundamental -resaltando esto último, en vista a lo que estaba presenciando-, que también es increíble lo que está consiguiendo esta persona, cosas que, de corazón, admiro y por ello remarcaba,… ¿Entendéis a lo que me refiero? Que tu propia madre venda esta imagen de ti… lo siento pero creo que no procede. ¡Ni que se avergonzara realmente de su hijo! Más debería el hijo de la madre…

Una vez en casa, escribí a mi colega para saber si estaba bien, le comenté mis impresiones, y me dijo que estaba acostumbrado. Ello me caló hondo y me pareció tan injusto… le insté a que no lo permitera, que tal vez algun día puede acabar creyéndose que no vale si sigue cediendo o consintiendo que lo traten así. Intenté animarlo como pude para que jamás crea que es «inferior» a mí (sí, inferior, si no lo dijo explícitamente, implícitamente estaba en dos de cada tres frases que decía la madre). En definitiva, solo quería asegurarme de que, independientemente de las razones que pudiera tener su madre, mi comportamiento no le hubiera hecho daño de alguna forma u otra aunque fuera sin querer o de manera inconsciente.

Con todo esto, también quiero decir que estoy segura de que esta madre no tiene ni idea del efecto que puede estar causando esta actitud en su hijo. La ignorancia que todo lo permite. Tal vez mi colega piense, a fuerza de ver esta imagen que tienen de él, que no se ha esforzado lo suficiente, que no estan orgullosos de él, que «mira ella lo bien que habla, y tu que no te enteras de nada» y cosas por el estilo que me chocaban a cada cual más.

Después de despedirme de ellos y no sin escatimar en toda clase de elogios para mi colega por mi parte, y aunque fuera por llevarle la contraria a su madre, comenté esta situación con la persona que me acompañaba, quien también se dio cuenta y sabía de lo que le estaba hablando.

Con esta historia me gustaría exhortar a que, cuando estemos con una persona sorda, no hagamos como si ésta fuera invisible, que no digamos (y menos delante de ella), que pobrecita, que no se qué. Otro día hablaré de situaciones personales relacionadas con esto. Como he dicho en otras entradas, no somos pobrecitos, solo tenemos algunas dificultades -unos más que otros- y, a menudo, éstas pueden tener más que ver con estas actitudes de quienes nos rodean que no con la simple discapacidad, que no nos define.

Y gracias por hacerlo.

¡Un abrazo a todos!

La condescendencia asociada a las discapacidades, cualesquiera que sean.

¡Hola a todos!

Hace tiempo que quiero hablar de la condescendencia con la que se trata a menudo a las personas que tienen o tenemos algún tipo de discapacidad. Esta palabra puede ser desconocida para algunos, por eso intentaré primero explicar un poco qué es. Condescendencia es cuando alguien te trata de una manera en la que parece que eres «tonto» o que «no comprendes» lo que te Continuar leyendo «La condescendencia asociada a las discapacidades, cualesquiera que sean.«

¿Cómo sería si…?

¡Hola a todos!

Esta entrada es algo diferente a las demás y este título da para mucho. Toca poner a prueba la imaginación: ¿Qué habría pasado si yo no fuera hipoacúsica? ¿Cómo hubiera sido mi vida? ¿Cómo sería yo?

Bueno, todas estas preguntas son una incógnita. Pero poniendo alas a la imaginación puedo visualizarlo a mi manera y es lo que os voy a contar; siempre teniendo en cuenta que son solo conjeturas y que podrán estar muy lejos de la realidad, aunque nunca se sabe….

Para empezar, yo no sería tan cabezota (¡jajaja!), me acomodaría más fácilmente a los cambios: entender la vida en la forma en que lo hago puede hacer que cualquier intento de cambio me cueste. No hablo de rigidez mental, sino de convicción de que las cosas son de la forma que creo que son. (De hecho ya se dice que los sordos somos testarudos…).

Quizá no sería tan curiosa como lo soy ahora, no me preguntaría tanto el por qué de las cosas. Creo que sería un poco más pasota, como veo que son la mayoría personas y por ello daría menos vueltas  a las cosas. Vamos, ¡que viviría más tranquila! O tal vez lo sería más, de curiosa…

Es posible que fuera menos sensible a las emociones y expresiones faciales, a los estímulos externos… , lo cual me llevaría, probablemente, a ser menos empática.

En cuanto a mis estudios y profesión, pienso que habría empezado y acabado Fisioterapia, o habría estudiado algo relacionado con poder viajar por el mundo y probablemente estaría trabajando en ello. No digo que no hubiese elegido Psicología, o que no me interesase, pero justamente creo que la vida me hubiera llevado por otros caminos.

Hablaría más idiomas (y los aprendería con mucha más rapidez) e intentaría mejorarlos con largas estancias en el extranjero, ¡eso seguro! Si ya lo he hecho, con las dificultades que supone siendo sorda, si no lo fuera… ¡aay, me recorrería el mundo!

A mis padres les hubiera ahorrado un montón de sufrimiento por las incertidumbres que les crearon al informarles de que yo era sorda profunda. En la zona donde vivimos no había apenas centros para niños con esta deficiencia y no les fue fácil. A parte, se hubieran ahorrado mucho dinero, porque ya sabéis lo caros que son los audífonos, moldes, clases privadas de logopedia,… Pero también por los viajes y estrategias laborales que tuvieron que ingeniarse para coordinar las citas médicas, ya que vivíamos en el pueblo y siempre había que desplazarse. Y un largo etc.  Quizá también la relación con la familia hubiera sido más fluida desde la niñez. Me pregunto tantas cosas…

Bueno, en el fondo no puedo saber como hubiera sido todo, solo son suposiciones mías . Cada persona nace y se hace dependiendo de las circunstancias en las que se encuentra y que le ha tocado vivir.

Es un tema de reflexión que nos podemos hacer todos: ¿cómo hubiera sido mi vida si…? Aunque en el fondo este ejercicio no te lleve a ninguna parte, hace que te conozcas mejor a ti mismo y aceptes y valores lo que tienes. Yo valoro muchísimo todo lo que tengo…

Todos debemos ser conscientes de nuestras limitaciones, si las hubiere, y tenemos que querernos y aceptarnos como somos, si además, queremos que los demás también lo hagan.

Bonita frase cuyo autoría desconozco: «Mi felicidad solo depende de una persona, y esa persona soy yo».

¡Espero que os haya gustado, hasta otra!

¡Saludos a todos!

Escuchar, oír, entender

¡Hola a todos!

En mi día a día, veo que algunas personas confunden los verbos escuchar, oír y entender. A menudo me preguntan si oigo, si he escuchado tal cosa, si con los audífonos puedo oír… Así que voy a dedicar esta entrada a explicar por qué no es lo mismo oír que escuchar o entender en mi (nuestro) caso; aunque creo que es extrapolable también a los oyentes.

«¿Pero tú oyes?», «¿Me escuchas cuando hablo?» «¿Si te hablo de espaldas no me oyes?» me preguntan. Explico que con los audífonos, sí que oigo. ¿Por qué entonces necesito leer los labios? Porque si no, no entiendo. ¿Y de espaldas? Pues lo mismo, oigo, pero no entiendo.

Una cosa es oír, otra escuchar y otra, la más importante, entender, imprescindible para poder comprender. Mientras que oír sería simplemente percibir los sonidos (este es el trabajo de los audífonos, amplificar los sonidos), escuchar se refiere más bien a prestar atención. Pero en mi caso, necesitaría, además, poder ver la cara o los labios de la persona para entender.

Ejemplos: Yo puedo estar delante de una persona, oírla, pero no entenderla si no le leo los labios o no vocaliza. También puede que esté delante de esta persona, oírla, pero no escucharla porque estoy pensando en otras cosas, por lo que no entendería ni una sola palabra. También puedo entender a una persona sin llevar los audífonos puestos, sin oírla. Pero tendría que vocalizar, claro, que no soy adivina, ¡jaja!

En lengua de signos hay un signo que significa «escuchar». El propio signo muestra que es una escucha con los ojos y sería el equivalente a mirar a la persona, ver qué está diciendo. Así que, los sordos signantes, o sin ayudas auditivas, también escuchan, pero con los ojos.

Con los sonidos, pasa lo mismo. Puedo oír un ruido, un motor, pero si no lo veo, es muy probable que no lo identifique, que no lo «entienda»: dudaría entre si es un avión, un helicópter, una máquina taladradora…

Bueno, creo que queda bastante clara la diferencia entre escuchar, oír, entender, ¿no? En resumidas cuentas: al final, en mi caso, lo más importante es leer los labios, porque sin eso, por más que oiga y por más alto que uno hable o grite pero no vocalice, no podré entender bien lo que dice (aunque le esté escuchando).

Y es que al final… la actividad más importante que un ser humano puede lograr es aprender para entender, porque entender es ser libre, dijo Spinoza, y yo lo suscribo.

¡Saludos a todos!

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