Empatía en la nueva normalidad La sordera y las dichosas mascarillas...

¡Hola a todos!

Esta entrada presumo que será algo diferente. Me gustaría contaros dos situaciones o escenas, como hice con la entrada en la que os hablaba sobre el bilingüismo para que sea más fácil este ejercicio de empatía que os quiero proponer. Creo que de este modo puede ser más instructivo a la par que realista. Pero antes os pongo un poco en contexto: En la nueva normalidad, varias personas conviven en un mismo espacio pero una de ellas tiene especiales dificultades para comprender a los demás, debido a su sordera, ya que todos llevan mascarilla y necesita leer los labios para comunicarse. Esa persona sorda se llamará Adjoa de ahora en adelante.

Escena 1:

Adjoa está haciendo sus cosas. Entra una persona con la mascarilla puesta en el mismo espacio y Adjoa oye que dice algo pero ve que no se dirige a nadie en especial. Los demás parecen responder brevemente, alguno contesta con cierto entusiasmo. Más tarde, vuelve a oír voces, intuye quien habla, mira, y efectivamente algunos mantienen una conversación. A pesar de que llevan puestas las mascarillas, percibe que se trata de algo divertido, pues las risas así lo constatan. Al cabo de un rato, entra otra persona y dice algo, tipo pregunta, a lo que contestan a la vez. Adjoa sigue sin entender nada, ve y oye como los demás hablan y tal pero no puede llegar a adivinar de qué se trata. Sigue haciendo sus cosas. En el fondo se siente un poquito aislada pero piensa que debe de tratarse de cosas sin importancia y que si no se entera tampoco pasa nada. Aunque tiene ganas de que los demás compartan lo que sea que hablan, también con ella. Ser una más.

El tiempo pasa y la situación se repite. Al final, decide hacer algo al respecto, ya que se siente al margen y cuando ve que los demás vuelven a reírse, pregunta. Adjoa tiene necesidad también de socializar, por lo que mantiene una actitud abierta para demostrar que con ella también pueden contar. Cuando le cuentan lo que les hace tanta gracia, no se quitan la mascarilla porque se les olvida, y ella lo recuerda. La persona que le está contando, se baja la mascarilla, por lo que Adjoa se separa un poquito. Otra persona entra en la conversación porque le hace gracia la anécdota, pero Adjoa no la estaba mirando y además, cuando lo hace, comprueba que también tiene la mascarilla puesta por lo que tampoco la entiende. Se gira para seguir atendiendo la anécdota y finalmente, también le hace gracia aunque siente que le falta más información, pues la que tiene considera que no merece tales risas. Su sensación ahora no es tan de vacío, aunque siente que no es la situación ideal.

Escena 2:

Adjoa está haciendo sus cosas. Entra una persona con la mascarilla puesta en el mismo espacio y saluda a todos. Al ver a Adjoa, se aparta la mascarilla para saludarla también, a lo que Adjoa le devuelve el saludo. Los demás parecen responder brevemente, alguno contesta con cierto entusiasmo. Intuye que tendrá que ver con el saludo. Más tarde, vuelve a oír voces, intuye quien habla, mira, y efectivamente están manteniendo una conversación. A pesar de que llevan puestas las mascarillas, percibe que se trata de algo divertido, pues las risas así lo constatan. Una de estas personas, al ver que Adjoa está mirando, decide apartarse la mascarilla y seguir contando después de explicarle de lo que se trata. Al cabo de un rato, entra otra persona y dice algo, tipo pregunta, a lo que contestan a la vez. Adjoa se pierde pero le dicen lo que ha dicho y siguen con la conversación, Adjoa incluída. Adjoa se ríe y se anima, como los demás. Después, sigue con sus cosas. Se siente bien. Es una más.

El tiempo pasa y la situación se repite: oye que alguien está hablando, por lo que enseguida muestra interés y la persona se baja la mascarilla automáticamente para que también pueda entenderle. Es evidente que Adjoa tiene necesidad también de socializar, por lo que mantiene una actitud abierta para demostrar que con ella también pueden contar. Participa en la conversación, pues aunque alguno no se quita la mascarilla por momentos, la sigue lo suficientemente bien como para no sentirse perdida. Al final intuye lo que habrá dicho la otra persona y lo medio pregunta, por lo que comprueba que se trataba de eso y sigue animada. Al darse cuenta la otra persona, se baja la mascarilla y se hace más ameno. Se trata de una anécdota que le hace gracia a Adjoa y se ríe con los demás. Su sensación ahora no es de vacío, siente el apoyo de los demás.

corazon de nube

Bien, no sé si veis las enormes diferencias en ambas escenas, pero estos pequeños gestos de apartarse la mascarilla (y digo mascarilla refiriéndome a las no accesibles para personas sordas) forman parte del ejercicio de empatía que tanto necesitamos quienes precisamos sí o sí la lectura labial.

¿De qué escena te gustaría formar parte?

No querer ayudarnos o no tener consciencia al respecto implica fomentar nuestro aislamiento, lo cual a nivel psicológico no nos ayuda a sobrellevar toda esta situación en la «nueva normalidad». Al final se trata de un sobreesfuerzo, es cierto, pero para nosotros lo es mucho más. Como la sordera es invisible, es una lucha constante, tanto a nivel social como emocional. No es fácil para nosotros, por ello cualquier ayuda es muy bienvenida, porque por «pequeña» que os pueda parecer, para nosotros es todo un mundo. En este nuevo mundo podemos sentirnos bien, reírnos con los demás, formar parte de una conversación, sentirnos seguros de nosotros mismos… En definitiva, no sentirnos excluidos. O no tanto.

Necesitamos vuestro apoyo y comprensión. Gracias a los que ya nos apoyáis como podéis y/o sabéis, ojalá todos fueran como vosotros, desde luego, así, el mundo sería un lugar mejor, más empático.

«Hoy por ti y mañana por mí».

Mil gracias.

 

¿Por qué a nosotros? ¿Qué hacer si tu hijo o hija tiene discapacidad auditiva?

burbujas

He escogido esta imagen porque aunque parezca que el sepia sea un color que inspira pasado, lo importante es captar los colores de las burbujas que sopla la madre pero cogiendo la mano del niño. La mirada del niño está puesta en las burbujas, y el color representaría la ilusión con la que las mira a través. El futuro.

Con esta descripción particular y personal de la foto escogida como representación de esta entrada, quise hacer un guiño a las madres, padres, tutores y/o familiares, amigos, conocidos, etc., de un niño o niña con discapacidad auditiva para darles sosiego en su primer impacto al enterarse de la noticia: «no puede oír», «tiene secuelas auditivas», «se ha quedado sordo/a», «no reacciona a los sonidos»… En definitiva, que será diferente. Porque esto es lo que pasa al final, que esta persona será diferente. Ojo, no es nada malo ser diferente, ser diferente significa no ser igual. Por lo tanto, si no eres como los demás, eres diferente. En realidad todos somos diferentes, así que… ¿verdad que cada vez cobra menos importancia el ser diferente en función de como lo mires? De eso se trata o al menos es lo que me gustaría conseguir transmitir con esta entrada: no tener miedo y afrontar la vida lo mejor posible tal y como venga.

Bien, como os decía, es muy probable que, tras una noticia de este estilo, se tengan sentimientos encontrados y no se sepa como actuar, qué siguientes pasos tomar… incluso preguntarse «¿por qué a nosotros?». Es normal, pero no hay que sentirse culpables ni buscarlos, consejo de mi madre: «no hay que desesperar, calma», es la incertidumbre, es salir de la zona de confort, miedo a lo desconocido. A veces nos podemos dejar influenciar por rumores, experiencias de otras personas o vete a saber. Lo primordial es aceptar la nueva situación para poder dar el siguiente paso: actuar. Al hilo de lo que comentaba antes sobre la diferencia, la cuestión es que, precisamente como todos somos diferentes, es probable que se necesiten consejos para tomar un tipo de decisión u otra, pero hay que hacerlo siempre desde la perspectiva de la calidad de vida de vida del otro, comprenderlo (la empatía es importante aquí para poder, con el tiempo, detectar sus necesidades) y pensar en lo mejor para la persona a juzgar por las expectativas de los más entendidos en la materia. Pero aquí viene lo difícil, ¿verdad?: ¿qué es lo mejor?, ¿qué es peor?, ¿cómo sabemos si…? Sí, es difícil. Si pudiéramos ver en una máquina del tiempo como sería el futuro si hubiéramos actuado de tal manera en lugar de otra, es posible que cambiáramos decisiones. Pero como no se puede hacer, tenemos que guiarnos por el instinto, por los profesionales, por el corazón, por como estamos viendo al otro, por la opinión del otro si tiene criterio…

Por mi parte, os puedo decir que el secreto es informarse (cuanto más, mejor, pero siempre contrastando en la medida de lo posible), trabajo constante, cariño y acompañamiento, no estar solo. Trabajar, ser constante, repito. Así podemos esperar resultados, trabajando con constancia y con profesionales experimentados. Insisto, hablo por mí y basándome en mi propia experiencia, por lo que es posible que mi forma de ver el asunto no coincida con el de otras personas que hayan vivido circunstancias similares, aunque la verdad es que solemos coincidir quienes hemos vivido estas experiencias en que el esfuerzo y el trabajo constante es lo que marcará la diferencia.

Lo primero que habría que hacer tras saber que una persona no va a oír o no va a oír bien, es ponerse en marcha, empezar a ver opciones, a contactar con especialistas, otros padres y madres en situaciones similares si es posible, con asociaciones, etc., para ver qué opciones hay disponibles, los pros, los contras de los posibles recursos… (¡que hoy en día hay más que nunca, además, tenemos suerte!). Con esto me refiero a: hacer pruebas, conocer la realidad a nivel fisiológico (tipo y grado de pérdida), investigar posibles soluciones protésicas eficaces si hubiera restos auditivos, preguntar mucho y cuestionarse mucho y, cuando sea posible, decidir. La atención temprana es decisiva para dar respuesta a las necesidades que tengan que ver con el desarrollo. La decisión o opción escogida ante la situación probablemente marcará para siempre el futuro de esta persona cuando seguramente todavía ni tendrá la capacidad para razonar debido a la corta edad, por lo que es muy importante haberlo sopesado y meditado bien.

Y a partir de aquí, como os decía, trabajar con ejercicios, con imaginación, con juegos… ejercitar el sentido y la mente. Que no falte el cariño, los ambientes estables, tranquilos… El aprendizaje está estrechamente unido a las emociones, y si éstas son positivas, más lo será el aprendizaje. Es un punto importante porque, junto con la motivación, las emociones juegan un papel principal a la hora de entender, comunicar o razonar, comprender, atender, memorizar… Todos son procesos básicos que intervienen en el aprendizaje y que hay que reforzar a menudo cuando hay que dar un apoyo complementario a personas cuyo desarrollo se puede ver perjudicado por la falta de información accesible. Tener esto en cuenta y que cada persona tiene sus necesidades particulares, nos ayudará a minimizar todo lo posible las diferencias en el desarrollo de las capacidades cognitivas y que luego sentarán las bases para las competencias personales, sociales… necesarias para interactuar con los demás y forjar la propia identidad.

La idea es transmitir calma, que el aprendizaje sea enriquecedor y satisfactorio fomentando la predisposición para que así sea. No olvidar que son niñ@s y respetar sus tiempos. Ya dicen que las prisas son malas consejeras, pues en este contexto, lo son. A mí me ha funcionado… pero ha sido gracias a los que han participado en todo este proceso cuando era pequeña y también ahora de mayor, porque es un camino de largo recorrido…

agradecida

Y cuando digo esto pienso en mi madre y en mi padre, que SIEMPRE han estado ahí incondicionalmente para lo que hiciera falta, con infinita paciencia y amor, y siguen estando… Gràcies als dos.. Adornos navideños para el árbol con forma de corazón | Plantilla ...

Palabras empañadas, enjauladas

jaula

Bocas blancas superpuestas, sobresalen tanto
obstruyen palabras, ya entresijos, un nuevo canto,
escondidas y protegidas, más bien perdidas
esperando ser comprendidas, requeridas, ya sin encanto.

Rodeada de todas ellas, prisioneras, ajenas
se desvanecen algunas, pierden brillo, se empañan
inconscientes, automáticas, sin ser descubiertas apenas
¿…cómo pretenden liberarse, si sin saber, condenan…?

Abrir una ventana y aferrarse cual fuego en su llama
sin apartar los ojos ahora al conocimiento que se derrama,
que comprende las palabras, ya leídas, ya nítidas…
pues se hizo la luz en la transparencia tan deseada.

Y que bailen sin cesar, liberadas de su telar
sin barreras ni fronteras, artífices en su nueva libertad
que disfruten de su vuelo, tal es su voluntad
no pueden ser encerradas, no es su sino, es accesibilidad.

 

Si una persona os dice que no os entiende por la mascarilla (tradicional) puesta, considerad que sea una persona sorda. En tal caso basta con la distancia de seguridad para apartar la máscara sin riesgo y permitir que esta persona os pueda leer los labios para entenderos.

Gracias, pequeños gestos pueden ser liberadores.

Voces de colores

voz

En esta entrada hablaré de los matices en la voz que una persona sorda puede tener.

Lo que voy a contar tiene mucha relación con que muchas personas sordas decidan no hablar como forma habitual de comunicación o, simplemente, no les salga el «hablar» de forma natural o espontánea. Tiene que ver con lo de decir «sordomudo«.

Por «hablar» me estoy refiriendo a usar la voz como tal (de manera controlada) para comunicarse, como los sordos oralistas o los oyentes, así en general. Algunos sordos signantes también usan la voz para expresarse, al margen de que decidan signar la mayor parte de su tiempo. Intentaré dar mi punto de vista acerca de todo ello.

Ya os he comentado en alguna entrada que el hecho de no oír o oír mal puede implicar a la larga dejar de hablar, ya que no recibes estímulos auditivos o éstos no son de calidad, por decirlo de alguna manera. Pero concretamente quiero centrarme en por que alguna personas tienen una voz «apagada», «opaca», «rara», en definitiva, que llama la atención. Diferente.

Os voy a explicar una anécdota. Hace ya muchos años, cuando estudiaba un ciclo superior de Integración social, con un grupo de clase, hicimos un trabajo que trataba sobre la ceguera. Como parte del trabajo, conocimos a una persona ciega que, soprendentemente, adivinó que yo era sorda por mi forma de hablar, por matices en mi voz, por falta de fluctuaciones frecuenciales. Curioso, ¡¿verdad?! Aunque es cierto que muchos creen que no tengo problemas de audición si no lo digo -porque tengo muy buena dicción-, no deja de ser asombroso que una persona cuya visión le falta, desarrolle la audición hasta este punto y tenga esta capacidad de discriminación auditiva. Aún a día de hoy me pasma, la verdad, y me hace ver la influencia que tiene el oír de una determinada manera en la generación de la propia voz.

Conozco muchas personas sordas, de diferentes grados, y todas ellas tienen su propia forma de hablar y matices en sus voces, quiero decir que existe tanta diversidad fonética como grados y tipos de pérdida. Si bien entre los oyentes la variedad en las voces es infinita, éstas suelen ser afinadas, no «molestan» al hablar, digamos, suenan bien. Con los sordos -a juzgar por las caras que ponen muchas personas oyentes al oírlos y más acusadamente cuanto más signantes sean-, no es así (por lo que digo, que a veces «suenan mal»), sino que parece que desafinan con la voz, que tienen gallos, que no se controla la voz. La realidad es que las cuerdas vocales no están tan entrenadas y ello, sumado a la falta de práctica, hace que las emisiones de voz sean más incontroladas. A cualquiera que perdiese a nivel severo/profundo la audicón, le podría pasar, es algo inevitable que tu voz pueda cambiar.

Imaginaros por un momento que estáis una semana sin oír NADA. Cuesta, pero tratad de hacerlo si queréis figuraros un poco como tiene que ser. Bien, ¿creéis que en un mundo de más o menos silencio, pero silencio al fin y al cabo, hablaríais como lo hacéis ahora? ¿Creéis que seguiríais hablando sabiendo que os costaría comprender la respuesta (oral) del otro, o por el contrario, empezaríais a usar las manos o la lengua de signos espontáneamente? Una vez hecho el mini ejercicio de imaginación, pensad ahora como podría ser vuestra voz si nunca hubiérais escuchado bien (con, sin audífonos; con, sin implante… recordad que el hecho que estén bien ajustados es crucial en esa calidad de los sonidos). ¿Creéis que tendríais el mismo tipo de voz si no podéis escucharla vosotros mismos? De hecho, cuando me quito los audífonos y no oigo nada, no sé si grito, si hablo bajo… no sé nada, no me oigo. Pero mi voz ya está entrenada de tantos ejercicios con las logopedas y demás…

No sé si ese ejercicio os puede ayudar, pero sinceramente, creo que facilita comprender que «cuanto más y mejor recibes, más y mejor puedes dar». Con este símil aprovecho para decir también que puestos en este contexto, la voz o el habla no es el medio natural de comunicarse para una persona que es sorda, menos si lo es de nacimiento, pues de forma instintiva las manos hacen las veces de los oídos. Y está bien, no hay que reprocharlo. La lengua de signos es muy rica y aporta cosas que la lengua oral es incapaz. Y viceversa. Son diferentes. Existe porque es una necesidad, un derecho, algo inevitable. Lo ideal es cuando se complementan en mayor o menor medida, sobretodo para las personas hipoacúsicas, que nos encontramos en medio de los dos mundos.

Respetemos y normalicemos a las personas con problemas de audición, aceptemos sus voces diferentes, sus tonalidades, sus gamas de colores. Creo que no es importante la forma ni el medio en que se expresan, en si suena bonita la voz o no, sino el que lo hagan, que lo hacen, lo hacemos, porque nos comunicamos y por ello, tenemos voz. Una voz rica en matices orales, escritos, visuales, como sea. Y podemos no querer usar la voz oral como tal, eso es libertad, es capacidad. Lo importante es comunicar y transmitir mensajes y para ello la voz es solo un medio más, no el único.

¡Gracias!

1, 2, 3… ¡Probando!

Estos días han sido un ajetreo a nivel auditivo. Con el título ya os podréis haber imaginado de qué va el tema… ¡Sí, probar audífonos! ¿Por qué? Porque temo que de un día para otro me fallen… y me dejen tirada. Os explico… Hace un par de meses que uno de los audífonos se me para cuando el volumen del entorno es exageradamente alto, por ejemplo cuando pasan motos de esas estilo Harley a todo volumen, cuando estoy en un bar y la cafetera es de esas super-ruidosas… Se me para en seco, me asusto muchísimo porque de repente dejo de oír en un oído y claro… no estoy para estos sustos… Me estaba pasando cada vez más a menudo y ante la incertidumbre decidí volver a probar suerte…

No sé porqué, pero esta vez no ha sido tan pesadilla... incluso el día anterior de ir a probarme unos, pude dormir bien. ¿Será que durante este tiempo -desde el año pasado- hasta ahora he tenido tiempo de mentalizarme (resignarme, más bien) de que tal vez no oiga tan bien con unos nuevos audífonos? ¿Será que tenía la esperanza de que me los programaran bien y poder oír lo más parecido posible a como siempre?

Sea como sea, el primer intento no fue tan malo… y eso que los audífonos eran de otra marca, una marca que no había oído NUNCA. Fui sola a probármelos (normalmente suele acompañarme alguien para poder comprobar su voz, hablar y eso) y una de las cosas que hago para «comprobar» que oigo bien, es ponerme una canción allí mismo, una de mis favoritas. Sorprendentemente… ¡la escuchaba perfectamente! ¡No me lo podía creer! Pero psst… a veces esto no significa nada, otras veces también la escuchaba bien y luego… todo decepciones. Para seguir «comprobando» y «asegurándome», lo que hice para ponerlos un poco a prueba fuera del centro auditivo, fue entrar en una tienda. La mujer que me atendió afirmó no haberme escuchado entrar y al hablar con ella la noté muy flojita de voz. Me preguntaba si era yo (los audífonos) o era ella que hablaba así de bajito… Ya empezaron mis incertidumbres sobre si aquello era normal, si habría que ponerlos más fuertes… pero el entorno lo oía bien de volumen, tanto los coches, como las voces de la gente que pasaban por mi lado… Luego hice videollamada con mis padres por la calle y los escuchaba bastante bien. Pero mi voz, que ya lo había notado desde un principio, la notaba rara… aunque algo me decía que podría acostumbrarme. Al volver al centro, me retocó un par de cosas y decidí quedármelos unos días de prueba a ver que tal. Sí, sí, me iban lo suficientemente bien como para llevármelos,… ¡INAUDITO! ¡Esperanza! Me fui contenta pero con el «run run» de que habría que mejorar algo más.

El año pasado probé unos de mi misma marca que no me convencieron nada, ¿recordáis? Pues visto el éxito de éstos que me estaba probando, decidí pedirlos de nuevo para probarlos la semana siguiente y quien sabe… tal vez y pensando que ahora estaba más mentalizada, me iban bien… Vale… pues no. Con eso confirmé que no se trata de que yo ahora esté «más abierta», sino que por el motivo que fuera, no me iban bien. Ni antes ni ahora. Cuestión de tecnología, no me preguntéis… Fui con un amigo, uno de los de mi «equipo» y a los tres minutos de llevarlos puestos ya sabía que no me iban bien: ni mi voz, ni la suya, ni la de la audioprotesista ni después en la calle parecían sintonizar con los sonidos que tenía en mi cerebro. Porque escuchamos con el cerebro, no con los oídos… Total, que los descarté, como os digo, y seguí con los de la marca desconocida, por lo menos me veía capaz de adaptarme… Algo es algo.

El primer día me dolía la cabeza. Nuevos sonidos, nuevas huellas, nuevas conexiones…

El segundo día no me los puse porque, por trabajo, tenía que ir a una feria de ocupación y preferí ir con la seguridad de los míos… Tanta cosa de golpe, tampoco…

Ya el tercer día me los volí a poner para ir a trabajar y más o menos bien… iba bastante cómoda. Pero… ¡cuántos cambios! Ya pude apreciar la diferencia de sonidos de la calle, el transporte público, megafonías del metro… Había sonidos que escuchaba algo diferentes, oía cosas que antes no (como el piar de algunos pájaros -¡supongo que son pájaros…!-), oía mejor la música (más finita, con más «colores» y más sentimiento, curioso), en el metro me parecía entender mejor cuando anunciaban las paradas, las voces de la gente eran diferentes pero no de tono, sino de tonalidades durante el discurso. No sé como explicarlo. Cuando un grupo de gente se reía, lo escuchaba mucho más fuerte que antes, con más picos de sonido, con subidas y bajadas mucho más pronunciadas que antes… Dicho de otra manera, antes oía de una manera más plana… Ya, ya sé que quizás no os enteráis de nada, pero intento explicar mis impresiones lo mejor que puedo…

La cuestión es que me los ponía (buena señal), es decir, me estaba acostumbrando, pero no me cuadraba del todo mi voz y otra cosa: notaba como un silencio absoluto en espacios cerrados cuando antes estaba acostumbrada a oír ruidos de fondo, aunque fuera el aire acondicionado. Al pasarme esto, algunas veces necesitaba hablar (aunque fuera sola, un «¿hola?») para asegurarme de que funcionaban, que todo seguía en orden, porque este silencio era como si estuviera en el espacio, como un vacío existencial, ¡jaja!… Tuve que comentárselo a mi audioprotesista porque justamente hay un ajuste que implica los sonidos débiles y este se puede activar. La cosa mejoró notablemente.

A pesar de que estaba contenta, quería probar otros, en otro centro auditivo. Necesitaba comparar, estar segura de que los que me estaba probando eran los mejores para mí. Sí, soy muy exigente, necesito agotar todas las opciones posibles antes de tomar una decisión como ésta. Así que a la semana siguiente probé otros de una marca conocida pero que nunca había probado. Después de hacer videollamada con mis padres como parte de la rutina para comprobar como van, parecía que también me iban bien; al llegar a casa, me puse mis canciones y no… no las escuchaba tan bien, no las disfrutaba. Los descarté rápido aunque no fueran tan malos, simplemente con los que llevaba estos días iba mejor. Me recomendaron una gama superior para ver que tal, que llegarían la semana siguiente.

Ahora se trataba de ir afinando y reajustando para hallar el punto perfecto (o lo más parecido a eso, claro)… y eso se hace buscando el máximo de ambientes posibles para «sentir» las nuevas percepciones y valorar, comparar. La música en el coche, por ejemplo. Era casi igual, pero las percusiones no las oía igual, eran como más bajas. Igual que, al cerrar el coche, ese golpe era rarísimo, más bajo de lo habitual. Se lo comenté a la audioprotesista y me lo reajustó: eran los sonidos transitorios. Me lo desactivó para que el audífono (inteligente) no me los atenuara. Esto nunca antes me había pasado… cosas de la tecnología de ahora… que queréis que os diga…

Otra de las sorpresas me las llevé cuando vi que las pilas duraban mucho menos… ¡10 días solamente! Con mis audífonos de siempre, me duran hasta 3 semanas, y estos nuevos usaban una pila más pequeña que, por ende, dura menos. Esto para mi fue un revés importante, porque implica cambiar mucho más a menudo la pila (el doble de veces) y también supone más gasto económico… Pero por suerte, al comentarlo, me dijeron que tenían el mismo modelo ¡en pila grande!, como los míos de siempre… ¡Qué alegría me llevé!, os lo podéis imaginar… Pero aún así, me dijo que al tener más prestaciones que los míos, iban a consumir más… Bueno, al menos seguro que más de diez días… ya veré lo que duran sobre la marcha…

Finalmente, los del otro centro auditivo no me llegaron a llamar para probar los audífonos de gama superior, así que tuve que tomar una decisión… ¡Tengo nuevos audífonos! ¡Decidido! ¡Se acabó! De acuerdo, no son igual que los míos pero bueno… ¡no me voy a quejar!, ¡se acabó lo que iba a ser una pesadilla y no lo fue! Jolín… de pensar que jamás de los jamases iba a escuchar igual de bien a comprobar que sí… es… un ALIVIO. Y parecía imposible… Doy gracias porque haya sido posible. Desde luego no hay que perder la esperanza.

Y os lo digo a todos los que estéis en mi misma situación: probad, y si no estáis convencidos, esperad, probad en otros sitios. Llegará el momento.

Gracias.

 

 

Ser, oír, sentir… Esencias

Ladridos de perros alterados porque alguien habrá pasado cerca de sus casas, globos llenos de agua explotando en una guerra de agua infantil, motores de coches rugiendo tras ponerse el semáforo en verde, risas enlatadas y repentinas en reuniones de gente y entre el tumulto, sirenas de ambulancias y de policías que se apresuran por llegar lo más pronto posible a sus destinos, melodías de teléfonos que siguen insistiendo porque nadie atiende la llamada, el niño que llora incansablemente porque la madre está mirando el móvil, la intensidad de la lluvia que salpica y repica con fiereza… Todas esas pueden ser cosas ajenas a una persona que no oye nada, cosas que tal vez una persona sorda sería incapaz de percatarse si no tiene restos auditivos o una extensión de sí misma en forma de tecnología para amplificar el sonido de ahí fuera.

Estrellas fugaces inesperadas que se iluminan en lo alto del cielo y en noche cerrada, hojas secas que se desprenden de los árboles en pleno otoño y que siguen una trayectoria caprichosa hasta caer definitivamente al suelo, el inseguro que necesita llamar la atención constantemente para que los demás le rían las gracias, sonrisas fingidas de esas falsas que duran unos segundos y que luego se tornan labios serios o tristes, el interés de alguien que se preocupa por tu bienestar y que se siente satisfecho al ver que lo has entendido y comprendido, el niño que ofrece su paraguas a un gato callejero porque éste se está mojando, el suspiro y expresión de alivio de aquellos que por fin han conseguido sus propósitos, soplar con inspiración a un diente de león soltando nuestra fe al universo para que se cumplan nuestros últimos deseos… Estas son cosas que nada tienen que ver con oír, sino con la belleza que nos regala el sentir. Sentimientos relacionados con la quietud, la reflexión, la fortuna, la observación.

Muchas veces las personas dicen: «Qué pena que no oye», «pobrecito, es sordo», «es una lástima que no pueda escuchar el canto de los pájaros», enfocándolo siempre desde la falta y no desde la aceptación, que no resignación; cuando simplemente es otra condición, una diferencia que no tiene por qué restar. Es por eso que pienso que no, que lo que da pena realmente no es el «no poder» oír, sino el vivir en un mundo en el que, aún teniendo la «capacidad» de oír el piar de los pájaros, de hablar por teléfono, de trabajar y reír a la vez porque estás escuchando (chafardeando) la conversación de los compañeros de trabajo; que, al parecer, no exista esa necesidad interna e imperante de ayudar al otro o facilitarle la vida en lo posible, esa introspección necesaria que empuja obligatoriamente a valorar lo que se tiene, que siempre es mucho. Vivir el presente con nuestras circunstancias particulares teniendo en cuenta las necesidades de los demás: de nuestros amigos, de nuestros compañeros, de nuestra familia e incluso de los desconocidos; es lo que nos enriquece realmente a todos, es lo que nos convierte en quienes «somos» sin dar cuenta del si «tenemos» o no. Cuidar de los otros también proviene de un sentimiento. Así que, para mí, es mucho más importante el sentir que no el oír. Además, hay cosas que se pueden «oír» a través de la piel, del tacto. Considero esto una «superCapacidad» que no todos poseen, a decir verdad. Cambia la mirada al respecto, ¿como decirlo…?, ese percibir se convierte en un poder. Y aporta mucho más a nivel interior, es lo que al final, te llena por dentro, el como es la gente, como transmite las cosas, como te sientes por ello…

Porque lo que somos y lo que sentimos nos convierte en el resultado de aquello que desprendemos desde bien adentro, que nos hace únicos y que define lo mejor y/o lo peor de nosotros mismos: nuestra esencia, lo que nos apaga o lo que nos hace brillar.

Así que… creo que no somos lo que tenemos, en tal caso podríamos no ser nada de un día para otro. En definitiva, hay cosas que aunque se puedan oír, solo merecen la pena si las puedes sentir.

El agua y los audífonos

¡Hola a todos!

Quiero hablaros de la relación que tengo con el agua, así en general. ¿A qué me refiero? Pues a los deportes que implican la presencia de agua, a ir a la playa, a la piscina, en barco, a hacer actividades al aire libre donde puede haber agua, a la lluvia, al deporte en sí mismo… ¿Por qué? Porque al llevar audífonos, siempre temo que les pase algo.

Como cualquier dispositivo electrónico, los audífonos no se pueden mojar, como os podréis imaginar. Es verdad que hay audífonos que se pueden mojar, casi impermeables, pero los míos no lo son, así que el agua, lejos.

Desde pequeña, he hecho todo tipo de deportes, desde tenis, pasando por patinaje, hasta atletismo, y en la mayoría de ellos, se suda. A menudo he tenido que quitar los restos de humedad que se acumulan en los moldes, ya que hacen que me cueste mas oír (se crea cierta resistencia), aparte de lo perjudicial que pueden resultar las gotitas de humedad (sudor) si éstas entran en contacto con el circuito electrónico. Alguna vez me ha pasado, y se oyen como interferencias, son molestas. Existen deshumidificadores que sirven para eliminar estos restos de humedad. Van bien, digamos que alargan la vida de los audífonos al mantenerlos secos.

Cuando voy a la playa o a la piscina, a veces decido no llevar los audífonos puestos, ya que la bromita de que los amigos te mojen me puede costar muy cara. Aparte de eso, que es más típico cuando eres más pequeña, dejar los audífonos guardados en la bolsa o la mochila me crea cierto temor por si se mojan, me entra arena, me los roban, les dan un golpe sin querer o lo que sea. Teniendo en cuenta que los uso cada día y que son tan importantes para mí, cualquier mero accidente podría ser fatal. Algunos diréis, y si vas sin audífonos, igualmente para bañarte te los tienes que quitar. Sí. Después tengo que esperar a que se me sequen los oídos para ponérmelos de nuevo. La sensación de ponértelos estando los oídos húmedos es francamente rara. Es como si estuvieras debajo del mar, como un «glu glu», ¡jaja! Alguna vez me los dejo puestos si estoy por la orilla, pero como alguien me moje… la liamos parda… ¡jajaja! (Me río ahora, pero gracia ninguna… jajaja)

Cuando hago deporte… quitando el tema de la humedad que he comentado, por la acumulación de sudor que se desplaza por detrás de las orejas (mal sitio, sí), también hay que considerar la posibilidad de recibir un golpe. Me muero si por ello se me rompe un audífono o se me cae. Pero dejando de lado lo que pudiera pasar, que tampoco son cosas muy probables (si lo fueran, pues no practicaría este deporte, se sobreentiende), no me gustan mucho los deportes de agua. Esto de ir sin audífonos no me atrae mucho, a no ser que esté con personas sordas y nos comuniquemos en lengua de signos. Echando la vista atrás, cuando era pequeña y hacía todo con personas que oyen, siempre tienes la inseguridad de si te están llamando y no lo oyes, de si te tienen que avisar de algo y no lo oyes, o cualquier cosa. Recuerdo que hacer natación me gustaba, pero a la vez no. Y es por eso, supongo que es muy natural. Con el tiempo lo vas normalizando y con los amigos lo pasas bien, pero son cositas que siempre tienes ahí.

¿Y lo de ir en barco? Bueno… tendríais que verme montada en uno si éste es relativamente pequeño. Insufrible, en serio. Estoy todo el rato imaginándome que nos caemos todos por la borda y yo… con mis audífonos. En el agua. Ni me lo puedo imaginar… Diréis, «jolín, tampoco es eso», ya, ya, pero no lo puedo evitar, ¿qué hago?

Otra situación que me preocupa y que tiene que ver con el agua inesperada, es la lluvia. Llevar el pelo recogido, con los audífonos a merced de las gotas de la lluvia y sin poder protegerme del agua, es un pensamiento horrible. Aunque sean cuatro gotitas… Si no me los puedo quitar y guardarlos sin riesgo de que se mojen, lo puedo pasar muy mal. Alguna vez me ha entrado alguna gota de agua en uno y… ufff… ya me pensaba que lo había perdido. Fue hace poco, además. Los que me leéis, sabéis lo que supone la idea de cambiarme los audífonos, así que seguro que me entendéis en este sentido… Por eso siempre llevo un paraguas de repuesto en el coche, para que la lluvia no me sorprenda y, si me pilla en la calle, pues refugiarme como pueda, el rato que sea necesario.

Ya habréis podido apreciar que mis audífonos son sagrados y la idea de que les pueda pasar algo por culpa del agua o de la humedad me preocupa sobremanera hasta el extremo de dejarlos en casa si es necesario e ir por ahí sin oír nada de nada. Se me hace super raro ir por la vida sin oír nada, pero te acostumbras. Es bastante más fácil si hablo en lengua de signos con quien voy, sobra decirlo. Un día casi me atropellan por no mirar al cruzar por un paso cebra: hablaba con una amiga mientras íbamos a la playa, yo sin audífonos, y, toda distraída, olvidé mirar justo antes de cruzar. Como normalmente oigo los coches y ese día iba sin audífonos… pues no lo oí, cruzamos sin más. Madre mía, el susto que me llevé al ver los coches que no paraban (no todos los coches paran en los pasos de peatones)… Si es que hay que ir con mil ojos siempre…

Dicho lo dicho, a ver si me hago con unos impermeables y así, todo eso que me ahorro… ¿no? ¡Jajaja!

Un abrazo a todos y que disfrutéis del verano.

Andrea.

10 ventajas de ser sorda ¡porque no todo van a ser inconvenientes!

¡Hola a todos!

Normalmente cuando alguien tiene una discapacidad solemos centrarnos en los problemas que ésta le va a causar, en las dificultades que van a surgir, en el sufrimiento que va a acarrear… y solemos olvidar que, a veces, ser diferente, tiene sus ventajas. Ventajas por ser sorda. Sí, ¡ventajas! ¡Porque no todo va a ser malo! Vaya por delante que hablo de mis propias experiencias del día a día, pero seguramente más de uno estará de acuerdo con lo que voy a contar. Aquí van diez ventajas de ser sorda y llevar audífonos. ¡Vamos a ello!

1. Dado que para dormir me saco los audífonos, ¿sabéis la tranquilidad de la que gozo cuando estoy visitando a Morfeo, allá por el séptimo sueño? «Apagar las luces» (audífonos en OFF) y quedar en el silencio más absoluto es de agradecer cuando únicamente quieres cerrar los ojos y encontrar sosiego. ¡Vamos, que duermo estupendamente aunque el perro del vecino no deje de ladrar!

2. ¿Y los ronquidos o cuando llueve por la noche, los truenos, las tormentas? Debido a que mi pérdida en frecuencias graves es menor que en las agudas, algunas veces puedo percatarme de que está tronando (cuando son muy fuertes -¡y tienen que serlo para que oiga los truenos sin audífonos!-), pero no me molesta. Quizá porque luego le sigue la calma a mis oídos, como si de un vaivén de ruido y silencio se tratara. Diría que es la ventaja más grande, ¡me resulta difícil imaginar conciliar el sueño con todos los sonidos que hay en el exterior!

3. Igualmente, cuando me quiero concentrar, sea para estudiar, para meditar o simplemente para no tener distracciones, le doy al OFF y más tranquila que yo, no hay nadie. La verdad es que es una ventaja que muchos me dicen que ojalá pudieran tener: el poder desconectar del mundo totalmente. Eso sí, ni se te ocurra aparecer de la nada porque me vas a matar del susto…

4. ¿Sabéis la alegría que me llevo cuando disfruto de los descuentos a los que tenemos derecho las personas con un 33% o más de discapacidad? Por ejemplo en algunos medios de transporte, en espectáculos, en la universidad (me he ahorrado lo suyo en matrículas, a parte de gozar del 3% de plazas reservadas para personas con discapacidad), en parques de atracciones… Sobre esta última, era increíble ir a Port Aventura con amigos sordos y disfrutar de la maravillosa pulsera Express con la que evitábamos las odiosas colas y que te daban por tener discapacidad… sí, sí… ¡encima podíamos subir a las atracciones con un acompañante, por lo que se beneficiaban también los que venían con nosotros y que no tenían ninguna discapacidad! Que lástima que lo hayan quitado, qué lástima…

5. Otra ventaja de tener discapacidad, es que a menudo podemos «ver» como es la gente por la manera de comportarse con nosotros. ¿Verdad que se dice que en los momentos difíciles es cuando se conoce a la gente? Pues de eso nosotros sabemos mucho… ¡ahí queda!

6. ¿Sabéis que por tener discapacidad nos ahorramos el impuesto de circulación? Ou yeah. Vale que no es mucho, ¡pero ese dinerito nos los podemos gastar en caprichitos, jiji!

7. En el caso de la discapacidad auditiva, el haber aprendido a leer los labios, me da cierta ventaja cuando quiero «chafardear» en lo que dicen los demás, sin que se den cuenta. No, no es tan fácil, de acuerdo, pero si no tengo nada mejor que hacer mientras estoy en el tren… Además, de nada sirve que hablen flojito, porque por más bajito que hablen, ¡me entero de todo! Claro que a veces llama mucho la atención estar todo el rato mirando y tengo que desviar la mirada, aún a riesgo de perder el hilo… ¡Soy una chafardera, jajaja!

8. Relacionada con la anterior, leer los labios o hablar en signos es útil cuando estoy en ambientes muy ruidosos como una discoteca. Mi voz me lo agradece, desde luego. Es muy cómodo poder entender frases sin necesidad de acercarme a la persona, o incluso estando un poco lejos, mantener conversaciones «secretas»… («¡tía, que bueno está el de la derecha!»), sobretodo cuando no queremos que la persona en cuestión se entere.  Hablamos sin voz, solo moviendo los labios o las manos. ¡Es muuy divertido, os recomiendo aprender lengua de signos ya solo por eso, jajaja, vale la pena! Fuera coñas, disponer de otras maneras para expresarte entre la multitud, es muy guay.

9. Como curiosidad, es fascinante ver como dos pilotos sordos se ponen a hablar en lengua de signos ¡mientras conducen! Es decir, si por ejemplo hay un cambio de opinión, el que va en un coche se pone a la altura del otro coche, o ni eso, uno detrás del otro, y con las manos le transmite lo que sea. Se hacen luces para llamar la atención y sacan la mano por la ventana para decir lo que sea. Si es que como os decía, es súper práctico eso de aprender lengua de signos… Eso sí, hay que tener muy buenos reflejos para hacer eso conduciendo, eh, que también lo digo…

10. Y por supuesto, para terminar, tener la posibilidad de apagarme los audífonos cuando hay gritos o mucho jaleo alrededor, cuando tengo dolor de cabeza, o no quiero discutir más con mi pareja… es muy liberador. Un «ON/OFF» al gusto para evitar sonidos desagradables, molestos, o que simplemente no me apetecen en este momento. De nuevo, desconectar, sentir paz. La verdad es que no suelo hacerlo mucho eso, pero si quiero, puedo, y tan ancha me quedo. ¿Os imagináis que lo hago en medio de la típica conversación con el pesado de turno que siempre está criticando a los demás? Esto sí que es una ventaja, ¡jajaja!

¿Qué os ha parecido? Ya habéis visto que no hay mal que por bien no venga, así que… ‘positive forever’!

¿Se os ocurre alguna más?

Abrazos.

Sorda e invisible, sola. Segunda parte

¡Hola a todos!

Como comentaba en la entrada anterior, voy a hablar sobre lo que es sentirse invisible rodeada de gente, pero esta vez desde mi punto de vista, desde mi experiencia. Por desgracia es un sentimiento que se da más a menudo del que me (nos) gustaría. A nadie le gusta sentirse invisible.

El otro día se lo comentaba a una amiga, que en cuanto aparecen personas en alguna reunión social -y cuantas más van apareciendo-, más invisible me torno o me siento. Personas oyentes me refiero, claro, ya que eso no me pasa (o no me siento así) cuando estoy con personas sordas.  ¿Por qué? Pues porque gran parte de los oyentes no suelen acordarse de que no oigo bien y ello hace que me resulte muy complicado (¿imposible?) integrarme en la conversación si alguien no me ayuda o no vocalizan expresamente para mí. A veces no te sale pedir ayuda, pedir que vocalicen, por favor. No quieres, te cansas. Porque para nosotros es 24h al día, todos los días. El poema del pájaro soñador trata un poco de esto, de estos momentos en que «ahora sí, ahora no» te enteras y dependes de los demás.

A lo que iba: sentirse invisible. Sentirse invisible muchas veces equivale a sentirse sola. Sí, porque si nadie te ve, por más rodeada de gente que estés, te sientes sola. Batiburrillo constante, palabras sueltas, risas, exclamaciones inesperadas. Silencios cortos. Dentro, pero, silencios semipermanentes que no sabes como romper. Y de repente alguien lo rompe diciéndote algo y regresas de tanta inconexión. Pero apuesto a que, al poco rato, la inconexión vuelve como por inercia. El batiburrillo. Tengo que decir que el grado de soledad puede depender del grado de familiaridad que tienes con la gente con la que estás, pero a veces, solo depende de tus ganas de esforzarte. Yo por lo menos, a veces no necesito enterarme de las cosas para sentirme a gusto. El problema es, cuando quieres, y no puedes. Ese es justo el problema, y que nadie sepa verlo y rescatarte de la inconexión odiosa. Supongo que a veces, ese es uno de los motivos que hacen que necesite irme y llorar, pero desconsoladamente. Después disimular y poner buena cara. Parece que no nos queda otra.

Para evitar estas cosas y no llegar a la desesperación, digamos, prevenir como me sentiré en función del lugar al que vaya y con cuantas personas, hace que hable primero con una de las personas con las que estaré para pedirle que me ayude o que me vaya explicando las cosas sobre la marcha. Este recurso me da cierta seguridad y me permite sortear los malos pensamientos que tengan que ver con la soledad que os contaba. Porque tampoco es plan de estar con gente que quieres y tengas que sentirte así.

Lo que da más rabia es que solo con «un poco» de vocalización se solucionaría gran parte del problema. Partiendo del hecho de que, siendo usuaria de audífonos, los cuales me amplifican el sonido que recibo, no son milagrosos, no pretendo enterarme de todo ni mucho menos (tampoco podría, leyendo los labios de todo el mundo), solo no perder demasiado el hilo y tener la oportunidad de intervenir de vez en cuando. Pero no con una frase de 5, 6 palabras y ya está, sino intervenir de verdad, es decir, que la comunicación se sostenga por un tiempo de manera bidireccional. Dejarnos que nuestro papel, nuestra personalidad, fluya. Como todos, vamos. Sin arrancarlo. Que a veces parece que estemos pidiendo más de lo que tienen los demás, y no. Solo necesitamos un poco de empatía. Integrarnos. Mejor dicho, que nos permitan integrarnos, que nos ayuden a integrarnos. La ansiada integración social…

Termino esta entrada agradeciendo a todas aquellas personas que hacen esta integración social posible, que han sido muchas, y que mitigan la soledad y la invisibilidad que podamos sentir, hasta el punto que, sin querer o queriendo, la aplacan. Yo también lo haría. Sois maravillosos.

¡Gracias!

¡Abrazos a todos!

En la universidad «online» ¡Mucho mejor!

¡Hola a todos!

En este blog he hablado de la universidad presencial, que me duró dos semanitas, pero no de mi verdadera universidad, la que me ha expedido un título y la que ahora me está educando para otro: la universidad online.

Como cambia la cosa… nada que ver. Lógicamente, no es lo mismo estar en un aula física que en una pantalla de ordenador. En el aula física, el no oír bien puede ser tu perdición, pero en una pantalla de ordenador, no hay oídos que valgan. En principio. Y esta es la gran ventaja para los que tenemos sordera, a falta de una educación bilingüe normalizada, lo recomiendo: elegir la online. A la larga, lo agradeces.

De hecho, fue alguien que, hablando como quien no quiere la cosa, me puso la idea de seguir estudiando en la cabeza. Si fuera por mí, ahí seguiría, sin planteármelo. Supongo que después del fracaso que sentí en la presencial, ya no quería ni oír hablar de más universidades. Pero a veces necesitamos un pequeño empujón…

¡Y menudo empujón! Todavía me dura… gracias a ello, he podido aprender tantas cosas, yo que soy tan curiosa preguntándome el por qué de casi todo… Me siento muy agradecida y liberada.

La universidad online te pone prácticamente al mismo nivel que el resto de estudiantes. Digo prácticamente porque siempre hay alguna cosa que -por no tener subtítulos– no puedes hacer. Pero nada que ver con la presencial. Estos casos suelen ser muy esporádicos, y a menudo el compañerismo solventa esta falta…. Increíble, ¿verdad, cuando aflora la empatía de manera tan desinteresada? Por suerte, el ambiente que se respira en un contexto en que, a distancia, intentamos sacarnos unos estudios combinándolo con el trabajo, la familia y las responsabilidades varias de cada uno; es francamente bueno, almenos en mi experiencia personal.

No tener barreras de este tipo permite que seas tu misma, que no tengas que frenarte «por miedo a…», «porque no has entendido tal» o porque se ha acabado la pila del audífono, lo cual es genial. Ni preocuparte porque el profesor se gire o no haya sitio delante en primera fila. Así es como tiene que ser y como debería ser siempre, ¿no?

Por eso, a cualquier persona sorda o que no oiga bien y que esté preocupada por el tema, que baraje la posibilidad de estudiar online. Es cierto que la soledad es más grande cuando eres tú sola y una pantalla de ordenador (con mucha suerte, conoces alguien que vive cerca y eso que ganas), pero aumenta la calidad del aprendizaje, la participación y, sobretodo, la confianza en una misma, que es fundamental.

Gracias Internet, eres una ventana maravillosa al mundo del saber.

Porque querer es poder, ¡que nadie ni nada impida tu formación!

¡Abrazos a todos!