1, 2, 3… ¡Probando!

Estos días han sido un ajetreo a nivel auditivo. Con el título ya os podréis haber imaginado de qué va el tema… ¡Sí, probar audífonos! ¿Por qué? Porque temo que de un día para otro me fallen… y me dejen tirada. Os explico… Hace un par de meses que uno de los audífonos se me para cuando el volumen del entorno es exageradamente alto, por ejemplo cuando pasan motos de esas estilo Harley a todo volumen, cuando estoy en un bar y la cafetera es de esas super-ruidosas… Se me para en seco, me asusto muchísimo porque de repente dejo de oír en un oído y claro… no estoy para estos sustos… Me estaba pasando cada vez más a menudo y ante la incertidumbre decidí volver a probar suerte…

No sé porqué, pero esta vez no ha sido tan pesadilla... incluso el día anterior de ir a probarme unos, pude dormir bien. ¿Será que durante este tiempo -desde el año pasado- hasta ahora he tenido tiempo de mentalizarme (resignarme, más bien) de que tal vez no oiga tan bien con unos nuevos audífonos? ¿Será que tenía la esperanza de que me los programaran bien y poder oír lo más parecido posible a como siempre?

Sea como sea, el primer intento no fue tan malo… y eso que los audífonos eran de otra marca, una marca que no había oído NUNCA. Fui sola a probármelos (normalmente suele acompañarme alguien para poder comprobar su voz, hablar y eso) y una de la cosas que hago para «comprobar» que oigo bien, es ponerme una canción allí mismo, una de mis favoritas. Sorprendentemente… ¡la escuchaba perfectamente! ¡No me lo podía creer! Pero psst… a veces esto no significa nada, otras veces también la escuchaba bien y luego… todo decepciones. Para seguir «comprobando» y «asegurándome», lo que hice para ponerlos un poco a prueba fuera del centro auditivo, fue entrar en una tienda. La mujer que me atendió afirmó no haberme escuchado entrar y al hablar con ella la noté muy flojita de voz. Me preguntaba si era yo (los audífonos) o era ella que hablaba así de bajito… Ya empezaron mis incertidumbres sobre si aquello era normal, si habría que ponerlos más fuertes… pero el entorno lo oía bien de volumen, tanto los coches, como las voces de la gente que pasaban por mi lado… Luego hice videollamada con mis padres por la calle y los escuchaba bastante bien. Pero mi voz, que ya lo había notado desde un principio, la notaba rara… aunque algo me decía que podría acostumbrarme. Al volver al centro, me retocó un par de cosas y decidí quedármelos unos días de prueba a ver que tal. Sí, sí, me iban lo suficientemente bien como para llevármelos,… ¡INAUDITO! ¡Esperanza! Me fui contenta pero con el «run run» de que habría que mejorar algo más.

El año pasado probé unos de mi misma marca que no me convencieron nada, ¿recordáis? Pues visto el éxito de éstos que me estaba probando, decidí pedirlos de nuevo para probarlos la semana siguiente y quien sabe… tal vez y pensando que ahora estaba más mentalizada, me iban bien… Vale… pues no. Con eso confirmé que no se trata de que yo ahora esté «más abierta», sino que por el motivo que fuera, no me iban bien. Ni antes ni ahora. Cuestión de tecnología, no me preguntéis… Fui con un amigo, uno de los de mi «equipo» y a los tres minutos de llevarlos puestos ya sabía que no me iban bien: ni mi voz, ni la suya, ni la de la audioprotesista ni después en la calle parecían sintonizar con los sonidos que tenía en mi cerebro. Porque escuchamos con el cerebro, no con los oídos… Total, que los descarté, como os digo, y seguí con los de la marca desconocida, por lo menos me veía capaz de adaptarme… Algo es algo.

El primer día me dolía la cabeza. Nuevos sonidos, nuevas huellas, nuevas conexiones…

El segundo día no me los puse porque, por trabajo, tenía que ir a una feria de ocupación y preferí ir con la seguridad de los míos… Tanta cosa de golpe, tampoco…

Ya el tercer día me los volí a poner para ir a trabajar y más o menos bien… iba bastante cómoda. Pero… ¡cuántos cambios! Ya pude apreciar la diferencia de sonidos de la calle, el transporte público, megafonías del metro… Había sonidos que escuchaba algo diferentes, oía cosas que antes no (como el piar de algunos pájaros -¡supongo que son pájaros…!-), oía mejor la música (más finita, con más «colores» y más sentimiento, curioso), en el metro me parecía entender mejor cuando anunciaban las paradas, las voces de la gente eran diferentes pero no de tono, sino de tonalidades durante el discurso. No sé como explicarlo. Cuando un grupo de gente se reía, lo escuchaba mucho más fuerte que antes, con más picos de sonido, con subidas y bajadas mucho más pronunciadas que antes… Dicho de otra manera, antes oía de una manera más plana… Ya, ya sé que quizás no os enteráis de nada, pero intento explicar mis impresiones lo mejor que puedo…

La cuestión es que me los ponía (buena señal), es decir, me estaba acostumbrando, pero no me cuadraba del todo mi voz y otra cosa: notaba como un silencio absoluto en espacios cerrados cuando antes estaba acostumbrada a oír ruidos de fondo, aunque fuera el aire acondicionado. Al pasarme esto, algunas veces necesitaba hablar (aunque fuera sola, un «¿hola?») para asegurarme de que funcionaban, que todo seguía en orden, porque este silencio era como si estuviera en el espacio, como un vacío existencial, ¡jaja!… Tuve que comentárselo a mi audioprotesista porque justamente hay un ajuste que implica los sonidos débiles y este se puede activar. La cosa mejoró notablemente.

A pesar de que estaba contenta, quería probar otros, en otro centro auditivo. Necesitaba comparar, estar segura de que los que me estaba probando eran los mejores para mí. Sí, soy muy exigente, necesito agotar todas las opciones posibles antes de tomar una decisión como ésta. Así que a la semana siguiente probé otros de una marca conocida pero que nunca había probado. Después de hacer videollamada con mis padres como parte de la rutina para comprobar como van, parecía que también me iban bien; al llegar a casa, me puse mis canciones y no… no las escuchaba tan bien, no las disfrutaba. Los descarté rápido aunque no fueran tan malos, simplemente con los que llevaba estos días iba mejor. Me recomendaron una gama superior para ver que tal, que llegarían la semana siguiente.

Ahora se trataba de ir afinando y reajustando para hallar el punto perfecto (o lo más parecido a eso, claro)… y eso se hace buscando el máximo de ambientes posibles para «sentir» las nuevas percepciones y valorar, comparar. La música en el coche, por ejemplo. Era casi igual, pero las percusiones no las oía igual, eran como más bajas. Igual que, al cerrar el coche, ese golpe era rarísimo, más bajo de lo habitual. Se lo comenté a la audioprotesista y me lo reajustó: eran los sonidos transitorios. Me lo desactivó para que el audífono (inteligente) no me los atenuara. Esto nunca antes me había pasado… cosas de la tecnología de ahora… que queréis que os diga…

Otra de las sorpresas me las llevé cuando vi que las pilas duraban mucho menos… ¡10 días solamente! Con mis audífonos de siempre, me duran hasta 3 semanas, y estos nuevos usaban una pila más pequeña que, por ende, dura menos. Esto para mi fue un revés importante, porque implica cambiar mucho más a menudo la pila (el doble de veces) y también supone más gasto económico… Pero por suerte, al comentarlo, me dijeron que tenían el mismo modelo ¡en pila grande!, como los míos de siempre… ¡Qué alegría me llevé!, os lo podéis imaginar… Pero aún así, me dijo que al tener más prestaciones que los míos, iban a consumir más… Bueno, al menos seguro que más de diez días… ya veré lo que duran sobre la marcha…

Finalmente, los del otro centro auditivo no me llegaron a llamar para probar los audífonos de gama superior, así que tuve que tomar una decisión… ¡Así que tengo nuevos audífonos! ¡Decidido! ¡Se acabó! De acuerdo, no son igual que los míos pero bueno… ¡no me voy a quejar!, ¡se acabó lo que iba a ser una pesadilla y no lo fue! Jolín… de pensar que jamás de los jamases iba a escuchar igual de bien a comprobar que sí… es… un ALIVIO. Y parecía imposible… Doy gracias porque haya sido posible. Desde luego no hay que perder la esperanza.

Y os lo digo a todos los que estéis en mi misma situación: probad, y si no estáis convencidos, esperad, probad en otros sitios. Llegará el momento.

Gracias.

Ser, oír, sentir… Esencias

Ladridos de perros alterados porque alguien habrá pasado cerca de sus casas, globos llenos de agua explotando en una guerra de agua infantil, motores de coches rugiendo tras ponerse el semáforo en verde, risas enlatadas y repentinas en reuniones de gente y entre el tumulto, sirenas de ambulancias y de policías que se apresuran por llegar lo más pronto posible a sus destinos, melodías de teléfonos que siguen insistiendo porque nadie atiende la llamada, el niño que llora incansablemente porque la madre está mirando el móvil, la intensidad de la lluvia que salpica y repica con fiereza… Todas esas pueden ser cosas ajenas a una persona que no oye nada, cosas que tal vez una persona sorda sería incapaz de percatarse si no tiene restos auditivos o una extensión de sí misma en forma de tecnología para amplificar el sonido de ahí fuera.

Estrellas fugaces inesperadas que se iluminan en lo alto del cielo y en noche cerrada, hojas secas que se desprenden de los árboles en pleno otoño y que siguen una trayectoria caprichosa hasta caer definitivamente al suelo, el inseguro que necesita llamar la atención constantemente para que los demás le rían las gracias, sonrisas fingidas de esas falsas que duran unos segundos y que luego se tornan labios serios o tristes, el interés de alguien que se preocupa por tu bienestar y que se siente satisfecho al ver que lo has entendido y comprendido, el niño que ofrece su paraguas a un gato callejero porque éste se está mojando, el suspiro y expresión de alivio de aquellos que por fin han conseguido sus propósitos, soplar con inspiración a un diente de león soltando nuestra fe al universo para que se cumplan nuestros últimos deseos… Estas son cosas que nada tienen que ver con oír, sino con la belleza que nos regala el sentir. Sentimientos relacionados con la quietud, la reflexión, la fortuna, la observación.

Muchas veces las personas dicen: «Qué pena que no oye», «pobrecito, es sordo», «es una lástima que no pueda escuchar el canto de los pájaros», enfocándolo siempre desde la falta y no desde la aceptación, que no resignación; cuando simplemente es otra condición, una diferencia que no tiene por qué restar. Es por eso que pienso que no, que lo que da pena realmente no es el «no poder» oír, sino el vivir en un mundo en el que, aún teniendo la «capacidad» de oír el piar de los pájaros, de hablar por teléfono, de trabajar y reír a la vez porque estás escuchando (chafardeando) la conversación de los compañeros de trabajo; que, al parecer, no exista esa necesidad interna e imperante de ayudar al otro o facilitarle la vida en lo posible, esa introspección necesaria que empuja obligatoriamente a valorar lo que se tiene, que siempre es mucho. Vivir el presente con nuestras circunstancias particulares teniendo en cuenta las necesidades de los demás: de nuestros amigos, de nuestros compañeros, de nuestra familia e incluso de los desconocidos; es lo que nos enriquece realmente a todos, es lo que nos convierte en quienes «somos» sin dar cuenta del si «tenemos» o no. Cuidar de los otros también proviene de un sentimiento. Así que, para mí, es mucho más importante el sentir que no el oír. Además, hay cosas que se pueden «oír» a través de la piel, del tacto. Considero esto una «superCapacidad» que no todos poseen, a decir verdad. Cambia la mirada al respecto, ¿como decirlo…?, ese percibir se convierte en un poder. Y aporta mucho más a nivel interior, es lo que al final, te llena por dentro, el como es la gente, como transmite las cosas, como te sientes por ello…

Porque lo que somos y lo que sentimos nos convierte en el resultado de aquello que desprendemos desde bien adentro, que nos hace únicos y que define lo mejor y/o lo peor de nosotros mismos: nuestra esencia, lo que nos apaga o lo que nos hace brillar.

Así que… creo que no somos lo que tenemos, en tal caso podríamos no ser nada de un día para otro. En definitiva, hay cosas que aunque se puedan oír, solo merecen la pena si las puedes sentir.

El agua y los audífonos

¡Hola a todos!

Quiero hablaros de la relación que tengo con el agua, así en general. ¿A qué me refiero? Pues a los deportes que implican la presencia de agua, a ir a la playa, a la piscina, en barco, a hacer actividades al aire libre donde puede haber agua, a la lluvia, al deporte en sí mismo… ¿Por qué? Porque al llevar audífonos, siempre temo que les pase algo.

Como cualquier dispositivo electrónico, los audífonos no se pueden mojar, como os podréis imaginar. Es verdad que hay audífonos que se pueden mojar, casi impermeables, pero los míos no lo son, así que el agua, lejos.

Desde pequeña, he hecho todo tipo de deportes, desde tenis, pasando por patinaje, hasta atletismo, y en la mayoría de ellos, se suda. A menudo he tenido que quitar los restos de humedad que se acumulan en los moldes, ya que hacen que me cueste mas oír (se crea cierta resistencia), aparte de lo perjudicial que pueden resultar las gotitas de humedad (sudor) si éstas entran en contacto con el circuito electrónico. Alguna vez me ha pasado, y se oyen como interferencias, son molestas. Existen deshumidificadores que sirven para eliminar estos restos de humedad. Van bien, digamos que alargan la vida de los audífonos al mantenerlos secos.

Cuando voy a la playa o a la piscina, a veces decido no llevar los audífonos puestos, ya que la bromita de que los amigos te mojen me puede costar muy cara. Aparte de eso, que es más típico cuando eres más pequeña, dejar los audífonos guardados en la bolsa o la mochila me crea cierto temor por si se mojan, me entra arena, me los roban, les dan un golpe sin querer o lo que sea. Teniendo en cuenta que los uso cada día y que son tan importantes para mí, cualquier mero accidente podría ser fatal. Algunos diréis, y si vas sin audífonos, igualmente para bañarte te los tienes que quitar. Sí. Después tengo que esperar a que se me sequen los oídos para ponérmelos de nuevo. La sensación de ponértelos estando los oídos húmedos es francamente rara. Es como si estuvieras debajo del mar, como un «glu glu», ¡jaja! Alguna vez me los dejo puestos si estoy por la orilla, pero como alguien me moje… la liamos parda… ¡jajaja! (Me río ahora, pero gracia ninguna… jajaja)

Cuando hago deporte… quitando el tema de la humedad que he comentado, por la acumulación de sudor que se desplaza por detrás de las orejas (mal sitio, sí), también hay que considerar la posibilidad de recibir un golpe. Me muero si por ello se me rompe un audífono o se me cae. Pero dejando de lado lo que pudiera pasar, que tampoco son cosas muy probables (si lo fueran, pues no practicaría este deporte, se sobreentiende), no me gustan mucho los deportes de agua. Esto de ir sin audífonos no me atrae mucho, a no ser que esté con personas sordas y nos comuniquemos en lengua de signos. Echando la vista atrás, cuando era pequeña y hacía todo con personas que oyen, siempre tienes la inseguridad de si te están llamando y no lo oyes, de si te tienen que avisar de algo y no lo oyes, o cualquier cosa. Recuerdo que hacer natación me gustaba, pero a la vez no. Y es por eso, supongo que es muy natural. Con el tiempo lo vas normalizando y con los amigos lo pasas bien, pero son cositas que siempre tienes ahí.

¿Y lo de ir en barco? Bueno… tendríais que verme montada en uno si éste es relativamente pequeño. Insufrible, en serio. Estoy todo el rato imaginándome que nos caemos todos por la borda y yo… con mis audífonos. En el agua. Ni me lo puedo imaginar… Diréis, «jolín, tampoco es eso», ya, ya, pero no lo puedo evitar, ¿qué hago?

Otra situación que me preocupa y que tiene que ver con el agua inesperada, es la lluvia. Llevar el pelo recogido, con los audífonos a merced de las gotas de la lluvia y sin poder protegerme del agua, es un pensamiento horrible. Aunque sean cuatro gotitas… Si no me los puedo quitar y guardarlos sin riesgo de que se mojen, lo puedo pasar muy mal. Alguna vez me ha entrado alguna gota de agua en uno y… ufff… ya me pensaba que lo había perdido. Fue hace poco, además. Los que me leéis, sabéis lo que supone la idea de cambiarme los audífonos, así que seguro que me entendéis en este sentido… Por eso siempre llevo un paraguas de repuesto en el coche, para que la lluvia no me sorprenda y, si me pilla en la calle, pues refugiarme como pueda, el rato que sea necesario.

Ya habréis podido apreciar que mis audífonos son sagrados y la idea de que les pueda pasar algo por culpa del agua o de la humedad me preocupa sobremanera hasta el extremo de dejarlos en casa si es necesario e ir por ahí sin oír nada de nada. Se me hace super raro ir por la vida sin oír nada, pero te acostumbras. Es bastante más fácil si hablo en lengua de signos con quien voy, sobra decirlo. Un día casi me atropellan por no mirar al cruzar por un paso cebra: hablaba con una amiga mientras íbamos a la playa, yo sin audífonos, y, toda distraída, olvidé mirar justo antes de cruzar. Como normalmente oigo los coches y ese día iba sin audífonos… pues no lo oí, cruzamos sin más. Madre mía, el susto que me llevé al ver los coches que no paraban (no todos los coches paran en los pasos de peatones)… Si es que hay que ir con mil ojos siempre…

Dicho lo dicho, a ver si me hago con unos impermeables y así, todo eso que me ahorro… ¿no? ¡Jajaja!

Un abrazo a todos y que disfrutéis del verano.

Andrea.

10 ventajas de ser sorda ¡porque no todo van a ser inconvenientes!

¡Hola a todos!

Normalmente cuando alguien tiene una discapacidad solemos centrarnos en los problemas que ésta le va a causar, en las dificultades que van a surgir, en el sufrimiento que va a acarrear… y solemos olvidar que, a veces, ser diferente, tiene sus ventajas. Ventajas por ser sorda. Sí, ¡ventajas! ¡Porque no todo va a ser malo! Vaya por delante que hablo de mis propias experiencias del día a día, pero seguramente más de uno estará de acuerdo con lo que voy a contar. Aquí van diez ventajas de ser sorda y llevar audífonos. ¡Vamos a ello!

1. Dado que para dormir me saco los audífonos, ¿sabéis la tranquilidad de la que gozo cuando estoy visitando a Morfeo, allá por el séptimo sueño? «Apagar las luces» (audífonos en OFF) y quedar en el silencio más absoluto es de agradecer cuando únicamente quieres cerrar los ojos y encontrar sosiego. ¡Vamos, que duermo estupendamente aunque el perro del vecino no deje de ladrar!

2. ¿Y los ronquidos o cuando llueve por la noche, los truenos, las tormentas? Debido a que mi pérdida en frecuencias graves es menor que en las agudas, algunas veces puedo percatarme de que está tronando (cuando son muy fuertes -¡y tienen que serlo para que oiga los truenos sin audífonos!-), pero no me molesta. Quizá porque luego le sigue la calma a mis oídos, como si de un vaivén de ruido y silencio se tratara. Diría que es la ventaja más grande, ¡me resulta difícil imaginar conciliar el sueño con todos los sonidos que hay en el exterior!

3. Igualmente, cuando me quiero concentrar, sea para estudiar, para meditar o simplemente para no tener distracciones, le doy al OFF y más tranquila que yo, no hay nadie. La verdad es que es una ventaja que muchos me dicen que ojalá pudieran tener: el poder desconectar del mundo totalmente. Eso sí, ni se te ocurra aparecer de la nada porque me vas a matar del susto…

4. ¿Sabéis la alegría que me llevo cuando disfruto de los descuentos a los que tenemos derecho las personas con un 33% o más de discapacidad? Por ejemplo en algunos medios de transporte, en espectáculos, en la universidad (me he ahorrado lo suyo en matrículas, a parte de gozar del 3% de plazas reservadas para personas con discapacidad), en parques de atracciones… Sobre esta última, era increíble ir a Port Aventura con amigos sordos y disfrutar de la maravillosa pulsera Express con la que evitábamos las odiosas colas y que te daban por tener discapacidad… sí, sí… ¡encima podíamos subir a las atracciones con un acompañante, por lo que se beneficiaban también los que venían con nosotros y que no tenían ninguna discapacidad! Que lástima que lo hayan quitado, qué lástima…

5. Otra ventaja de tener discapacidad, es que a menudo podemos «ver» como es la gente por la manera de comportarse con nosotros. ¿Verdad que se dice que en los momentos difíciles es cuando se conoce a la gente? Pues de eso nosotros sabemos mucho… ¡ahí queda!

6. ¿Sabéis que por tener discapacidad nos ahorramos el impuesto de circulación? Ou yeah. Vale que no es mucho, ¡pero ese dinerito nos los podemos gastar en caprichitos, jiji!

7. En el caso de la discapacidad auditiva, el haber aprendido a leer los labios, me da cierta ventaja cuando quiero «chafardear» en lo que dicen los demás, sin que se den cuenta. No, no es tan fácil, de acuerdo, pero si no tengo nada mejor que hacer mientras estoy en el tren… Además, de nada sirve que hablen flojito, porque por más bajito que hablen, ¡me entero de todo! Claro que a veces llama mucho la atención estar todo el rato mirando y tengo que desviar la mirada, aún a riesgo de perder el hilo… ¡Soy una chafardera, jajaja!

8. Relacionada con la anterior, leer los labios o hablar en signos es útil cuando estoy en ambientes muy ruidosos como una discoteca. Mi voz me lo agradece, desde luego. Es muy cómodo poder entender frases sin necesidad de acercarme a la persona, o incluso estando un poco lejos, mantener conversaciones «secretas»… («¡tía, que bueno está el de la derecha!»), sobretodo cuando no queremos que la persona en cuestión se entere.  Hablamos sin voz, solo moviendo los labios o las manos. ¡Es muuy divertido, os recomiendo aprender lengua de signos ya solo por eso, jajaja, vale la pena! Fuera coñas, disponer de otras maneras para expresarte entre la multitud, es muy guay.

9. Como curiosidad, es fascinante ver como dos pilotos sordos se ponen a hablar en lengua de signos ¡mientras conducen! Es decir, si por ejemplo hay un cambio de opinión, el que va en un coche se pone a la altura del otro coche, o ni eso, uno detrás del otro, y con las manos le transmite lo que sea. Se hacen luces para llamar la atención y sacan la mano por la ventana para decir lo que sea. Si es que como os decía, es súper práctico eso de aprender lengua de signos… Eso sí, hay que tener muy buenos reflejos para hacer eso conduciendo, eh, que también lo digo…

10. Y por supuesto, para terminar, tener la posibilidad de apagarme los audífonos cuando hay gritos o mucho jaleo alrededor, cuando tengo dolor de cabeza, o no quiero discutir más con mi pareja… es muy liberador. Un «ON/OFF» al gusto para evitar sonidos desagradables, molestos, o que simplemente no me apetecen en este momento. De nuevo, desconectar, sentir paz. La verdad es que no suelo hacerlo mucho eso, pero si quiero, puedo, y tan ancha me quedo. ¿Os imagináis que lo hago en medio de la típica conversación con el pesado de turno que siempre está criticando a los demás? Esto sí que es una ventaja, ¡jajaja!

¿Qué os ha parecido? Ya habéis visto que no hay mal que por bien no venga, así que… ‘positive forever’!

¿Se os ocurre alguna más?

Abrazos.

Sorda e invisible, sola. Segunda parte

¡Hola a todos!

Como comentaba en la entrada anterior, voy a hablar sobre lo que es sentirse invisible rodeada de gente, pero esta vez desde mi punto de vista, desde mi experiencia. Por desgracia es un sentimiento que se da más a menudo del que me (nos) gustaría. A nadie le gusta sentirse invisible.

El otro día se lo comentaba a una amiga, que en cuanto aparecen personas en alguna reunión social -y cuantas más van apareciendo-, más invisible me torno o me siento. Personas oyentes me refiero, claro, ya que eso no me pasa (o no me siento así) cuando estoy con personas sordas.  ¿Por qué? Pues porque gran parte de los oyentes no suelen acordarse de que no oigo bien y ello hace que me resulte muy complicado (¿imposible?) integrarme en la conversación si alguien no me ayuda o no vocalizan expresamente para mí. A veces no te sale pedir ayuda, pedir que vocalicen, por favor. No quieres, te cansas. Porque para nosotros es 24h al día, todos los días. El poema del pájaro soñador trata un poco de esto, de estos momentos en que «ahora sí, ahora no» te enteras y dependes de los demás.

A lo que iba: sentirse invisible. Sentirse invisible muchas veces equivale a sentirse sola. Sí, porque si nadie te ve, por más rodeada de gente que estés, te sientes sola. Batiburrillo constante, palabras sueltas, risas, exclamaciones inesperadas. Silencios cortos. Dentro, pero, silencios semipermanentes que no sabes como romper. Y de repente alguien lo rompe diciéndote algo y regresas de tanta inconexión. Pero apuesto a que, al poco rato, la inconexión vuelve como por inercia. El batiburrillo. Tengo que decir que el grado de soledad puede depender del grado de familiaridad que tienes con la gente con la que estás, pero a veces, solo depende de tus ganas de esforzarte. Yo por lo menos, a veces no necesito enterarme de las cosas para sentirme a gusto. El problema es, cuando quieres, y no puedes. Ese es justo el problema, y que nadie sepa verlo y rescatarte de la inconexión odiosa. Supongo que a veces, ese es uno de los motivos que hacen que necesite irme y llorar, pero desconsoladamente. Después disimular y poner buena cara. Parece que no nos queda otra.

Para evitar estas cosas y no llegar a la desesperación, digamos, prevenir como me sentiré en función del lugar al que vaya y con cuantas personas, hace que hable primero con una de las personas con las que estaré para pedirle que me ayude o que me vaya explicando las cosas sobre la marcha. Este recurso me da cierta seguridad y me permite sortear los malos pensamientos que tengan que ver con la soledad que os contaba. Porque tampoco es plan de estar con gente que quieres y tengas que sentirte así.

Lo que da más rabia es que solo con «un poco» de vocalización se solucionaría gran parte del problema. Partiendo del hecho de que, siendo usuaria de audífonos, los cuales me amplifican el sonido que recibo, no son milagrosos, no pretendo enterarme de todo ni mucho menos (tampoco podría, leyendo los labios de todo el mundo), solo no perder demasiado el hilo y tener la oportunidad de intervenir de vez en cuando. Pero no con una frase de 5, 6 palabras y ya está, sino intervenir de verdad, es decir, que la comunicación se sostenga por un tiempo de manera bidireccional. Dejarnos que nuestro papel, nuestra personalidad, fluya. Como todos, vamos. Sin arrancarlo. Que a veces parece que estemos pidiendo más de lo que tienen los demás, y no. Solo necesitamos un poco de empatía. Integrarnos. Mejor dicho, que nos permitan integrarnos, que nos ayuden a integrarnos. La ansiada integración social…

Termino esta entrada agradeciendo a todas aquellas personas que hacen esta integración social posible, que han sido muchas, y que mitigan la soledad y la invisibilidad que podamos sentir, hasta el punto que, sin querer o queriendo, la aplacan. Yo también lo haría. Sois maravillosos.

¡Gracias!

¡Abrazos a todos!

En la universidad «online» ¡Mucho mejor!

¡Hola a todos!

En este blog he hablado de la universidad presencial, que me duró dos semanitas, pero no de mi verdadera universidad, la que me ha expedido un título y la que ahora me está educando para otro: la universidad online.

Como cambia la cosa… nada que ver. Lógicamente, no es lo mismo estar en un aula física que en una pantalla de ordenador. En el aula física, el no oír bien puede ser tu perdición, pero en una pantalla de ordenador, no hay oídos que valgan. En principio. Y esta es la gran ventaja para los que tenemos sordera, a falta de una educación bilingüe normalizada, lo recomiendo: elegir la online. A la larga, lo agradeces.

De hecho, fue alguien que, hablando como quien no quiere la cosa, me puso la idea de seguir estudiando en la cabeza. Si fuera por mí, ahí seguiría, sin planteármelo. Supongo que después del fracaso que sentí en la presencial, ya no quería ni oír hablar de más universidades. Pero a veces necesitamos un pequeño empujón…

¡Y menudo empujón! Todavía me dura… gracias a ello, he podido aprender tantas cosas, yo que soy tan curiosa preguntándome el por qué de casi todo… Me siento muy agradecida y liberada.

La universidad online te pone prácticamente al mismo nivel que el resto de estudiantes. Digo prácticamente porque siempre hay alguna cosa que -por no tener subtítulos– no puedes hacer. Pero nada que ver con la presencial. Estos casos suelen ser muy esporádicos, y a menudo el compañerismo solventa esta falta…. Increíble, ¿verdad, cuando aflora la empatía de manera tan desinteresada? Por suerte, el ambiente que se respira en un contexto en que, a distancia, intentamos sacarnos unos estudios combinándolo con el trabajo, la familia y las responsabilidades varias de cada uno; es francamente bueno, almenos en mi experiencia personal.

No tener barreras de este tipo permite que seas tu misma, que no tengas que frenarte «por miedo a…», «porque no has entendido tal» o porque se ha acabado la pila del audífono, lo cual es genial. Ni preocuparte porque el profesor se gire o no haya sitio delante en primera fila. Así es como tiene que ser y como debería ser siempre, ¿no?

Por eso, a cualquier persona sorda o que no oiga bien y que esté preocupada por el tema, que baraje la posibilidad de estudiar online. Es cierto que la soledad es más grande cuando eres tú sola y una pantalla de ordenador (con mucha suerte, conoces alguien que vive cerca y eso que ganas), pero aumenta la calidad del aprendizaje, la participación y, sobretodo, la confianza en una misma, que es fundamental.

Gracias Internet, eres una ventana maravillosa al mundo del saber.

Porque querer es poder, ¡que nadie ni nada impida tu formación!

¡Abrazos a todos!

El pájaro soñador Un poema sobre la esperanza

Entrando y saliendo de aquel lugar
en que todos y todas te miraban
tu parecías del todo ausente,
pensando ¿ésta es mi vida?

Consigues alejarte lo más posible
pero te estaba acompañando…
A veces todo es mentira,
a veces estás soñando.

Y es que la verdadera compañía
es aquella que no vas buscando.
Te encuentra enseguida,
eres un pájaro volando.

Por eso hallando el vuelo
sientes la brisa que te acaricia el alma,
sin tropezar, esta es tu vida
esta es la que estás perdonando.

A veces no todo es mentira,
a veces solo hay que seguir soñando.

.

.

.

.

.

Porque a veces, estando con gente, te cuesta entender. A veces, decides dejar de intentarlo. De repente, alguien se da cuenta y te pone al corriente. Es entonces cuando hallas el vuelo.

A veces, parece que sí lo entiendes, pero la realidad es que no. La costumbre hace que parezca que sí, la realidad es que no.

Por eso, parece que sea mentira que estés allí, pero luego, con suerte, ya no lo es. Y vuelves a vivir, te vuelves a perdonar.

A veces, soñar te salva, a menudo hay que seguir haciéndolo…

 

Escuchar, oír, entender

¡Hola a todos!

En mi día a día, veo que algunas personas confunden los verbos escuchar, oír y entender. A menudo me preguntan si oigo, si he escuchado tal cosa, si con los audífonos puedo oír… Así que voy a dedicar esta entrada a explicar por qué no es lo mismo oír que escuchar o entender en mi (nuestro) caso; aunque creo que es extrapolable también a los oyentes.

«¿Pero tú oyes?», «¿Me escuchas cuando hablo?» «¿Si te hablo de espaldas no me oyes?» me preguntan. Explico que con los audífonos, sí que oigo. ¿Por qué entonces necesito leer los labios? Porque si no, no entiendo. ¿Y de espaldas? Pues lo mismo, oigo, pero no entiendo.

Una cosa es oír, otra escuchar y otra, la más importante, entender, imprescindible para poder comprender. Mientras que oír sería simplemente percibir los sonidos (este es el trabajo de los audífonos, amplificar los sonidos), escuchar se refiere más bien a prestar atención. Pero en mi caso, necesitaría, además, poder ver la cara o los labios de la persona para entender.

Ejemplos: Yo puedo estar delante de una persona, oírla, pero no entenderla si no le leo los labios o no vocaliza. También puede que esté delante de esta persona, oírla, pero no escucharla porque estoy pensando en otras cosas, por lo que no entendería ni una sola palabra. También puedo entender a una persona sin llevar los audífonos puestos, sin oírla. Pero tendría que vocalizar, claro, que no soy adivina, ¡jaja!

En lengua de signos hay un signo que significa «escuchar». El propio signo muestra que es una escucha con los ojos y sería el equivalente a mirar a la persona, ver qué está diciendo. Así que, los sordos signantes, o sin ayudas auditivas, también escuchan, pero con los ojos.

Con los sonidos, pasa lo mismo. Puedo oír un ruido, un motor, pero si no lo veo, es muy probable que no lo identifique, que no lo «entienda»: dudaría entre si es un avión, un helicópter, una máquina taladradora…

Bueno, creo que queda bastante clara la diferencia entre escuchar, oír, entender, ¿no? En resumidas cuentas: al final, en mi caso, lo más importante es leer los labios, porque sin eso, por más que oiga y por más alto que uno hable o grite pero no vocalice, no podré entender bien lo que dice (aunque le esté escuchando).

Y es que al final… la actividad más importante que un ser humano puede lograr es aprender para entender, porque entender es ser libre, dijo Spinoza, y yo lo suscribo.

¡Saludos a todos!

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¿Está subtitulado?

¡Hola a todos!

Muchos ya sabéis que las personas sordas, a falta de lengua de signos para quien la use, o personas que no oyen bien en general, necesitamos el subtitulado para entender cuando vemos la televisión, cuando vamos al cine, cuando vemos vídeos, cuando queremos saber la letra de las canciones… Si no, Continuar leyendo «¿Está subtitulado?»